En nuestro país, como en cualquier parte, el nivel de expresión difiere según los ámbitos y el nivel cultural de las personas. Lo que se advierte es una decadencia generalizada de la lengua en dos aspectos fundamentales. En primer lugar, su riqueza, un valor importantísimo no tanto por razones gramaticales como culturales, relacionadas con la identidad nacional, la libertad de expresión y, por lo tanto, con la formación del ciudadano. En segundo lugar, su calidad: la lengua se ha vulgarizado. Esta decadencia se aprecia especialmente en el ámbito de los medios de comunicación, sobre todo en los orales. Aunque no hay que demonizar a la televisión y a la radio, se da en ellas una despreocupación creciente y yo diría que hasta un placerse en esta forma vulgar o pobre de hablar. Entonces, nos encontramos con una situación bastante penosa, porque no sabemos si los animadores o locutores hablan así deliberadamente o porque no pueden hacerlo de otra manera y pretenden disimular esa limitación con el falso argumento de que quieren ser fieles al habla del pueblo. Pero lo curioso es que el pueblo, en general, no habla vulgarmente, sino popularmente. Aquellos animadores radiales y televisivos suelen confundir lo vulgar con lo popular. El problema, sin embargo, comienza antes de llegar a los medios de comunicación. La pobreza expresiva ha ido creciendo hasta tal punto que hoy el alumno promedio no puede expresar lo que piensa porque carece de la riqueza lingüística necesaria para hacerlo. Entonces se entra en un círculo vicioso en el que la libertad de expresión se convierte en una mentira, porque quien no tiene el vocabulario adecuado no puede expresar su pensamiento en forma precisa y con todos sus matices.
PEDRO LUIS BARCIA, Presidente de la Academia Argentina de Letras
(la nación, 14.01.04)
16.2.04
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