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30.3.18

en defensa de facebook

El escándalo del uso de información privada por empresas con contratos con Facebook, levantó las protestas de los que consideran que nuestros datos privados deben ser protegidos. Eso es lógico y ha sido una gran falla de la empresa. Una inexcusable falla. Pero también, al oler sangre, ha surgido la oportunidad para aquellos que ven la ocasión de destruir uno de los puntales de las redes sociales. Y a ese grupo, a los expertos (sic) que hemos visto desfilar por los medios en estos días, queremos enfrentarnos.

Muchas personas ven a las redes sociales como un peligro. Una deshumanización, una amenaza, una intromisión en nuestras vidas. Desde el prejuicio por los avances tecnológicos, señalan a Twitter, Facebook, Whatapps y otras redes similares como piedras en el proceso democrático y en el modo que nos relacionamos con otros. Es claro que las redes no sustituyen las relaciones cara a cara. Nadie lo dice. Pero la difusión de las redes sociales ha sido el factor político más importante de los últimos tiempos. Ha conectado a millones de personas, en un punto y otro del planeta, a costo mínimo. Son anárquicas, descorteses, llenas de mentiras y prejuicios. Como la humanidad. Pero permite que, por primera vez, cualquiera tenga una voz en la feria mundial.

Los que anhelan las estructuras firmes del siglo pasado, extrañan a los líderes de opinión (políticos, científicos, sindicales, jefes de iglesia) que pontificaban desde el tope de la pirámide para que el resto de la masa se alineara detrás de los iluminados. Ya no es más así. Las redes produjeron que la arbitraria opinión de los ciudadanos sea escuchada y no pueda ser dirigida. Y eso cambia a los políticos y a la forma de hacer política.

Aquellos que piden regulaciones a Facebook (y con ello, a todas las redes) no tienen el propósito de mejorar las condiciones de privacidad de nuestros datos sino de entorpecer este proceso libérrimo que se ha generado. Algún especialista pidió que el servicio sea pago; otros señalan que la manipulación de la información recibida por Facebook, explica que la gente haya votado a un candidato como Trump.

En ninguna de esas opiniones se contempla algo: la libertad del individuo ante las redes. Si alguien dice su voto sólo por las noticias que ve en Facebook, se está equivocando. Es un sesgo propio de nuestra especie, de elegir sólo aquella información que confirma nuestra opinión. Pero nunca se dijo que la democracia provoque electores bien informados. Cualquier elección democrática sólo es una compulsa de las preferencias de la ciudadanía. No de las que deberían ser las correctas. De todas. El pueblo puede equivocarse al votar y la historia está repleta de esos hechos. Pero fundamos nuestra fe en la democracia en el hecho que siempre habrá otra elección para corregir los errores que pudieron surgir en la elección pasada.

Si alguien cree, sinceramente, que los ciudadanos de Estados Unidos que votaron por Donald Trump lo hicieron porque no estaban informados debido a la manipulación de Facebook, se equivoca sensiblemente. El voto a Trump es un voto enojo de un sector que hace décadas no ve respuestas de los políticos elegidos, ante una candidata, como Hillary Clinton, con pésima imagen en la población. El sistema de partidos norteamericanos no tuvo la flexibilidad necesaria para elegir candidatos que renueven la esperanza de los ciudadanos. Ya en la interna demócrata, Bernie Sanders fue un llamado de atención, no oído por los líderes del Partido. El pueblo de los Estados Unidos votó a Trump porque no querían votar a Hillary. Por más que nos parezca absurda esa decisión y un error, así funciona la democracia.

Cuando escuchamos a los expertos quejándose de la manipulación de las noticias, en estas tierras nos trajo recuerdos de los apóstoles de la infame Ley de Medios que casi asfixia la libertad de expresión en el proceso de convertir a Argentina en otra Venezuela. Esa ley también contó con los expertos que hablaron del monopolio Clarín como hoy hablan del monopolio Facebook.

Cada individuo es responsable de la información que consume. De buscar fuentes alternativas. De escuchar voces diferentes. De superar sus propios prejuicios. Hay gente que no quiere hacer ese esfuerzo. Nadie puede forzarlos. Y tienen todo el derecho a votar. Pero también podemos usar las redes para indicar las falsedades que, históricamente, hay y hubo en cualquier campaña electoral.

Así que no tratemos de caer en ese error. Recordemos que las redes sociales fueron el medio para la Primavera Árabe o las cacerolas contra Cristina o las marchas de #NiUnaMenos, para poner tres ejemplos al azar. O a la solidaridad mundial contra los atentados terroristas, la guerra en Siria o el #MeToo. Preguntémonos cuán factibles hubieran sido todas esas iniciativas, sin la existencia de redes sociales.

Y si es un tema de manipulación de la información, recordemos que los medios de comunicación que hoy le dan un micrófono a los especialistas, fueron los mismos que colaboraron a destruir la imagen de un presidente como Illia o ayudaron al derrocamiento de De la Rúa. Jamás hicieron un mea culpa de cómo actuaron. Pero hoy nos quieren hacer creer que son más confiables que las redes.

Nadie es confiable. Ése debería ser el precepto. Y eso nos obliga a buscar fuentes alternativas de información, si queremos tener todo el panorama completo.

10.2.18

el motivo por el que discontinuamos nuestra cuenta en Facebook

Cuando empezamos con Super Chatarra Special, ayer por el año 2000, no se preveía el boom de las redes sociales. “Libreta Chatarra” se montó sobre la novedad del blog cuya dinámica, a fines de 2003, todavía no terminábamos de entender. Mucho menos cuando nos metimos en Facebook, Twitter o Pinterest. Fuimos dando los primeros pasos en esas redes, probando las posibilidades y dándonos cuenta que era un gran instrumento de difusión cultural. Algunos quieren ver en las redes, lo malo del ser humano. Sin duda, eso está. Pero nosotros preferimos ver a esas herramientas como una increíble posibilidad de conectar a todos los seres humanos en el planeta.

Nos han seguido desde regiones en las que no esperábamos tener lectores y se han suscripto a algunas de nuestras direcciones en las redes, personas que no leen ni escriben en castellano. A través de nuestra cuenta en Facebook (http://facebook.com/libretachatarra), no sólo hemos difundido lo que subimos a nuestro blog, sino que vimos la posibilidad de compartir las noticias que nos llamaban la atención y nos parecía que merecían difundirse. Notas de historia, arte, ciencia, la amplia gama de la cultura humana. Y también, por ese medio, subir las fotos de las exposiciones de arte que visitábamos y las visitas guiadas por Buenos Aires que hemos compartido con nuestros visitantes. Facebook potenció el mensaje Chatarra en las redes.

Lamentablemente, en los últimos tiempos notamos que nuestros posteos en Facebook empezaron a recibir observaciones de la empresa. Básicamente, cualquier escena de desnudez que apareciera en los álbumes era reportado automáticamente y debíamos bajar la imagen. La imagen de la teta de la mamá de Yoko Ono que subiéramos al cubrir su exposición en el MALBA, debió ser bajada ante la objeción de Facebook. Y, días pasados, mi cuenta estuvo suspendida un día por haber compartido la nota del diario “El Mundo” de España que cuenta el cierre de la revista “Interviu”, un clásico de los medios españoles posfranquistas. La tapa inicial con un desnudo de la cantante Marisol fue la causa de la sanción (pese a que ocultamos la foto para que sólo se publicara el link con el título).

Ese incidente me llevó a replantear que el Chatarra siguiera en Facebook. Porque, de seguir, corríamos el riesgo de incurrir en el pecado de autocensura. Y autocensura en expresiones artísticas. “Libreta Chatarra” es una publicación independiente, hecha individualmente, que tiene el único propósito de la difusión cultural. Y si Facebook no puede discriminar entre un hecho artístico y un acto de pornografía, tal vez haya sido la hora de evaluar continuar en esa red social.

Hay gente que utiliza Facebook para propalar mentiras, difamar a otros, distribuir falsas noticias o reforzar mitos populares basados en la ignorancia. Ellos siguen estando y siguen posteando. Pero se han tomado el tiempo para detener la distribución de la foto de una teta. Cabe aclarar que hemos informado, la primera vez que fuimos reportados, que el Chatarra era un sitio cultural y que la imagen que se señalaba era parte de una exposición de arte. La respuesta fue amable pero del estilo “éstas son nuestras reglas, si no te gustan estás libre de irte a otra parte”. Bueno, es lo que hacemos.

Desde esta semana, discontinuamos la cuenta de “Libreta Chatarra” en Facebook. La dejaremos, para mantener los álbumes de fotos, pero ya no postearemos más en ella. Esperamos que éste sea el último post de la cuenta, informando a los visitantes porqué nos vamos.

En su lugar, seguiremos reportando por Twitter (@libretachatarra) y subiremos los álbumes de fotos en Flickr (esperemos que acá tampoco recibamos censura).

¿Qué haremos con la información que antes compartíamos vía Facebook y ahora no? Los fines de semana, postearemos en el blog, un listadito con las notas que nos llamaron la atención en la prensa mundial, con el link para consultarlos. Será una nueva sección, “Reporte de noticias”, donde encontrarán todas las noticias que distribuíamos en Facebook durante la semana, en un solo lugar.

En cuanto a las fotos, cuando armemos un álbum en Flickr, con la cobertura de una exposición, también lo postearemos en el blog (en la sección “Álbumes” que también crearemos), en cualquier momento de la semana. Ambas secciones las compartiremos en Twitter.

Será un poco más engorroso que antes, no será tan ameno, tal vez, no tan fácil de compartir. Pero me parece que nos ahorramos, de este modo, el peligroso fantasma de la autocensura. Así que espero que los visitantes sepan comprender porque discontinuamos la actualización de material de nuestra cuenta en Facebook.

Ciertamente, enviaremos este post a Facebook, como un solitario intento de protesta sobre las normas de la compañía que, desde ya, tiene todo el derecho de imponer las reglas que se le antoje al dar su servicio gratuito. También, nosotros, tenemos el derecho de valorar el material que compartimos (que también hacen al crecimiento de esta red social) y de protegerla de cualquier intento de igualarla a las tácticas de pedófilos y pornógrafos.

24.10.17

el adiós de los viejos chotos de la juventud maravillosa

El tiempo dirá si las elecciones legislativas del pasado domingo significan un cambio radical en la política argentina. De primera, deja afectado al peronismo y su demonio interno, el Cristinismo, que habían especulado con el final anticipado de un gobierno al que intentaron destruir desde el primer día. El segundo punto es la expansión de Cambiemos a nivel nacional y el aval que el Presidente Macri recibe de la ciudadanía para implementar su programa de gobierno.

Pero podemos empezar a especular con ese cambio de los aires políticos y ponernos a reflexionar sobre adónde va la discusión política en Argentina. Y nos atrevemos a preguntarnos en este post si lo del domingo no significa el fin de una generación en la política, si no es que ya otra cohorte agarró el mando y se prepara a hacer las cosas de un modo distinto en la patria. Con ánimo chicanero, postulamos si estas elecciones no son el principio del fin para los viejos chotos de la Juventud Maravillosa, esto es, si no estamos ante el final del dogma de los ’70, de una forma de pensamiento del siglo XX que se muestra deshilachado en este siglo avanzado.

Más por conveniencia política que por convicción, el kirchnerismo se abrazó al legado de la generación de los ’70. En gran medida estuvimos embebidos en la tónica de esa generación que dio muestras de carencias morales e intelectuales notables, falencias que escasamente han sido señaladas por la sociedad. La violencia como herramienta política válida, la economía cerrada y dirigista, el desprecio a la democracia republicana, la división de la sociedad, el apoyo al pensamiento único con cierta dosis de fanatismo, el instrumental analítico del marxismo. Gran parte de nuestra dirigencia, en mayor o menor grado, se movió en estas coordenadas setentistas. Una importante porción de nuestros intelectuales reporta este gen de los ’70, aún aquellos que han enfrentado el aluvión kirchnerista de la última década. Esa cosmovisión ha impregnado, de un modo u otro, los debates públicos desde el inicio de la democracia.

PRO ha sido, desde su inicio, un partido atípico, en el que hizo gala de una negación de la ideología y ha hecho fe de análisis y resolución de los problemas como prioridad. Su lema ha sido la conformación de equipos y no tiene vergüenza de equivocarse, retroceder y retomar la senda. Desde el llano, se preparó para el poder. Armó elencos, discutió políticas y cuando llegó a un puesto de gobierno, fue para destacarse y mantenerse en el poder una década después. PRO no necesitó armarse de un relato. No tuvo rubor de implementar medidas de izquierda o derecha. Su único objetivo era que estas medidas fueran eficaces para resolver un problema. PRO ha sido un claro ejemplo de un partido fundado por un Ingeniero. No por abogados o economistas. Un partido que hizo de la obra pública su carta de ciudadanía.

Desde el principio, este pragmatismo en la acción desorientó al núcleo de intelectuales y comunicadores (el “Círculo Rojo” como el propio PRO lo bautizó con desdén) que trató de interpretar este fenómeno político forzándolo en las categorías analíticas de los ’70. El mundo había cambiado, la sociedad mutó y la tecnología generó nuevos desafíos. Pero los que analizaban la realidad seguían abriendo el manual de recetas de los ’60 y ’70. Podían tildar de derecha a Macri pero no lograban comprender porqué lo votaban los sectores pobres de la sociedad o, en el mismo sentido, no querían preguntarse porque un gobierno que no cuajaba con su noción de lo popular realizaba, en las villas, las cloacas que el progresismo no se le había ocurrido hacer en más de una década.

El análisis argentino olía a viejo y los que ejercitaban ese análisis estaban (están) cómodos en sus zonas de confort. La realidad los obliga a otro esfuerzo, a rever sus herramientas analíticas, a intentar otro ejercicio de compresión. Pero están demasiados oxidados para hacerlo. Mejor insistir en el piloto automático y hacer el ridículo cuando quieren pronosticar el futuro a partir de tan precario andamiaje. (Los medios de comunicación han sido tristes vidrieras, en estos años, de estos “expertos” seniles a los que llaman para equivocarse, una y otra vez, con el objetivo explícito de que nos “expliquen” la realidad en la que vivimos).

Hoy hay una generación que viaja por el mundo buscando boletos aéreos en oferta. ¿A alguien se le ocurre que pueden comprar el mensaje del mundo como una amenaza, como un lugar peligroso del que hay que cuidarse? Para los que nos adoctrinaron del riesgo de leer el Pato Donald sin prevenciones, ¿podrían explicar lo que significa ver, en tiempo real, un partido de la NBA y verlos a los norteamericanos ponerse de pie para aplaudir a Ginóbili?

El mundo global se da de frente con la mentalidad provinciana de esta cosmovisión setentista. Tiene nuevos riesgos, nuevos problemas. Pero ninguna de las recomendaciones de los pensadores formados en esa década puede darnos una solución. El futuro pasa por otro lado. Los problemas son otros y sus soluciones aún están por encontrarse.

Lo que surja del domingo es otra cosa. Es una dirigencia del siglo XXI para los problemas del siglo XXI. Y esto implica el retiro a cuarteles de invierno de una generación que fracasó en su tarea de hacer un país mejor. (Quien esto escribe es de esa generación, es alguien que terminó el colegio secundario cuando Raúl Alfonsín asumió el gobierno y la restauración democrática y comparte esa responsabilidad por este fracaso).

Hay una generación y un modo de pensar que se fue el domingo. Todavía no lo deben tener en claro porque no han podido, en los últimos tiempos, prever el futuro. Pero, lentamente, están quedando en el margen de la historia.

Lo que viene se está armando. Su éxito está por verse. Pero es la hora en que una nueva generación archive en el recuerdo los usos y costumbres de la Juventud Maravillosa.

25.8.17

opinión: elogio de la grieta

En los tiempos de populismo surgió el bautismo de grieta a la división producida en la sociedad argentina prohijada por el oficialismo de turno. En esa fosa quedaron, de un lado y otro, buenos y malos, pueblo y vendepatrias, peronistas y gorilas, descripción emitida según del lado en que uno se encuentre de la mencionada grieta. Y al mismo tiempo que fueron cambiando los aires políticos, se promovió la necesidad de superar esta división en la sociedad y hacer que los amigos y parientes que se separaron por la contienda política vuelvan a encontrarse en torno de la mesa del hogar.

Bueno, este post tiene el objetivo contrario, el de elogiar la existencia de la grieta y sostener que su permanencia no deja de ser un rasgo sensato de madurez democrática.

Lo que se deja de lado cuando se describe la grieta es un retrato que intenta darle toda la responsabilidad al gobierno populista de Néstor y Cristina y presentar a la sociedad argentina como víctima inocente de una manipulación. Lo que sostenemos acá es que de ninguna manera puede quitarse responsabilidad a la sociedad que participó de este proceso de manipulación desde el poder. Y que la actitud de cada argentino ante ese recurso de la más baja política habla mejor que nada de lo que uno es como ciudadano y como ser humano.

En el momento en que el populismo amenazó con cerrar los escasos espacios de disenso existentes, se avanzó en obtener la suma del poder público, se saqueó el país y la patria se vio amenazada en deslizarse a una dictadura a la venezolana, usted sabe bien cuál fue su posición. Usted (aunque no lo diga) sabe a quién votó, cuándo calló, cuándo salió o no a la calle a enfrentarse al vamos por todos. Y usted solo, con esa actitud, se ubicó de un lado o del otro de la grieta. Porque lo que esa grieta muestra es si usted es o no un intolerante.

Está muy bien que esa grieta exista y que quede claro de qué lado están los que apoyaron (por acción u omisión) a un régimen autoritario. Y ahora que la sociedad parece buscar climas más democráticos, dando vuelta la página al experimento K, no todo es igual para borrar con el olvido a los miserables que dejaron de visitar a sus parientes o le retiraron el saludo a los amigos. Si fuiste esa clase de persona, está muy bien que sigas ahí, de ese lado de la grieta. Si fuiste el intelectual o artista que vendió su lira al dictador, no quiero que te muevas ni un centímetro de esa posición. Te quiero ahí y bien lejos de mi lado.

Porqué sí, somos distintos y creemos en un modo distinto de organizar la sociedad. Y los que apostamos al diálogo y a escuchar lo que los otros tienen que decir, no debemos caer en el error de sentar en esa mesa de diálogo al intolerante. Porque cuando fue el momento de organizar esa mesa, el intolerante no nos invitó a sentarnos a ella, no respetó nuestro modo de pensar, no consideró legítima nuestra opinión e hizo todo lo posible para silenciarnos.

Como suelo expresar entre mis conocidos, tensando la cuerda de la retórica, con los nazis uno no se sienta a dialogar; a los nazis uno los combate.

Por eso, ahora, si vuelve el cuñado que dejó de venir a comer nuestros asados o llama el amigo que dejó de tomar un café, no es justo que los recibamos con los brazos abiertos y echándole la culpa a Cristina por la separación. Porque el cretino fue el cuñado o el amigo, no Cristina. Cristina tiene sus culpas, mas no ésta. Hubo una importante parte de la sociedad argentina que compartió (y sigue compartiendo) su uso perverso del poder.

Y a esa gente vale tenerla del otro lado de la grieta, expuestos para que quede claro que son los que no quieren una sociedad abierta, democrática, republicana y de consensos. Para que se les recuerde, a cada momento, que cuando la Patria los necesitó, no dieron un paso al frente para defenderla.

Hay mucho que hacer, muchas heridas que cicatrizar, mucho caído que levantar. Pero ustedes, señores, los que están del otro lado de la grieta, han sido medidos y no dieron la talla.

Lo lamento. Pero no cuenten conmigo para el olvido. Los voy a recordar, a todos y a cada uno. Y voy a recordar muy bien de lo que son capaces de hacer cuando se les da un poco de poder.

La grieta está ahí y va a seguir estando. Afortunadamente.

15.8.17

opinión: de porqué las cosas no salieron cómo dijimos que iban a salir

Avanzada la noche, los resultados electorales de las PASO perfilaba el triunfo nacional de Cambiemos. Y con el resultado, el periodismo se preguntaba en voz alta qué había fallado cuando, como en cada elección, profetizaban resultados refutados por los guarismos finales. Tal vez deberían preguntarse a quienes ponen frente a ellos para analizar (sic) la realidad. Porque desde los mismos medios que se asombraban del pobre poder predictivo de las encuestas que habían difundido en las últimas semanas, no tenían mejor idea que pedirles a gente como Artemio López y Jorge Asís que les explicaron lo que había sucedido.

Cuando en la madrugada, la elección en Provincia de Buenos Aires se convertía en un empate virtual, los conductores de un importante canal de noticias del cable derrapaban en vivo, tirando porcentajes sin ton ni son. A nadie de la producción se le ocurrió armar una tablita Excel, con cada distrito de la provincia, cargar los datos que ya estaban en línea y estimar cuántos votos obtendría cada lista con el sencillo criterio de considerar que los votos que faltaban escrutar se distribuían en la misma proporción que los votos que ya estaban escrutados. Toda la información estaba en la página oficial del escrutinio. En media hora (por decir mucho), se podría haber hecho eso y tener una idea cabal de lo que podía pasar. Más aún: con cada nueva carga de votos, el estimado se podría ajustar con más exactitud.

Quedaba en evidencia que el canal de noticias de uno de los principales multimedios no se les ocurrió contratar a gente que supiera (matemáticos, estadísticos y unos cuantos data entry) para cubrir la elección. No consideraron útil que los espectadores recibieran la información que se necesitaba en ese momento. Prefirieron chatearse con los operadores de Cambiemos o Unidad Ciudadana y hasta leer un twitter de una cuenta falsa y humorística de la ex Presidenta, como si fuera de la misma Cristina Fernández.

Son perlas que no reflejan una excepcionalidad sino la norma. Los principales medios argentinos periodísticos tienen un elenco estable de opinólogos que nos da su versión de la realidad sin que tengan el menor rubor cuando la propia realidad los desmienten. No pueden justificar sus argumentos, no nos dicen en qué premisas se basaron para sus conclusiones, no explicitan la metodología de sus pronósticos. Fracasan una y otra vez, pero en la elección siguiente, los siguen llamando.

Cuando (siguiendo la etiqueta de Durán Barba) pretendamos definir los usos y costumbres del Círculo Rojo, éste es un buen ejemplo de cómo opera. Los hacedores de noticias consumieron durante las últimas dos semanas la ficción de que Cristina Fernández de Kirchner ganaba el distrito por varios puntos y hasta se hicieron circular encuestas de que esa diferencia se estiraba a diez, provocando pavor en el mercado de capitales y cambiario. Ellos lo generaron, ellos lo asimilaron, ellos lo difundieron y ellos se lo creyeron. Y cuando los votos dijeron otra cosa, ellos se sorprendieron. Se sorprendieron de haberse creído lo mismo que ellos habían inventado.

Parece un síntoma de psicopatía pero está más cerca de ser un signo de chapucería o falta de idoneidad.

8.8.17

opinión: oportunidad para indignarse

Las redes sociales se han convertido en caja de resonancia de la indignación de la sociedad. Es habitual encontrar las publicaciones de nuestros amigos rasgándose las vestiduras ante los hechos de la realidad que, en muchos casos, justifican la reacción.

Una chica violada y muerta por un condenado que estuvo preso y salió anticipadamente por buena conducta; un diputado altamente sospechado de corrupción defendido por colegas de la inmaculada izquierda radical; jueces que justifican legalmente porque no tienen que pagar impuestos que todos los hijos de vecino pagamos puntualmente; militantes de derechos humanos mirando para otro lado ante dictaduras de izquierda; señores legisladores que se ajustan el sueldo por un porcentual mayor al índice de inflación.

Los ejemplos sobran. Y, cabe admitir, en muchos casos compartimos esa indignación.

Pero lo que hay que señalar es que con indignación sola no alcanza. Que justamente, en pocos días, esa indignación se puede hacer operativa. Se da la primera de las dos fechas electorales que habrá este año. La decisiva es la de octubre; la de agosto hace las veces de una gran (y cara) encuesta. No obstante, es una buena oportunidad para que se ejerza la indignación en el momento justo.

Si usted se tira de los pelos muy seguido en las redes sociales, le aviso: los legisladores que están en sus bancas, llegaron ahí porqué usted los votó. Y, algo más: ahora van a venir a pedirle a usted su voto. Y en este momento, cuando entre al cuarto oscuro, usted será el rey y tendrá el control sobre ellos.

Así que antes de votar, piense qué partidos y qué diputados ponen palos en la rueda cada vez que hay que votar leyes contra la corrupción, la justicia mal llamada garantista o reformas electorales. Porque si usted consideró que el asesino de Micaela García debió pasar su condena en la cárcel y no salir anticipadamente para matar a una adolescente, sería bueno que recordara qué legisladores levantaron la mano para votar en contra del cumplimiento efectivo de una pena. O qué políticos apoyaron a De Vido en la sesión que se planteó su expulsión de Diputados o quiénes trabaron la reforma electoral o la ley del arrepentido en el Congreso.

Porque si usted vuelve a votar a los mismos tipos que están en esas bancas, por favor, le pido, no se indigne.

En todo caso, indígnese con usted mismo.

Por menospreciar el poder que tiene su voto.

4.8.17

elogio del optimismo

Nuestra opiniones están influidas, más de que lo quisiéramos admitir, por la irracionalidad. Presumimos de ser objetivos y utilizar el raciocinio para fundamentar nuestras posturas pero, lo que demuestran las ciencias del comportamiento, es que tendemos a apoyarnos en la información que justifique nuestros argumentos y desechamos aquella que los contrarían. Estar en guardia y ser escépticos de todo, en especial de lo que creemos, parece ser una buena práctica. Una buena dosis de escepticismo (sino pesimismo) podría hasta recomendarse como saludable.

Es menos frecuente, en cambio, los elogios al optimismo. Sabemos que una esperanza infundada es un prólogo a la catástrofe. Pero se enfatiza menos la advertencia sobre aquellas oportunidades que se dejan pasar de largo por un pesimista cálculo del futuro.

Hay una tendencia muy argentina del desconfiar como respuesta automática a todo cambio, toda situación. Y estimar que el horizonte para revertir una posición desfavorable se estira largamente más allá de lo razonable. No creemos que las cosas puedan cambiar. No consideramos que se logre lo que se pronuncia. No vemos las soluciones más allá de varias generaciones. No creemos capaz que nuestros conciudadanos tengan los mismos valores y empeño que nosotros. Si el futuro es negro: ¿para qué ponerle ganas? ¿Para qué ilusionarse?

Se subestima bastante la capacidad superadora que tiene el optimismo. Sobran los ejemplos en la historia de situaciones desesperadas que se revierten con fe, contra todas las posibilidades. Porque cuanto más se acotan las alternativas del éxito, más ingenio hay que poner para buscar los caminos de salida que no se muestran a simple vista. Y para hallarlos, la primera condición es estar dispuesto a encontrarlos. Si bajamos los brazos y desestimamos que haya una solución posible, ¿cómo lo vamos a encontrar?

Pulula en Argentina el intelectual en piloto automático que se jacta de la desconfianza en cualquier político, en las posibilidades de nuestro país, en lo que pueda traer el futuro. Posiblemente porque sus sólidos cimientos de creencias tambalearon ante los cambios vertiginosos de estos tiempos. A mayor velocidad en el cambio, más incertidumbre; ante lo incierto, nos replegamos en lo conocido y añoramos ese paraíso que nunca existió. Torcemos el pasado con la nostalgia de lo que nunca estuvo. Y sabemos que ante el sueño, la realidad siempre sale perdiendo.

Queremos llamar la atención de que tal vez, en momentos críticos, en épocas de cambio, el pesimismo no sea la elección más racional. Quizá, nos atrevemos a decir, considerar que todo acabará fracasando como lo certifica la historia argentina desde su inicio, no sea racional. ¿Y qué si al no explorar lo que puede ser, no apostar por lo que puede venir, dejamos pasar la oportunidad de cambiar para mejor?

Que el desfiladero sea estrecho no quiere decir que no pueda cruzarse. Y aquel que ve hacia adelante, que confía en llegar al final del trayecto, probablemente tenga más oportunidades de sobrevivir que aquellos que miran con cariño el abismo.

Digo: a veces hay que creer. A veces hay que bañarse de cierta ingenuidad y confiar en el futuro. No como una fuga hacia adelante, no sin hacer el trabajo necesario para llegar a esa meta anhelada. Pero desprovisto de ese cinismo existencial que nos permite cancherear en una esquina, cruzados de brazos en nuestra autocompasión.

Querer el futuro, aunque no se vea, puede ser el recurso más racional dentro de la desesperación. Y no está para nada mal tener eso en cuenta.

28.2.17

lo que los Oscars perdieron en el camino

bbc

Cuando el lunes nacía en Argentina, asistíamos por televisión al último papelón de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos con la fallida entrega del Oscar a Mejor Película a “La La Land” que, segundos después, fue entregada a “Luz de luna”. El equívoco fue la frutilla del postre para unos premios que vienen cayendo, escalón por escalón, año a año.

Hay una nostalgia que brota espontánea cuando, entre bloque y bloque, se repiten escenas de premiaciones pasadas. Porque el brillo del pasado enceguece a la pobreza del presente. ¿Qué le pasó a los Oscars para este declive?

En mi opinión, los organizadores de los Oscars se olvidaron de que se trata esta ceremonia. Es una entrega de premios, primero. Es una celebración de la comunidad artística cinematográfica, después. Esos dos puntos centrales son los que, sistemáticamente, se vienen bombardeando, año tras año.

Es muy difícil ser objetivos cuando se comparan rubros artísticos. ¿Por qué la actuación de este actor y no la de este otro? ¿Cuáles son los criterios que hacen superior a una película sobre el resto? No hay una fórmula. Y es casi imposible prometer que no se cometerán errores. Pero el problema está cuando se le añaden criterios extra-artísticos a la hora de premiar. Si la comunidad afroamericana había armado un pataleo el año pasado por no tener representación en los premios, iba a ser claro que este año había que premiar a una película afroamericana. “Luz de luna” es una buena película, con muchas cosas interesantes como dijimos ya en nuestra crítica. No es superior a “La La Land” o a “La llegada” por poner dos competidoras. Pero no fue elegida por sus cualidades artísticas: fue elegida porque era politicamente correcto.

No es extraño, entonces, que se posibilite una injusticia en la elección de cada año, porque no estamos elegiendo lo mejor de la producción cinematográfica del año, sino lo que lo bienpensante, progresista y políticamente correcto exige. Entonces no nos sorprendamos si las películas que animan los Oscars de los últimos años pasan, rápidamente, al olvido. No se elige calidad: se elige lo conveniente.

Viendo ayer cómo le arrebataban el efímero Oscar al equipo de “La La Land” pensé que sería de “Luz de luna” en diez años, si alguno lo recordaría. Puedo apostar que “La La Land” seguirá dando vuelta en el cable o en Netflix.

La otra falla de las ceremonias es olvidar que la entrega de los Oscars era un autohomenaje que se hacía la comunidad cinematográfica a sí misma. Uno de los momentos emotivos fue, es y seguirá siendo, el recuerdo de los profesionales que nos dejaron durante el año. Hace un tiempo, se homenajeaba a glorias del oficio, en cualquier rubro. Desde hace rato, se hace una ceremonia aparte y se pasan unos cuantos segundos en la ceremonia principal. Cuando veíamos ayer a Jimmy Kimmel haciendo un largo segmento con (supuestos) turistas desprevenidos, pensábamos si no hubiese sido mejor ver a Jackie Chan recibir su Oscar honorario y hacer un pequeño racconto de sus películas. O recordar a los treinta años de “Bonnie and Clyde” con algo más que la pareja principal anunciara (mal) los ganadores al final de la jornada.

A algún cranéocrata se le ocurrió que eso había que sacarlo de la ceremonia porque no daba rating. Genios: eso era el corazón de los Oscars. Nos sentamos cada año, frente al televisor, porque queremos ver a los actores predilectos, saber cómo están los que hace mucho que no vemos, recordar viejas glorias y epopeyas del celuloide. Criticar o alabar a la actriz que se vino con el modelo de tal o cual modisto y reirnos de los monólogos del presentador.

Cuando sacan de un brazo a los premiados por excederse de su tiempo, sin importar si subieron al escenario, uno, dos, tres o veinte tipos, están subestimando lo que ellos representan. Si no podemos escuchar unos segundos a un tipo que acabamos de premiar porque la prioridad es televisar como arrojamos caramelos en paracaídas, estamos en un problema. Estamos diciendo que, en realidad, no nos interesan los creadores que premiamos. Que ellos son el adorno (lo accesorio) de lo central.

Y ahí está la falla, en mi opinión, de porqué los Oscars vienen aburriendo y cayendo, año tras año.

28.11.16

no. no es de ustedes.

la nación

En Mar del Plata, hace ocho años, el equipo argentino de tenis desperdició una inmejorable posibilidad de ganar la Copa Davis, un trofeo que se había transformado en una obsesión para el deporte nacional. Era el mejor escenario que se podía pedir, ante una España que venía disminuida.

La ocasión se desaprovechó incurriendo en los vicios que el tenis nacional mostró en esos años: divismo, egoísmo, individualismo exarcebado, negocios bajo la mesa e internismo. Quien comandó el equipo en aquella ocasión, David Nabaldian, un gran jugador al que el papel de líder le quedó grande, estuvo más preocupado en los negocios que hubo alrededor de la elección de la sede que en unir al grupo y buscar la forma de ganarle al rival. La derrota se sazonó con la bajeza de echarle la culpa de la derrota a Juan Martín Del Potro, entonces un juvenil que venía de cumplir el sueño de su primer Masters. La participación de ese torneo le fue echada en cara, con la excusa de que iba a tener muchos Masters más por jugar, priorizándola ante una final de la Davis en casa. Los que se pasaron pintando el piso de la cancha en la semana previa al match, no se hicieron cargo de sus decisiones que llevaron a la derrota.

El tiempo alejó a Del Potro del equipo de Copa Davis (y de una parte de los dirigentes de la Asociación Argentina de Tenis). Luego, las lesiones recurrentes, casi lo dejaron fuera de la actividad. La pavada de los “muchos Masters que tenía por jugar” quedó desarmada: un deportista profesional nunca sabe cuándo las lesiones lo pueden sacar del juego para siempre. Posiblemente no hubiera habido otro Masters para Del Potro.

En el año pasado, sin jugadores de elite, con el riesgo del descenso del grupo privilegiado de la Davis, Daniel Orsonic se hizo cargo de un equipo con un futuro negro. E impuso su estilo apostando por la disciplina, la unión del grupo, la táctica, el respeto al compañero. Tomó medidas que fueron discutidas (como no llamar a Pico Monaco en un match) que motivó que gran parte de ese periodismo tan acostumbrado al puterío mediático, lo pusiera en la mira. El tipo se aguantó, siguió en su ruta y, con un puñado de desconocidos, sin ningún top ten, no sólo no descendió ese año sino que llegó a semifinales.

Este año, siguiendo la misma ruta, una joya volvió a brillar: Del Potro retornó. Y retornó con un nivel superlativo, algo totalmente inesperado para un ex jugador, que había tomado este año como un período de prueba y que terminó ganándole a los grandes, colgándose una medalla en Río y transformándose en un arma clave para intentar la hazaña.

Primero fue en Glasgow, donde logró ganar un punto decisivo ante Andy Murray, gastando lo poco que tenía de físico en el dobles. Ahí fue decisivo el equipo, los laburantes que venían con menos chapa que Delpo: en un quinto punto decisivo, Leo Mayer (que venía con un mal año) se mostró como un jugador copero y aseguró el pase a la final.

En la final, un Delpo en mejor forma, aportó dos puntos vitales, remontó un épico partido con Cilic, dos sets abajo y dejó el trofeo en bandeja para Federico Delbonis quien, siendo número uno del equipo, no había jugado en Glasgow. El mismo Delbonis que pudo haberse quejado por eso, tirar su bronca en los medios, aceptó la decisión del capitán, festejó con el grupo y redobló el esfuerzo. En el siguiente match, fue él el que tuvo que definir un match que daba acceso a un sueño que persiguió en vano todo el tenis argentino.

Y Delbonis remató la faena con una actuación sólida y soberbia, ante un Karlovic varias posiciones encima suyo en el ranking.

La moneda estuvo en el aire: cayó del lado argentino. Pudo haber sido para Croacia. Hubiera sido lo lógico, por la localía y porque tenían mejores nombres. Pero como en todo juego, a veces no gana la lógica.

Y que la moneda cayera de este lado, fue un pequeño acto de justicia en un mundo generalmente injusto. Porque si alguien merecía ganar este premio, esta hazaña, era este equipo de tipos humildes, sencillos y profesionales, estos tipos de los que nadie esperaba algo de ellos. Si alguno, más que nadie, merecía cubrirse de gloria, desafiando el mote de “pecho frío” que los nabaldianistas le endilgaron desde Mar del Plata 2008, fue ese enorme jugador y mejor tipo que es Juan Martín Del Potro. Ganarlo así como lo ganó, ganando un partido pérdido ante un top ten, fue un cachetazo a los infames que lo vienen descalificando desde hace años. Y que el capitán que comandara esta subida al Everest fuera Daniel Orsanic, era otro merecimiento, otro gusto, otra para el lado de los buenos.

Ayer, a poco de consumada la hazaña, los medios acercaron el micrófono a gente como David Nabaldian y a tantos otros que fallaron en el pasado, no por perder (uno de los resultados posible de cualquier competencia deportiva) sino por fallarle al grupo, al deporte, con su conducta mezquina. Se llegó a la osadía de decir “esto es también de ustedes”. No. No es de ustedes. De ninguna manera.

No es de ustedes que desperdiciaron una oportunidad por divismo y codicia. No lo es para los dirigentes que boicotearon desde afuera. No lo es para los capitanes que tomaron partido en una interna absurda. No lo es para el periodismo que se puso la camiseta de un jugador. No lo es. No debe serlo. De ningún modo.

Porque por lo que debe ser reconocido este equipo, no es tanto por el logro deportivo, sino por el modo en que se alcanzó el objetivo, por la forma y el método elegido. Se apostó por un equipo. Se eligió a los que potenciaran el grupo sobre el individuo. Y cuándo fue necesario, brilló el individuo, porqué había un grupo que le permitió brillar. Se necesitó a Del Potro pero definió un Mayer en semifinales y definió un Delbonis en la final.

Se ganó una Copa porque se armó un equipo.

Y tarde o temprano, con ese método se ganan más veces de las que se pierde.

A festejar. Sí, a festejar el triunfo.

Menos ustedes. Ustedes no. A ustedes les queda el gusto amargo de haber dejado pasar la Historia (la Historia grande, la Historia mayúsculas) por al lado.

5.10.16

el peor de todos los sistemas de gobierno con excepción de todos los demás

La democracia como sistema de gobierno es un acuerdo. Un acuerdo de administración de conflictos. Un modo de negociar en la sociedad en la que, por naturaleza, habrá distintos (y hasta irreconciliables) puntos de vista. Como todo acuerdo, es inestable. Inestable por el deseo de maximizar la posición individual en detrimento del conjunto, restricción que se agudiza cuando los recursos que genera una sociedad, menguan o escasean.

En la historia, desde la noche de los tiempos, los pensadores políticos han reflexionado sobre cómo conformar el gobierno perfecto. Casi tanto cómo aquellos que han pensado en generar una alternativa a la economía de mercado. Casi invariablemente, por más pureza que hubiera en la propuesta, la realización de esos proyectos desembocó en pesadillas autoritarias.

Posiblemente porque atrás está la idea de una estabilidad, del descubrimiento de un teorema que logre organizar una comunidad para que todos estén conformes, felices, dispuestos. Y ése, me atrevo a decir, es el error principal. Porque la uniformidad del pensamiento, la conformación de una vez y para siempre, es mucho pero mucho más inestable que el sistema democrático de gobierno. Y lo es, básicamente, porque las sociedades mutan sus preferencias con el paso del tiempo. Y lo que una comunidad juzgaba justo en una época, le parece absurdo en otro.

Que un negro o una mujer votaran en la sociedad de hace unos cuantos siglos, era una idea descabellada. Hoy nos parece opresiva una sociedad que limite ese derecho. Podríamos hacer razonamientos similares con los homosexuales, los sindicatos, los menores, los creyentes de una religión distinta a la oficial. Cambian las sociedades, cambian sus gustos, cambian sus demandas. Y no hay, por más que se quiera, un teorema que nos deduzca el mejor modo de gobierno. La política no es una ciencia exacta. Es prueba y error.

Lo que ha demostrado la historia es que el menos malo de los sistemas de gobierno es la democracia. Que tiene su grado de anarquía, de disenso, de desorden, de búsqueda insatisfecha. Pero es el único que ha demostrado satisfacer las exigencias de una sociedad libre y abierta.

Y debemos recordarlo en épocas como éstas, en este año en que las sociedades se tornaron indescifrables para politicos y medios de comunicación. Las sorpresas del Brexit o el No al tratado de paz en Colombia, pueden hacer decir (como lo hizo Martín Caparrós en la versión española de “The New York Times”) que la democracia no funciona. O culpar a Cameron o a Santos por haber cometido la imprudencia de preguntarle a los votantes si estaban de acuerdo o no con una acción de gobierno.

Por má sque creamos que la elección de los británicos o de los colombianos haya sido un error, si creemos en la democracia, si creemos en la libertad, si creemos en la consulta al electorado para darle legitimidad a decisiones trascendentes, si creemos que es mejor debatir que imponer, negociar que instaurar, no podemos dudar de la validez de pedir la opinión del pueblo. Nos guste o no, el resultado al que lleguemos.

Lo que sorpresas como el Brexit o Colombia muestran, no es la falla de la democracia, sino, tal vez, de sus dirigentes, que no pueden sintonizar el pensamiento de su sociedad, que no pueden liderarlos por el camino que parezca adecuado. Lo que demuestran estas elecciones es que hay una demanda de la sociedad, una queja, que no había sido escuchada. Y que explota en un acto eleccionario y derrumba negociaciones que llevaron esfuerzos para concretar.

Lo que debe llamar la atención no es tanto que una sociedad vote en contra de lo que se le propone. Lo que debe llamar la atención es cómo el cuerpo de intelectuales, de los que piensan la realidad mediatizada, están prestos a condenar la opinión que los contradice. Alabamos al pueblo pero despotricamos contra él cuando no vota como nosotros le dijimos que tenían que votar.

La democracia, ciertamente, tiene muchos puntos para ser mejorados. Hay hoy otras herramientas que las encuestas (que fracasaron rotundamente en todas partes en los últimos tiempos) para sondear las opiniones de la gente; deben perfeccionarse otros mecanismos para atraer a los individuos a las discusiones de los temas públicos; hay un campo fértil para pensar y examinar otras formas de participación. Pero la naturaleza no debe ser desechada: la democracia es un un pacto de que vamos a hacer lo posible para discutir una solución que nos satisfaga mayormente a todos.

Como último punto, también hay que reivindicar a líderes como el Presidente Santos que han comprometido su popularidad, para negociar la paz. Con fallas, con baches en el camino, con errores, pero ha puesto en juego su caudal político por construir algo distinto a la guerra. Le salió mal y debe reinventarse en otra negociación. Pero eso no quiere decir que no deba reconocerse el coraje de examinar otra senda y de mirar al futuro.

Casualmente, ésa es otra diferencia de la democracia con esos sistemas utópicos que se diseñaron en un papel: siempre mira al futuro. Porque es en el futuro donde se perfecciona; porque jamás está satisfecha con el presente.

22.8.16

los juegos de la emoción

la nación

Hace unos meses era un ex jugador de tenis. Tras varias operaciones, pensó que no volvería estar en un court. Retomó el circuito de a poco, con alguna victoria importante, pero sabiendo que su revés no tenía la pimienta de entonces y que daba mucha ventaja con el físico al no hacer pretemporada. Llegó a Río para darse un gusto, jugar un par de partidos y ver qué pasaba. El sorteo le jugó sucio: el número uno del mundo en la primera ronda. ¿A qué podía aspirarse? A tratar de jugar lo más dignamente posible y volverse temprano a casa. Juan Martín Del Potro no sólo le ganó a Novak Djokovic ese partido sino que siguió la racha hasta la medalla de plata, dejando a Rafael Nadal atrás, y jugar un partidazo con Andy Murray. Sonrió al final. Estuvo en la sombra y volvió.

Hace un año, luchó por su vida contra un cáncer que le robó un pulmón. Pensar en Río, a los 54 años, era una utopía. No sólo se recuperó y volvió al mar, su pasión. Colgado a la vela, vino a Río a festejar con sus hijos que competirían en estos Juegos. Las regatas se sumaron y llegó a la última, la que daba los últimos puntos por partida doble, mirando desde la cima de la primera posición. La regata decisiva lo vio con dos penalizaciones, luchando desde atrás, leyendo los vientos para llegar sexto y arrebatar una medalla dorada que no se atrevió a soñar, una medalla que se le vino negando desde que debutó en Seúl 1988, con un noveno puesto. En Río, en dupla con Cecilia Carranza, Santiago Lange fue otro que volvió de la noche.

Siempre estuvieron a la sombra de las Leonas. Los éxitos se negaron a un grupo que trastabilló varias veces, demasiadas, en puestos decorosos pero lejanos del podio. Masticaron la bronca, se prepararon con obsesión y sin descanso, creyeron en dejar su marca en la historia y batallaron para lograr un pase a cuartos jugando una excelente etapa de grupos en la que recibieron menos que lo merecían. Y a partir del primer cruce, empezaron a escalar la cuesta, haciendo historia en cada partido pero sabiendo que la meta brillaba como el oro. Llegaron a la final, tras eliminar por goleada al campeón olímpico. Y se deshicieron de la revelación del torneo, con un 4 a 2 que los vio sentados en el fondo del arco, haciendo historia. Se jugaron, abrazados en círculos, que el triunfo no los iba a cambiar. Que este hito del hockey nacional tenía que servir para cambiar las cosas y para unir a un deporte que está dividido. También ellos caminaron, decididos, de la noche a la luz.

Tres ejemplos de un emotivo Juego Olímpico, recién cerrado y que ya se extrañan. Tres historias argentinas que se sumaron a tantos anhelos, a pequeñas hazañas, a esas glorias que pueden marcarse en el campo deportivo.

Uno, recibió la pelota de su último partido en los Juegos Olímpicos. Fue Manu Ginóbili que recibió el afecto y la honra de su tribuna, de sus compañeros y de sus rivales. Otro, no pudo disimular una mueca de disgusto cuando ganó con holgura la última carrera de los 200 metros que iba a correr en un juego. Usaín Bolt entraba en la historia grande pero comprendía, cuando quiso exigir a sus piernas, que éstas ya no podían darle la velocidad de sus primeros juegos. Bolt entendió en ese momento de gloria que se estaba yendo de las pistas definitivamente. El último, voló en el agua y levantó la última cosecha de oro y plata. Era hora también de retirarse, de ver crecer a su hijo y de asimilar que los Juegos Olímpicos forman parte, ahora, de su pasado. Michael Phelps dejó el agua y entró en la historia.

Tres nombres que dejaron su huella en la historia de los Juegos y que dijeron adiós en Río 2016.

Dos reflexiones dejaron estos primeros juegos en tierras latinoamericanas. Una, la cantidad de pavadas que se dijeron antes de los Juegos, el despectivo tono desde el centro y las catástrofes profetizadas nunca llegadas. Los Juegos pasaron, más que aceptablemente, con errores, por cierto, pero muy lejos del papelón o la impericia augurada. Brasil organizó (con todos los problemas políticos y económicos que afronta) un muy buen Juego Olímpico. Y merece que se le dé crédito por eso, especialmente desde aquellos sectores que no tuvieron vergüenza en agitar el fantasma de un bochorno que nunca sucedió.

La otra reflexión, es la sensación que estos Juegos cierran una etapa en la historia de la competencia. Que fue una repetición de Londres 2012, con los reinados extendidos de Bolt, Phelps, Farah, pero que Tokio va a ser la puesta en escena de la nueva generación que toma la posta con la duda de si habrá alguien capaz de llenar esos zapatos tan grandes que dejan de legado.

Esa pátina emotiva que embargó los Juegos, tal vez se explique por esa sensación de que estábamos despidiendo a tipos muy grandes, relegados por el paso inexorable del tiempo. Era un adiós que no podía disimularse por la sonrisa de un nuevo (sí, nuevo) pero último éxito final.

Ahora a esperar cuatro años. Cuatro años para que empiece otra vez la fiesta soñada.

20.2.16

la decepción Francisco

Para los argentinos, la elección de Francisco como Papa fue sorpresiva en varios niveles. En primer lugar, porque nunca pensamos que viviríamos para ver un Papa de esa nacionalidad. Segundo, porque creíamos que las chances de Jorge Bergoglio se habían agotado definitivamente en el turno anterior. Y que su destino, después de este Concilio, era la jubilación. La última sorpresa provino cuando escuchamos al recién elegido Pontífice en un campechano saludo inaugural en italiano, poniéndose en el bolsillo a una plaza repleta de creyentes que esperaban un nuevo rumbo para una Iglesia golpeada por la corrupción y los casos de pedofilia. El carisma que mostró en esos primeros minutos (que potenciaría en los días posteriores) contrastaba con el Bergoglio gris que había desempeñado su ministerio en Buenos Aires, al que se le reconocía inteligencia, modestia y compromiso con los pobres, pero que no dejaba ninguna huella en la memoria colectiva. Su conversión sugería la presencia del Espíritu Santo convirtiendo a un cura de gesto adusto en un simpático personaje global en cuestión de minutos.
 
De alguna manera, Francisco salvó a Bergoglio.
 
Y sus primeros pasos alentaron una renovación de la Iglesia Católica, una iglesia más cerca a los problemas del quehacer diario de los católicos, reformas para adentro del Vaticano, condena firme a los sacerdotes pedófilos y un público pedido de disculpas por esa atrocidad. También, su mensaje señaló los elevados niveles de pobreza en el mundo y lo puso en el tapete del discurso político internacional. Y agregó la preocupación de la Iglesia por el cuidado del medio ambiente y por la preservación de la Tierra, nuestro hogar.

Lamentablemente, en sus giras Franscico demostró cierta tendencia muy al tono del progresismo argentino, ese mito basado en que la justicia social y la república son incompatibles para algunos pueblos. En esa especie de colonialismo mental, parecería que los latinoamericanos no somos capaces de aspirar a ambas cosas al mismo tiempo, a una equitativa distribución de la riqueza con el pleno funcionamiento de las instituciones democráticas (o tal vez, justamente, lo último sea la base necesaria para alcanzar lo primero).

Como líder espiritual, no pedimos a Francisco que intervenga en asuntos internos políticos. No sería propio de su ministerio. Pero tampoco sería descabellado que señalara, como Padre espiritual, algunas de las taras de la sociedad que visita. Lo hizo en México y anteriormente en Paraguay. Pero calló convenientemente en los centros del populismo, en Cuba, Ecuador o Bolivia. En la primera no recibió a las organizaciones de Derechos Humanos que vienen luchando contra la dictadura castrista desde hace años. Sobre Venezuela, evitó cualquier comentario sobre los presos politicos. En Argentina, su patria, eludió el asunto Nisman.

No le pedimos al Papa que intervenga en política. Pero su discurso (y más de este papado) es eminentemente político. Y en Argentina, él y sus voceros informales, no dudaron en intervenir en política. Lamentablemente, también acá ha apoyado con sus gestos al populismo kirchnerista, el mismo que cuando fue gobierno mudó la sede de los Tedeums en fechas patrias de la tradicional Catedral de Buenos Aires al interior del país, para no tener que escuchar las críticas de Bergoglio. Como Francisco, el Bergoglio ninguneado, se sacó fotos con Cristina (a la que recibió muchas veces), con una bandera de La Cámpora o con personajes violentos y nefastos como Guillermo Moreno.

Durante la campaña electoral por la Gobernación bonaerense, gente como Gustavo Vera (su alter ego chirolesco) realizó campaña por Felipe Solá que venía tercero cómodo en una disputa que enfrentaba a María Eugenia Vidal con los dudosos antecedentes de Aníbal Fernández. Vidal ganó por escaso margen pero la campaña papal pudo haber dispersado votos a un tercero que no tenía ninguna opcion para mediar en la contienda. Rara elección de aquellos que señalan el flágelo del narcotráfico pero no tienen ningún prurito en posibilitar el ascenso a la provincia más grande de la Argentina a un candidato con antecedentes (por lo menos) dudosos en ese tema.

Hubo un hecho lamentable que representó una cachetada insolente a los 43 millones de argentinos que eligieron en paz y democráticamente al Presidente Macri: la ausencia de cualquier felicitación protocolar. Los aplaudidores del Vaticano hicieron malabares para explicar que estaba impedido de un saludo que hubiera sido una muestra de respeto a los ciudadanos de su país natal. En especial, a esa parte de la sociedad que luchó en desventaja, durante muchos años, para que Argentina no se convirtiera en otro eslabón populista con los que el Vaticano demuestra sentirse más cómodo. Por lo menos eso se desprende de sus actos y palabras. Uno de esos hechos fue, la misma semana de la asunción de Macri, la misma semana en la que negó el saludo protocolar al nuevo presidente, se fotografió con Guillermo Moreno y su esposa, uno de los símbolos más claros de la prepotencia autoritaria del cristinismo.

No necesitábamos el envío del crucifijo a Milagros Salas para declarar que Francisco nos decepcionó. Nos decepcionó antes, cuando la Iglesia Catlólica argentina no movió un dedo, no efectuó ninguna declaración significativa, para empezar a cerrar con sus palabras la grieta que divide a la sociedad. Unas palabras de unión y de tolerancia, dada por sus obispos con la venia del Vaticano, hubiera sido un bálsamo de reflexión para una sociedad efervorizada por la contienda electoral.

Allí sí esperábamos el trabajo pastoral de los obispos argentinos.

Pero no. Francisco calló como lo hizo en Ecuador, Bolivia o Cuba.

O, mejor dicho, Francisco decepcionó a los argentinos.

Triste papel el que se reserva Bergoglio en las sandalias de Francisco, quien asombró como Francisco internacionalmente pero asumió para su patria el desteñido rol del Bergoglio que le conocimos por estos lares.

6.1.16

el deplorable día de reyes

No hay nada más deplorable (en mi humilde opinión de niño engañado) que el fraude del Día de Reyes. Esa festividad tiene una perversidad congénita pocas veces señalada. La fantochada del regalo de una entidad supranatural (tres, para ser precisos; seis si contamos los camellos) trae una lección imborrable para cualquier niño: tus padres son capaces de mentirte.

Valoramos la verdad de la boca para afuera. Pero organizamos una tradición en la que básicamente el objetivo es engañar al niño. Nos burlamos de su inocencia, masacramos su fe y su creencia primaria. Y detrás de los regalos, hay varias lecciones que dejamos para el niño que crece y que llega a la edad de darse cuenta que los Reyes son los padres.

Primero: tus padres son capaces de engañarte. Así nomás. Ellos te mienten y no tienen ningún reparo en esconderlo. Es más: se toman el trabajo para mentirte. Sin ninguna necesidad. Si ellos pudieron mentirte para hacer entrega de un regalo más o menos como la gente, ¿qué podés esperar en situaciones más graves? Esa primera lección es imborrable y te marca para siempre: no creas; hasta tus padres te engañan.

Segunda lección: no seas inocente. Hasta tus padres se aprovecharán de esa debilidad. Aprendé a desconfiar. Porque si tus padres te armaron la puesta en escena de los Reyes, ¿qué podés esperar del resto del mundo? Los que te trajeron a la vida te toman el pelo. Imaginate lo que te espera de ahí en más.

Tercera lección: aprendé a sospechar de la lógica de tu razón. Viste que el pastito que le habías dejado a la noche ya no estaba por la mañana como tampoco el agua que se había consumido. Prueba irrefutable de la existencia de uno o más camellos que se habían comido lo dejado para pasar el rato. Bueno… no. Es un engaño. Todo es un engaño, así que no vale creer en la fuerza de la razón. Porque el procedimiento no está libre de timos. Sospechá en lo que te queda de vida: no razones, desconfiá.

Por último: lo canalla de montar una estafa para sostener una creencia. Acudo a la representación física de los Reyes o de Papa Noel para apuntalar la creencia. No hay fe sin signos. No hay fe por fe misma. Hay fe sólo si veo algo. Por eso tengo que disfrazar al tío Alberto de Papa Noel o hacerme cargo del pastito dejado al pie de la cama, para no acostumbrar al chico de que acepte el misterio, sin ninguna evidencia. Le enseñaré a pedir esa transacción mercantil de creer sólo ante evidencias físicas. Aunque esas “evidencias” sean prefabricadas. Depreciaré la posibilidad de lo trascendente desde la base. Que el niño crea en el ornamento, no en la base. Si crees, cree sin pruebas, cree sin ver, cree por creer. Y hacete cargo de esa creencia. Es fácil decir: “Creí. Porque vi el pastito disperso al pie de mi cama”.

Por esos motivos declaro, un 6 de enero, que no hay nada más deplorable que el Día de Reyes.

10.12.15

10 D

Vengo escribiendo el Chatarra desde el 2000, en los tiempos de “Super Chatarra Special” primero y de “Libreta Chatarra” después. Digamos, desde Menem hasta el flamante Presidente Macri. Opiné de todos los temas y cuándo quise. En algunas cosas acerté, en otras cambié, en más de una sostuve mis posiciones. Quince años es mucho tiempo. Siempre escribí libremente, sin pensar las consecuencias de lo que uno escribía, con la libertad de expresión que tiene que haber en democracia, sólo limitada por la injuria o el agravio personal.

Hace unos cuatro años, noté que, inconscientemente, empecé a medir lo que escribía, a evaluar la conveniencia o no de opinar en mi blog. Como no me pasó en todos estos años de la democracia restaurada, tuve miedo a expresarme.

Ése fue el peor de los legados del kirchnerismo. La autocensura. Fue el daño más grande que le hizo al país y a la democracia. Y un síntoma de su autoritarismo, rasgo que comparte con otros populismos del continente.

En esos días me vi pensando qué hacer, a dónde ir cuando avanzarán un poco más, cuando cruzaran el límite, cuando se cargaran a todas las instituciones de la Nación. En el momento en que perdiéramos la República (porque venían, explícitamente, por todo), ¿a dónde esconderse? ¿a dónde ir?

La soledad parecía más solitaria que nunca. La sensación de que una sociedad me había dado la espalda y el cansancio moral de no compartir la forma de pensar de mis compatriotas. Sentí que hasta el país se me había escamoteado.

Entonces, decidí poner un pequeño grano de arena y no dejarles llevarse lo que fue mi patria.

Primero decidí que no me iban a callar. No me iban a silenciar.

Seguí escribiendo. Seguí opinando.

Si querían que tuviera miedo, no les iba a dar el gusto.

Luego me propuse como fiscal en la Red Ser Fiscal. Hice los cursos y me decidí a servir durante un día, para defender la pureza del voto.

Fui a las marchas. Por primera vez en mis casi cincuenta años, milité en un partido político. Me afilié al PRO, cuando era una utopía pensar en Mauricio Macri Presidente. Y trabajé en la sede de mi barrio, inflando globos, repartiendo boletas, dando charlas, doblando folletos.

¿No era cándido pensar que eso podría parar a un gobierno autoritario?

Un día, miles de argentinos salieron a las calles con sus cacerolas, a gritar que no tenían miedo. Mientras los analistas políticos que cobraban sueldos de intelectuales en los medios de comunicación, explicaban porqué esas protestas no tendrían ni masividad ni futuro, los argentinos que no querían que los Kirchner se cargaran al país, salieron a protestar con lo poco que tenían.

Y el viento empezó a virar. Las cosas empezaron a cambiar.

Los mismos que auguraron el fin de los caceroleros, se atrevieron a pronosticar el triunfo de Daniel Scioli en primera vuelta. Y maltrataron a María Eugenia Vidal, calificándola como una candidata testimonial. Proclamaron que Macri no quería ganar por no cerrar una alianza con Massa.

Cuando el 25 de octubre de 2015, las urnas mostraron lo que el país quería, el análisis de todos los especialistas (sic) se vio defraudado.

Estuvieron juzgando al PRO y a la alianza Cambiemos con sus categorías del siglo XX. Evaluaron con sus herramientas dicotómicas y la realidad les dijo que el ciudadano también vota por gestión y cambia su voto por aquel que les promete hacer la cloaca o el canal que nadie hizo en los últimos veinte años. Ser de derecha o de izquierda cada vez tiene menos sentido.

Y sin embargo, siguen si ver lo que pasó. Siguen juzgando sin bajar al nivel del ciudadano y preguntarse qué y porqué votó.

Hace minutos, asumió un nuevo Presidente en la Argentina. Y cerró con ese acto doce años que agregan más vergüenza que logros en la historia nacional. Algún día, algunos de los que apoyaron con ánimo de patota al gobierno kirchnerista, se avergonzarán de lo que bancaron, se pondrán colorados al recordar en qué vereda estuvieron, el momento que decidieron ser miserables.

Hoy yo quiero recordar al amigo que dejó de tomar un café conmigo, al cuñado que arruinaba las fiestas familiares discutiendo de política, al menemista convertido al modelo nacional y popular que te patoteaba por Facebook, al ganso que repetía consignas goebbelianas sin preguntarse lo que decían, a los artistas que aplaudieron como focas al calor de un subsidio o un puesto, a los universitarios de café que le dieron andamiaje teórico al macartismo, a los progresistas que levantaron la mano para matar la república, a los jóvenes que te decían sueltos de cuerpo y sin ponerse colorados que no se puede hacer política sin ser corrupto, a los desinformadores militantes, a todos aquellos que creyeron ser revolucionarios siendo meros matones de salón.

A todos ellos, no los olvido. A todos ellos, han sido medidos y no han dado la talla.
La historia los dejará de lado. Los condenará al lugar oscuro que se ganaron con tanta servilidad y obsecuencia.

Y un día, se mirarán al espejo y se darán cuenta que les fallaron a su patria y a sus compatriotas, del modo más pusilánime.

Para ellos: no pienso sentarme a su mesa.

Los conozco y ya sé como son.

Ni se te ocurra llamar para pedir ese café que tenés pendiente.

Una nueva era se abre. Esperemos que seamos dignos de ella.

14.11.15

pray for paris

@ClemSarlat

29.10.15

lecciones de un domingo electoral

El domingo pasado me tocó ser fiscal en una escuela de mi barrio. Noté algo que no vi en las elecciones anteriores: la gente iba a votar con una sonrisa en el rostro, con un clima de fiesta. Algo distinto había en el ambiente. Y los resultados de la noche (del día siguiente en realidad) rubricaron esa sensación de que algo había cambiado en el alma del ciudadano cuando se levantó ese domingo.

Más allá de los ganadores y perdedores de esa jornada, las elecciones en Argentina fueron una lección. Una lección que supera el mensaje dado al oficialismo y su proyecto autoritario. Una lección a los que subestimaron, durante las últimas semanas, a los votantes. Ahí hay que incluir a los medios de comunicación (aún aquellos hostigados por el gobierno) que negociaron mejoras y se alinearon manipulando información; a los encuestadores que no veían ninguna posibilidad del triunfo de María Eugenia Vidal, pese a que las encuestas la daban arriba, porque el ciudadano de la Provincia de Buenos Aires era lo suficientemente haragán para no cortar boleta; a los intelectuales (sic) que gastan horas en televisión, radio y diarios, elaborando análisis que no tienen ningún correlato con la realidad.

Lo que se vio el domingo es que una parte de la sociedad que desconfiaba de la otra parte de la sociedad, comprendió que ambos tenían los mismos valores, los mismos anhelos, las mismas necesidades, los mismos miedos sobre el futuro. El cambio llegó y coincidió con una elección. Y todos los que desde la quinta de su cinismo subestimaron a la sociedad, debieron rever sus dichos y explicar lo inexplicable.

Hay ballotage, hay un mano a mano entre Daniel Scioli y Mauricio Macri para definir el próximo Presidente argentino. Y también para definir el tipo de país en el que queremos vivir.

No lo van a hacer, porque no es su estilo. Pero el núcleo duro autoritario argentino podría sorprender, por una vez, y callar por respeto a la sociedad que el pasado domingo se atrevió a expresarse.

Sería un gesto.

19.10.15

el ejemplo puma

la nación

Perder o ganar son las opciones que hay en el deporte. Como en todo juego, alguna de las dos posibilidades tienen más probabilidad que la otra, dependiendo de una serie de factores. Pero en ningún caso, ni el triunfo ni la derrota están asegurados de antemano. No podemos controlar el resultado. Sí, el modo en que se da.

Los Pumas están en medio de un proceso de cambio trascendental. La incorporación al ex Tres Naciones (ahora Rugby Championship) significó mutar las estructuras del rugby argentino y apostar a un estilo muy distinto del que estaba en el ADN nacional. Basta recordar los reproches de cierta dirigencia local hacia la “locura” de Agustín Pichot, ex capitán y puntal decisivo para que Argentina tuviera una participación regular con los mejores del mundo.

El rugby del hemisferio sur le saca una cabeza de ventaja al europeo. Y Argentina estaba obligada a jugar en la élite y a cambiar, si no quería hacer un papelón en esas lides. Ese proceso representó comerse una seguidilla de derrotas hasta que los Pumas estuvieran a la altura de poder jugar (no ya ganar) de igual a igual ante gigantes como Sudáfrica, Australia y los increíbles All Blacks.

Si el rugby argentino hubiera copiado el conformismo derrotista que nos caracteriza en otros campos, hubieran tirado la toalla hace mucho tiempo. Pero decidieron cambiar, aceptar el consejo de especialistas extranjeros, apostaron a un nuevo estilo. Y aprendieron de sus derrotas para corregir conductas y ganar cualidades con el roce constante con los mejores.

Ayer los Pumas derrotaron a Irlanda y se metieron en semifinales del Mundial (un Mundial monopolizado por representantes del hemisferio sur). No fue importante el resultado. Fue importante el modo en que llegó al triunfo. Atacando, haciendo un rugby dinámico, con pases, jugando desde cualquier posición. Un rugby del hemisferio sur. Un estilo que no tenía hace unos años. Ayer ganó. Pudo perder. Pero no importaba el resultado. Importaba que ya había ganado antes de entrar a la cancha. Porque había decidido cambiar y había apostado a que no era menos que nadie y que podía competir al mejor nivel, si se aprendía cómo.

Es inevitable, a una semana en el que los argentinos estamos por decidir qué país queremos ser, reflejarse en el espejo Puma. Los Pumas nos demostraron que, haciendo las cosas bien, no saltando etapas, trabajando duro, estamos al nivel de cualquiera. No hay un sudesarrollo congénito, fruto de la fatalidad. No existe el falso mito de que “aquí no se puede, por un problema cultural”. Los Pumas, como en tantos otros campos de nuestro país, demostraron que cuando se hacen las cosas con racionalidad y perseverancia, los objetivos se pueden lograr.

Para los facilistas, el proceso de construcción de un éxito se reduce a poner huevos, ser ganador, tener actitud. Eso es una pavada. Pero esos tipos son los que hasta ayer decían que los Pumas eran un equipo sobrevalorado, que nunca había ganado nada y que eran unos pechos fríos que perdían todos los partidos. Tipos que desde la mediocridad de su living juzgaban con misma liviandad con la que encararon su propia vida.

Hay un sólo camino para la excelencia. Y lleva tiempo. Y caídas. Y esfuerzo.

Los Pumas están en ese camino y esto no termina en un Mundial. Ni siquiera en si logran llegar a la final después del próximo fin de semana. Como la Generación Dorada en el básquetbol, el triunfo de ellos se mide en el respeto que ganaron en los rivales. Eso no se compra: se gana dentro y fuera de la cancha.

Y es más importante que cualquier triunfo.

Sepamos mirarnos en el espejo Puma. Y decidamos qué queremos ser.

p.d.: ver el Mundial de Rugby es asistir a la contracara del mundial organizado por la FIFA. Los árbitros están asistidos por la tecnología; los planos se observan en todo el estadio; se escucha el audio del árbitro hablando con sus asistentes y con los jugadores; el público reprueba las acciones antideportivas; los sancionados deben salir diez minutos y miran el partido sentado en un banco al lado de la línea de cal; hay sanciones de oficio en la semana, para faltas que no fueron percibidas por el árbitro en el campo de juego; los hinchas se mezclan y comparten el partido, uno junto al otro; se aplaude al ganador pese a que no sea de nuestro equipo; hay sustituciones temporales por lesión; los cambios reglamentarios buscan dinamizar el juego y favorecer el afán ofensivo. Son tantas las diferencias con la FIFA y su conservadurismo nacido en la corrupción que estamos ante dos mundos irreversiblemente opuestos.

6.8.15

la convicción de ser mejor de lo que somos

El próximo domingo, los argentinos iniciamos el proceso de elección de un nuevo presidente. Es el primer paso de una eventual serie de tres elecciones. No es una elección más. Es una elección crítica, histórica. Una elección que define la posibilidad de fortalecer a la tambaleante República o de hundirla definitivamente. Argentina decide su destino. Caer en el peligro del narcopopulismo o reconvertir una democracia decepcionante para transformarla en la promesa que amaneció en 1983.

La sociedad argentina hace gala, desde hace tiempo, de un pragmatismo cínico nocivo. Gran parte de la Argentina no tiene fe en sí misma, no se cree capaz de ser mejor de lo que es, de pensar un futuro más grande, de la mera posibilidad de cambio. Atormentada por los fantasmas de la crisis del 2001, prefiere aferrarse a la certeza de la mediocridad de la que el peronismo se enorgullece, a especular con un futuro distinto, con desafíos globales, con la superación de las taras que arrastra la sociedad.

Hay una gran escena en “Nixon” de Oliver Stone, en la que un vencido Richard Nixon se para frente al retrato de John Fitzgerald Kennedy, la víspera de renunciar por el escándalo de Watergate y le dice a su antecesor y rival: “Cuando los norteamericanos te miran, ven lo que quieren ser; cuando me ven a mí, ven lo que son”. Si tuviéramos que hacer una traducción de esa escena a la cultura política argentina, nos pararíamos ante el retrato de Perón y diríamos que los argentinos lo ven a él y ven lo que son, ven lo que quieren ser. No hay alternativa idealista: no hay otra cosa que el gris peronista, el modelo populista que ha timoneado la larga decadencia del país.

Lamentablemente, cuando los partidos no peronistas llegaron al poder debieron lidiar con crisis económicas de tal importancia que afectaron a la base social del peronismo, la significativa proporción de la sociedad que vive en los bordes de la miseria. El desafío para todo aquel que quiera tomar el liderazgo de la nación para cambiar este estilo, es tener a los pobres de su lado, de ser los actores centrales de los tiempos que vienen.

La nueva democracia debe basarse en la acción de la porción más desfavorecida de la sociedad, organizarlos, movilizarlos, en las demandas de las materias pendientes. La realización de la infraestructura crítica, la eficaz gestión de los capítulos indelegables del Estado: seguridad, educación, salud. Convertirlos en ciudadanos demandantes, no en meros pasivos receptores de migajas.

Pero nada de eso se logrará si esa porción de la sociedad, ese rehén del peronismo, no se atreve a soñar, no se atreve a creer en si mismo y en un futuro mejor. La posibilidad está ahí, al alcance de la mano. Pero hay que aferrarse a ella con uñas y dientes y creer, creer que algo mejor que lo que vino dando el peronismo en los últimos treinta años es posible.

Desde este domingo, Argentina demostrará de que está hecha. Si de miedo o de esperanza; si de debilidad o confianza; si de cinismo o idealismo. Demostrará si somos capaces de ser mejores que esto, de esta letanía hipócrita que vienen repitiendo dirigentes llegados al poder para enriquecerse a costa de las carencias de la porción más débil de la sociedad que está demasiado pauperizada para entender que, como las víctimas de violencia de género, está encariñada con los responsables de sus heridas más profundas.

Como idealistas, hacemos votos porque Argentina se ponga de pie y encare su futuro. Un porvenir que ha dejado pasar desde hace mucho, mucho tiempo y que es imperioso tomar por las astas y afrontar.

Ojalá, este domingo se dé el primer paso.

10.7.15

convicciones de un fin de semana

Dos botones de muestra del último fin de semana reflejan las cambiantes actitudes de nuestra sociedad. Reflexionemos sobre este panquequismo intelectual amplificado por los medios de comunicación masivos.

Botón uno: instrumentación de la boleta electrónica en la primera vuelta de las elecciones porteñas. Botón dos: la actuación de Messi en la Selección Argentina que juega la final de la Copa América.

A primera hora del sábado, un desastre la decisión de instrumentar la boleta electrónica, va a haber muchas colas y retraso para votar, va a ser una complicación para las personas de edad, pueden ser hackeadas, se va a tardar hasta la medianoche para hacer el recuento, se debió haber aplicado gradualmente, se debió haber puesto en práctica la boleta única en papel al estilo santafecino, no había necesidad de hacerlo, es todo un negociado por las máquinas. Asimismo, Messi es el mejor jugador del mundo, la final es un trámite, no menos de tres goles a los chilenos, somos los mejores del mundo, ahora sí se quiebra tantos años sin títulos, Messi se puso las pilas, el equipo es una máquina, la final va a ser un baile, los chilenos están con miedo.

Últimas horas del domingo: ¿cómo que en las elecciones nacionales del distrito vamos a tener que volver a la boleta en papel? ¡Es un desatino! ¡No tiene sentido! Si se notó que funcionó a la perfección y fue rapidísimo y a las 20 ya se tenían los votos procesados. ¡A quién se le ocurre! Del mismo modo: Messi es un pecho frío. Tiene que renunciar Martino. Hay que borrar a todos. Messi se borra en las finales. La Selección me tiene podrido.

Menos de veinticuatro horas y todas las giladas sostenidas con pasión, mutaron en el sentido exactamente opuesto y se sostuvieron con la misma convicción que la posición anterior y contraria.

Poca reflexión, baja resistencia a la frustración, refracción al cambio. Vicios que no llaman la atención porque explican gran parte de la historia argentina y su decadencia como sociedad. Pero vale la pena destacar estos botones, no ya como un síntoma (otro más) de la sociedad argentina sino como un mero comentario humorístico de cuán extendida está la pavada en Argentina.

Anoten y rían.

21.1.15

yo sí soy Charlie Hebdo

Cuando empezó a correrse el telón sobre los asesinatos de los integrantes de la revista francesa Charlie Hebdo, parte de la intelectualidad argentina salió a desmarcarse del repudio generalizado que produjo el atentado terrorista islámico. Como para una parte de los pensadores criollos es peligroso repudiar un ataque a la libertad de expresión, pusieron en claro que no era muy astuto por parte de los dibujantes de Charlie Hebdo gastar a los fanáticos religiosos mulsumanes y algunos censuraron la tentación a la blasfemia que tenían estos muchachos. La frutilla del postre fue un desafortunado comentario del Papa Francisco que se plegó al “sí, pero…” diciendo que si insultaran a la madre deberían aguantarse una piña.

Lamentablemente, debemos decir que no nos extraña de parte de nuestra intelectualidad ese prurito. Porque lo que les molesta, en realidad, es defender la libertad de expresión, uno de los pilares de la democracia. Y una de las principales banderas de Occidente. Llama la atención que los que se dicen pensadores no se ubiquen en la posición de aquellos que son censurados, de aquellos que pagan con su vida por sostener sus ideas. Camuflados en un renovado “en algo andarían”, cargan la culpa en las víctimas en vez de los victimarios. Olvidan lo que ha costado a la humanidad sostener este principio, permitir las voces de los que piensan distinto, sin sufrir represalias por expresarlas.

Sus valores permutan con las víctimas. Algunas víctimas no merecen valores; otros merecen que esos valores sean sobreactuados.

Sinceramente creo que es una muestra más de la decadencia de los intelectuales argentinos que, en su mayoría, han apoyado el discurso autoritario de estos últimos años, dándole letra a los ataques contra la República.

Desde esta página, lejos de esa vereda en la que pegan los rayos de un sol snob, decimos (sin ruborizarnos) que “Yo sí soy Charlie Hebdo”. Y no tenemos ningún miedo de expresar nuestro apoyo a la libertad de expresión y nuestra oposición total y absoluta hacia aquellos que la ataquen, vengan del arrabal ideológico de dónde vengan.

Así que, sí, señores, yo también soy Charlie Hebdo.