24.10.17

el adiós de los viejos chotos de la juventud maravillosa

El tiempo dirá si las elecciones legislativas del pasado domingo significan un cambio radical en la política argentina. De primera, deja afectado al peronismo y su demonio interno, el Cristinismo, que habían especulado con el final anticipado de un gobierno al que intentaron destruir desde el primer día. El segundo punto es la expansión de Cambiemos a nivel nacional y el aval que el Presidente Macri recibe de la ciudadanía para implementar su programa de gobierno.

Pero podemos empezar a especular con ese cambio de los aires políticos y ponernos a reflexionar sobre adónde va la discusión política en Argentina. Y nos atrevemos a preguntarnos en este post si lo del domingo no significa el fin de una generación en la política, si no es que ya otra cohorte agarró el mando y se prepara a hacer las cosas de un modo distinto en la patria. Con ánimo chicanero, postulamos si estas elecciones no son el principio del fin para los viejos chotos de la Juventud Maravillosa, esto es, si no estamos ante el final del dogma de los ’70, de una forma de pensamiento del siglo XX que se muestra deshilachado en este siglo avanzado.

Más por conveniencia política que por convicción, el kirchnerismo se abrazó al legado de la generación de los ’70. En gran medida estuvimos embebidos en la tónica de esa generación que dio muestras de carencias morales e intelectuales notables, falencias que escasamente han sido señaladas por la sociedad. La violencia como herramienta política válida, la economía cerrada y dirigista, el desprecio a la democracia republicana, la división de la sociedad, el apoyo al pensamiento único con cierta dosis de fanatismo, el instrumental analítico del marxismo. Gran parte de nuestra dirigencia, en mayor o menor grado, se movió en estas coordenadas setentistas. Una importante porción de nuestros intelectuales reporta este gen de los ’70, aún aquellos que han enfrentado el aluvión kirchnerista de la última década. Esa cosmovisión ha impregnado, de un modo u otro, los debates públicos desde el inicio de la democracia.

PRO ha sido, desde su inicio, un partido atípico, en el que hizo gala de una negación de la ideología y ha hecho fe de análisis y resolución de los problemas como prioridad. Su lema ha sido la conformación de equipos y no tiene vergüenza de equivocarse, retroceder y retomar la senda. Desde el llano, se preparó para el poder. Armó elencos, discutió políticas y cuando llegó a un puesto de gobierno, fue para destacarse y mantenerse en el poder una década después. PRO no necesitó armarse de un relato. No tuvo rubor de implementar medidas de izquierda o derecha. Su único objetivo era que estas medidas fueran eficaces para resolver un problema. PRO ha sido un claro ejemplo de un partido fundado por un Ingeniero. No por abogados o economistas. Un partido que hizo de la obra pública su carta de ciudadanía.

Desde el principio, este pragmatismo en la acción desorientó al núcleo de intelectuales y comunicadores (el “Círculo Rojo” como el propio PRO lo bautizó con desdén) que trató de interpretar este fenómeno político forzándolo en las categorías analíticas de los ’70. El mundo había cambiado, la sociedad mutó y la tecnología generó nuevos desafíos. Pero los que analizaban la realidad seguían abriendo el manual de recetas de los ’60 y ’70. Podían tildar de derecha a Macri pero no lograban comprender porqué lo votaban los sectores pobres de la sociedad o, en el mismo sentido, no querían preguntarse porque un gobierno que no cuajaba con su noción de lo popular realizaba, en las villas, las cloacas que el progresismo no se le había ocurrido hacer en más de una década.

El análisis argentino olía a viejo y los que ejercitaban ese análisis estaban (están) cómodos en sus zonas de confort. La realidad los obliga a otro esfuerzo, a rever sus herramientas analíticas, a intentar otro ejercicio de compresión. Pero están demasiados oxidados para hacerlo. Mejor insistir en el piloto automático y hacer el ridículo cuando quieren pronosticar el futuro a partir de tan precario andamiaje. (Los medios de comunicación han sido tristes vidrieras, en estos años, de estos “expertos” seniles a los que llaman para equivocarse, una y otra vez, con el objetivo explícito de que nos “expliquen” la realidad en la que vivimos).

Hoy hay una generación que viaja por el mundo buscando boletos aéreos en oferta. ¿A alguien se le ocurre que pueden comprar el mensaje del mundo como una amenaza, como un lugar peligroso del que hay que cuidarse? Para los que nos adoctrinaron del riesgo de leer el Pato Donald sin prevenciones, ¿podrían explicar lo que significa ver, en tiempo real, un partido de la NBA y verlos a los norteamericanos ponerse de pie para aplaudir a Ginóbili?

El mundo global se da de frente con la mentalidad provinciana de esta cosmovisión setentista. Tiene nuevos riesgos, nuevos problemas. Pero ninguna de las recomendaciones de los pensadores formados en esa década puede darnos una solución. El futuro pasa por otro lado. Los problemas son otros y sus soluciones aún están por encontrarse.

Lo que surja del domingo es otra cosa. Es una dirigencia del siglo XXI para los problemas del siglo XXI. Y esto implica el retiro a cuarteles de invierno de una generación que fracasó en su tarea de hacer un país mejor. (Quien esto escribe es de esa generación, es alguien que terminó el colegio secundario cuando Raúl Alfonsín asumió el gobierno y la restauración democrática y comparte esa responsabilidad por este fracaso).

Hay una generación y un modo de pensar que se fue el domingo. Todavía no lo deben tener en claro porque no han podido, en los últimos tiempos, prever el futuro. Pero, lentamente, están quedando en el margen de la historia.

Lo que viene se está armando. Su éxito está por verse. Pero es la hora en que una nueva generación archive en el recuerdo los usos y costumbres de la Juventud Maravillosa.

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