1.9.15

porton down

el país

A finales de 1964, durante unas maniobras en los alrededores de Porton, en el condado de Wiltshire (Reino Unido) y no muy lejos de las piedras de Stonehenge, 16 comandos de la marina real británica empezaron a comportarse de forma extraña. Al segundo día de los ejercicios, mientras unos soldados salían a campo abierto, exponiéndose al fuego enemigo, otros alimentaban pájaros imaginarios y algunos correteaban por las colinas o se subían a los árboles a hacer el mono. Hubo incluso quien empezó a apuntar a sus compañeros con su arma. El informe secreto de aquel día recoge que "el grupo se desorganizó, cayendo en la indisciplina y eran incapaces de cumplir cualquier orden". Su comandante, dio la unidad por perdida. Lo que no sabían ni él ni sus hombres es que les habían dado 75 microgramos de LSD.

La historia puede parecer hilarante vista desde el presente, incluso el sueño inconfeso de un pacifista. Pero es solo uno de los miles de experimentos que los militares británicos y estadounidenses hicieron con humanos dentro de sus programas de investigación para la guerra química y bacteriológica. Desde la creación del complejo ultrasecreto de Porton Down, en la I Guerra Mundial, más de 20.000 personas participaron en miles de ensayos con gas mostaza, fosgeno, sarín y otros agentes nerviosos, ántrax, Yersinia pestis (la bacteria de la peste), mescalina, ácido lisérgico y otras drogas.

(…)

Porton Down fue el corazón del programa de armas químicas y bacteriológicas del Reino Unido. En sus 2.500 hectáreas de terreno se levantaron laboratorios para una pléyade de fisiólogos, patólogos, meteorólogos... venidos de las mejores universidades británicas como Oxford, Cambridge o el University College de Londres. Se llamaba así mismo los cognoscenti, la casta privilegiada que conocía los secretos de la guerra química británica. Al principio, ensayaban las sustancias con ratones, gatos, perros, caballos o monos. Les hicieron de todo, los gaseaban, les echaban polvo de cristal en la cara o concentrado de pimienta de cayena, buscando nuevos agentes químicos.

Pero ya en 1917, tras un ataque alemán con el nuevo gas mostaza, crearon un laboratorio específico para experimentos con humanos. El objetivo era comprender los efectos de los agentes químicos en los órganos y tejidos humanos y, muchas veces, no se podían extrapolar los resultados en los ensayos con los animales. El laboratorio lo dirigía por entonces, el fisiólogo Joseph Barcroft, que había dejado a un lado las enseñanzas pacifistas de sus padres, unos cuáqueros norirlandeses.

Tras el fin de la guerra que iba a acabar con todas las guerras, la investigación no se detuvo, más bien se aceleró. Solo con animales, se realizaron 7.777 experimentos en los que murieron más de 5.000 criaturas. A los voluntarios los reclutaban entre las tres armas del ejército. Al principio, las investigaciones eran defensivas y, hasta cierto punto, lógicas: querían saber el efecto de los agentes químicos en el rendimiento de la tropa y probar la eficacia de las máscaras de gas. A los que se presentaban, les daban unos chelines de sobresueldo y les eximían de las obligaciones normales de un soldado, teniendo incluso la tarde libre. Solo en 1929 se realizaron experimentos con más de 500 militares. La cifra se multiplicaría por 10 durante la II Guerra Mundial.

Al entrar las tropas de Hitler en Polonia, en septiembre de 1939, tanto Alemania como Estados Unidos y Reino Unido eran auténticas potencias en guerra química. Y los tres usaron a humanos en sus experimentos. Los nazis recurrieron en muchas ocasiones a prisioneros, en su mayoría judíos, rusos y polacos para sus ensayos. Pero también en Porton Down usaron a extranjeros. A finales de la guerra, ante la escasez de soldados disponibles, los científicos británicos utilizaron a ciudadanos de las potencias del eje que habían sido confinados al comienzo de la contienda.

(…)
Al acabar la guerra, Porton Down no rebajó su actividad; el inicio de la Guerra Fría les ofreció la ocasión de investigar hasta lo inimaginable. Fue también el periodo en el que la ética y las normas médicas se relajaron más y eso que, tras los juicios de Nuremberg, se aprobó el Código Nuremberg que prohibía los ensayos con humanos potencialmente dañinos que no tuvieran un fin terapéutico. La gran mayoría de los voluntarios, unos 16.000 en las décadas de los 50 y 60, no sabían nada de Porton Down. Muchos creían que iban a participar en ensayos para encontrar la vacuna de la gripe y nadie les dijo lo contrario.

el país

Eso pensaba Ronald Maddison, un mecánico de la RAF de 20 años destinado en Irlanda del Norte, cuando se apuntó a los experimentos. Le pagaban el viaje, vivía una experiencia nueva, se olvidaba unos días de la disciplina militar y, lo más importante, podría ver a su novia Mary Pyle, que vivía cerca de Porton. Al llegar, a comienzos de mayo de 1953, un científico les explicó que participarían en un ensayo con sustancias químicas sobre la ropa. Del experimento en sí, solo les dijeron que podrían sentir “un ligero malestar” y que estarían “supervisados” en todo momento.

A las 10 de la mañana del seis de mayo, Maddison y otros cinco voluntarios entraron en la cámara de pruebas con máscaras de gas. No sabían que los iban a exponer a 200 miligramos de gas sarín puro. A los 20 minutos, Maddison empezó a decir que se encontraba mal, cayendo al suelo sudando y entre espasmos. Aunque le inyectaron atropina, el antídoto habitual contra agentes químicos, el mecánico iba a peor. Lo llevaron al hospital que tenían en las instalaciones, pero Maddison murió a las 1:30 de la tarde. En una maniobra de ocultación en la que participaron las altas esferas del Ministerio de la Guerra, hicieron creer a la familia y amigos de Maddison que había muerto por una aguda pulmonía agravada por el experimento. Habría que esperar 50 años para que el caso se reabriese y enterrase la reputación ya cuestionada de Porton Down.

Entonces no se supo, pero hubo muchos otros experimentos que leídos hoy espeluznan. Hasta 750 pruebas a campo abierto desarrollaron los científicos de Porton entre 1946 y 1976, muchas de ellas en sus colonias, como en Nigeria, Bahamas o Malasia. Cinco de esos ensayos se hicieron en el mar, usando ántrax o la bacteria de la peste bubónica. Dentro de la operación Cauldron, los militares liberaron Yersinia pestis en las cercanías de la isla Lewis, en el mar del Norte sin percatarse de que un pesquero, el Carella, con 18 pescadores a bordo, pasaba por esas aguas. En vez de recogerlos y tratarlos con estreptomicina, un antibiótico, les dejaron seguir. Querían aprovechar el accidente para sus resultados. Eso sí, estuvieron atentos a la radio del Carella por si lanzaban alguna alerta de socorro.

Pero uno de los ensayos más siniestros tuvo lugar el 26 de julio de 1963. Dentro de un programa para establecer la vulnerabilidad de las infraestructuras en caso de ataque químico o bacteriológico, los científicos de Porton Down idearon liberar una bacteria en el metro de Londres. Bajo la cobertura de una rutinaria toma de muestras, liberaron 30 gramos de esporas del Bacillus globigii. Era lo que ellos llamaban un simulador, la sustancia era inocua, aunque hoy se sabe que, puede provocar septicemia. La bacteria se extendió por varias estaciones, hasta 15 kilómetros por los conductos de la ventilación. Los londinenses no supieron hasta hace unos años que habían experimentado con ellos.

Pero el final los años 60 también llegó a Porton Down. La crisis de legitimidad del sistema, el pacifismo, el desengaño con la sociedad burguesa hicieron mella en el programa científico militar. Muchos de los veteranos científicos de Porton dimitieron, otros lo dejaron enganchados al LSD. A las puertas de Porton Down se sucedieron manifestaciones pidiendo su desmantelamiento. Desde entonces, aunque la actividad no se ha detenido, sí que se ha reducido. De los más de 6.000 voluntarios que participaron en sus pruebas en los 50, se pasó a apenas 2.000 desde 1979 y hasta 1989. Ya no se experimenta con humanos, pero sí con miles de animales.

(…)

Más importante, gracias a Maddison, en 2008, las autoridades británicas reconocieron el daño causado, se disculparon públicamente y compensaron económicamente a otros 359 de los casi 22.000 jóvenes soldados que pasaron por Porton Down.

MIGUEL ÁNGEL CRIADO
“Un siglo de experimentos militares secretos con humanos”
(el país, 30.08.15)

31.8.15

el primer viaje de la porteña

infobae

(…)

El 9 de enero de 1854 la Comisión de Hacienda de la Legislatura presentó un proyecto para construir un ferrocarril (una gran novedad en el campo del transporte), para comunicar Buenos Aires, con los poblados del Oeste. El ferrocarril tuvo importantes impulsores en Juan Bautista Alberdi, Faustino Domingo Sarmiento y hasta el propio Urquiza, del lado de los "confederados". El 12 de enero Obligado otorgó a la Sociedad Caminos de Hierro de Buenos Aires al Oeste la concesión para realizar la obra. Esta sociedad, conformada por comerciantes de la ciudad, bregaba desde el año anterior, en la necesidad de traer los trenes; pues, darían un gran impulso al transporte de pasajeros y de carga, y serían una importante muestra del poderío porteño frente a la Confederación Argentina.

A poco de iniciar las obras, la sociedad pidió que el futuro tren no funcionara con locomotoras a vapor; pues era mejor “emplear el caballo, tan barato en el país, en lugar del carbón fósil, tan caro en él”. Era más económica la tracción a sangre, abundante en la pampa, a importar carbón, para calentar las calderas de las máquinas. La concesionaria dudaba de la rentabilidad de su emprendimiento; pues no se sabía qué acogida iba a tener el nuevo medio de transporte, en una sociedad no acostumbrada a los adelantos modernos. Parece que esta petición no tuvo respuesta favorable, toda vez que los concesionarios debieron importar, de todos modos, locomotoras a vapor.

La Legislatura aprobó la donación de los terrenos públicos necesarios para el tendido de las vías, y la construcción de las estaciones; así como beneficios impositivos para el concesionario, y la posibilidad de que las maquinarias se importaran libres de derechos. Para el emprendimiento se contrataron ciento cincuenta obreros y tres ingenieros extranjeros (uno de ellos, Guillermo Bragge, había construido el primer ferrocarril de Río de Janeiro).

La primera estación ferroviaria argentina se denominaba “Parque”, y estaba ubicada donde hoy funciona el Teatro Colón (Tucumán y Cerrito). El tendido de las vías cruzaba la actual plaza Lavalle, y proseguía hacia el Oeste por la calle del mismo nombre, atravesaba Callao, y tomaba la diagonal Enrique Santos Discépolo (entonces Rauch), doblaba hacia el Oeste por Av. Corrientes hasta llegar a Av. Pueyrredón; donde giraba hacia el Sur, para llegar a la actual estación de Once; desde allí continuaba el trayecto del actual Ferrocarril Domingo Faustino Sarmiento, hasta arribar al entonces pueblo de Floresta, al Oeste de la actual ciudad de Buenos Aires; donde quedaba la estación terminal del recorrido. Era un trayecto de más de trece kilómetros de vías férreas.

Mientras avanzaban las obras, el 25 de diciembre de 1856 arribaba al puerto de Buenos Aires la primera locomotora destinada al flamante ferrocarril, fabricada por The Railway Foundry, Leeds, en Inglaterra. Es controvertido su origen. Raúl Scalabrini Ortiz sostiene que “había sido construida para la India y empleada en el sitio de Sebastopol, durante la guerra de Crimea. La difusión de la trocha ancha entre nosotros (poco habitual en el mundo) se debe a esa circunstancia fortuita)”. Otros creen que la máquina vino directamente de Inglaterra, sin pasar por la península de Crimea. No faltan quienes creen que se trataba de un equipo obsoleto; adquirido como baratija por la “Sociedad Caminos de Hierro de Buenos Aires al Oeste”, ante la imposibilidad de desarrollar los trenes tirados por caballos, como era su idea originaria.

Un carro tirado por treinta bueyes acarreó la locomotora desde el puerto hasta la estación del Parque. Pesaba 15.750 kgs., viajaba a 25 km/h., y prestó servicios por más de cuarenta y tres años. Cuando hubo que darle un nombre, las autoridades no dudaron. En pleno conflicto con el resto de las provincias, decidieron reivindicar exclusivamente, para sí, la llegada de este gran adelanto. La bautizaron la “Porteña”.

Los vagones de pasajeros eran cuatro coches lujosos y de madera. Tenían cuatro ejes y estaban iluminados con lámparas de aceite. Albergaban a treinta pasajeros cada uno y se ingresaba por una entrada lateral, en medio de cada vagón. Aún puede verse uno de ellos, junto a la primera locomotora criolla, en el Complejo Museográfico Provincial “Enrique Udaondo” de Luján. Había también doce vagones de carga, también de madera, con capacidad para transportar hasta cinco toneladas cada uno.

La máquina vino con los primeros maquinistas: los hermanos ingleses John y Thomas Allan; quienes capacitaron a los que operarían el tren.

Algunos hechos vandálicos de los inadaptados de siempre casi frustraron el debut de la “Porteña”. Pese a ello, todo estuvo listo para el viaje inaugural, previsto para el día sábado 29 de agosto de 1857. La jornada había amanecido soleada y prometía lo mejor. En la Estación del Parque, estaban presentes, con sus mejores galas, el gobernador Pastor Obligado, y varias celebridades de entonces: Valentín Alsina, Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Dalmacio Vélez Sársfield, Estanislao del Campo y los directivos de la concesionaria. Engalanaba el evento la presencia del cacique José María Yanquetruz, luciendo un llamativo uniforme militar argentino. Luego de la Misa, se bendijeron las locomotoras: la “Porteña” y su gemela, la “Argentina”, llegada al poco tiempo, después que su hermana.

Luego del servicio religioso y de los discursos de rigor, partió la "Porteña", decorada con banderas y paños alegóricos, conducida por el italiano Alfonso Covazzi, que también ofició de fogonero. Una multitud, entusiasmada, despidió a la primera formación, que desde Plaza Lavalle se dirigía a Floresta. Al arribar el tren al entonces pueblo de San José de Flores, lo recibió una muchedumbre de curiosos, y una banda militar, con los marciales acordes de la “Marcha a Lavalle”.

El viaje prosiguió, sin inconvenientes, hasta la estación terminal del recorrido, en Floresta. Allí también un numeroso público esperó al convoy. En festejo por la exitosa experiencia, la empresa homenajeó a los pasajeros con un refresco, en un restaurante cercano.

Al día siguiente, se habilitaba el servicio para el público en general. Al principio había dos frecuencias diarias en ambos sentidos. Con posterioridad, se agregó una frecuencia nocturna. El pasaje costaba diez pesos en primera clase y cinco, en segunda (en vagón descubierto). Durante ese año de 1857 el primer tren argentino transportó 56.190 pasajeros y 2.257 toneladas de carga. Más del 33 % de los entonces 170.000 habitantes de Buenos Aires habían usado el ferrocarril, en su año inaugural.

(…)

JUAN PABLO BUSTOS THAMES
“Historia: secretos del primer viaje en tren en Argentina”
(infobae, 31.08.15)

29.8.15

el año del verano (III)

wikipedia

En bancarrota, Lord Byron había llegado al lago Leman, en Ginebra, del brazo de Claire Clairmont quien venía persiguiendo al poeta desde Londres. Byron había tenido una relación con la joven pero no tenía intenciones de continuar con ella, pese al esfuerzo de Claire. No obstante, Byron aceptó su presencia por una sola razón: la hermanastra de Claire era la amante del poeta Percy Shelley. Y conocer a su colega era un motivo suficiente para lidiar con el acoso de Claire.

Byron, Claire, Shelley y su amante (una tal Mary Wollstonecraft Godwin) compartieron una velada con su médico personal, el Doctor John Polidori en la Villa Diodati. En otro momento hubieran ido a pasear o navegar por el lago. Pero estaban recluidos en la casa porque “resultó ser un verano húmedo y desagradable y la lluvia incesante a menudo nos tenía confinados en la casa durante días” como supo escribir Byron al recordar esos días.

Era una de las lluvias del “Año sin Verano”. Así que en vez de pasear, se quedaron en casa a contarse historias de terror, junto a la chimenea, bien regado con vino, láudano y opio. Una de esas historias fue particularmente afortunada, la que contó Mary. Tan interesante fue que la dama, una par de años después, cuando ya era la Señora Mary Shelley, la publicó con el nombre de “Frankestein o el moderno Prometeo”. No fue lo único que salió de la oscuridad esa noche: el médico de Byron, Polidori, tomó una de las historias que había descartado Byron, inspirada en leyendas balcánicas, y publicó, tres años después, una novela que tituló “El Vampiro”. Para no ser menos, Byron escribió un poema, “Oscuridad” que describe bien lo que fue ese año de 1816:
Tuve un sueño, que no era del todo un sueño.
El brillante sol se apagaba, y los astros
vagaban diluyéndose en el espacio eterno,
sin rayos, sin senderos, y la helada tierra
oscilaba ciega y oscureciéndose en el aire sin luna;
la mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo
consigo el día,
Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
de esta desolación; y todos los corazones
se helaron en una plegaria egoísta por luz;
y vivieron junto a hogueras - y los tronos,
los palacios de los reyes coronados - las chozas,
los hogares de todas las cosas que habitaban,
fueron quemadas en las fogatas; las ciudades se consumieron,
Y los hombres se reunieron en torno
a sus ardientes refugios
para verse nuevamente las caras unos a otros;
Felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
de los volcanes, y su antorcha montañosa:
Una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;
Se encendió fuego a los bosques - pero hora tras hora
Fueron cayendo y apagándose - y los crujientes troncos
se extinguieron con un estrépito -
y todo fue negro.

Las frentes de los hombres, a la luz sin esperanza,
tenían un aspecto no terreno, cuando de pronto
los haces caían sobre ellos; algunos se tendían
y escondían sus ojos y lloraban; otros descansaban
sus barbillas en sus manos apretadas, y sonreían;
y otros iban rápido de aquí para allá, y alimentaban
sus pilas funerarias con combustible,
y miraban hacia arriba
con loca inquietud al sordo cielo,
El sudario de un mundo pasado; y entonces otra vez
con maldiciones se arrojaban sobre el polvo,
y rechinaban sus dientes y aullaban; las aves silvestres chillaban,
y, aterrorizadas, revoloteaban sobre el suelo,
y agitaban sus inútiles alas; los brutos más salvajes
venían dóciles y trémulos; y las víboras se arrastraron
y se enroscaron entre la multitud,
siseando, pero sin picar - y fueron muertas para ser alimento:
y la Guerra, que por un momento se había ido,
se sació otra vez; - una comida se compraba
con sangre, y cada uno se hartó, resentido y solo
atiborrándose en la penumbra: no quedaba amor;
toda la tierra era un solo pensamiento -
y ese era la muerte,
Inmediata y sin gloria; y el dolor agudo
del hambre se instaló en todas las entrañas - hombres
morían, y sus huesos no tenían tumba,
y tampoco su carne;
el magro por el magro fue devorado,
y aún los perros asaltaron a sus amos,
todos salvo uno,
Y aquel fue fiel a un cadáver, y mantuvo
a raya a las aves y las bestias y los débiles hombres,
hasta que el hambre se apoderó de ellos, o los muertos que caían
tentaron sus delgadas quijadas; él no se
buscó comida,
Sino que con un gemido piadoso y perpetuo
y un corto grito desolado, lamiendo la mano
que no respondió con una caricia - murió.

De a poco la multitud fue muriendo de hambre;
pero dos
de una ciudad enorme sobrevivieron,
y eran enemigos; se encontraron junto
a las agonizantes brasas de un altar
donde se había apilado una masa de cosas santas
para un fin impío; hurgaron,
y temblando revolvieron con sus manos delgadas y esqueléticas
en las débiles cenizas, y sus débiles alientos
soplaron por un poco de vida, e hicieron una llama
que era una burla; entonces levantaron
sus ojos al verla palidecer, y observaron
el aspecto del otro - miraron, y gritaron, y murieron -
De su propio espanto mutuo murieron,
sin saber quién era aquel sobre cuya frente
la hambruna había escrito Enemigo.
El mundo estaba vacío,
lo populoso y lo poderoso - era una masa,
sin estaciones, sin hierba, sin árboles, sin hombres, sin vida -
una masa de muerte - un caos de dura arcilla.

Los ríos, lagos, y océanos estaban quietos,
y nada se movía en sus silenciosos abismos;
las naves sin marinos yacían pudriéndose en el mar,
y sus mástiles bajaban poco a poco; cuando caían
dormían en el abismo sin un vaivén -
Las olas estaban muertas; las mareas estaban en sus tumbas,
Antes ya había expirado su señora la luna;
Los vientos se marchitaron en el aire estancado,
Y las nubes perecieron; la Oscuridad no necesitaba
De su ayuda - Ella era el universo.

En la otra punta del planeta, en China, el poeta Li Yuyang escribió “Un suspiro de lluvia del otoño”:
El agua que se derrama de los aleros me ensordece.
La gente se precipita por la caída de casas por millares.
Es peor que el trabajo de los ladrones.
Ladrillos agrietan.
Las paredes se caen.

Los anaranjados atardeces europeos por las cenizas del Tambora inspiraron a un pintor en Inglaterra, el paisajista William Turner de quien dijeron que tenía la manía de pintar atmósferas. Sus cielos son los cielos del “Año sin Verano”.

El mal clima se extendió a los años siguientes. En 1818, el frío fue tal que afectó el funcionamiento del órgano de la Iglesia de San Nicolás de Oberndorf en Salzburgo. La perspectiva era de festejar la Navidad sin música, una posibilidad que le pareció extrema al párroco Joseph Mohr. El cura sacó un poema que había escrito unos años antes y le pidió al organista Franz Xaver Guber que la adaptara para acompañarla en guitarra. En pocas horas, Guber le puso música al villancico: “Noche de paz” cantada, por primera vez, en la Misa de Gallo.

Los caballos se alimentaban con avena y la avena escaseó en el “Año sin Verano” por las pobres cosechas. La carencia estimuló al alemán Karl Drais a pensar la invención de un transporte que no dependiera de la tracción animal. Su aporte a la humanidad fue el velocípedo, el antecesor de la bicicleta que hoy conocemos.

Frankestein, vampiros, los cielos de Turner, villancicos, la bicicleta. Entre el horror del hambre, las plagas, el frío y las inundaciones, la explosión del Tamboro produjo otras repercusiones que llegan a nuestras orillas aún hoy en día.

wikipedia
FUENTES:

http://www.abc.es/cultura/20150826/abci-erupcion-volcan-oscurecio-mundo-201508251356.html

https://es.wikipedia.org/wiki/A%C3%B1o_sin_verano

https://en.wikipedia.org/wiki/Year_Without_a_Summer

http://www.mitosyfraudes.org/Calen/1816Espa.html

https://es.wikipedia.org/wiki/Tambora

http://elneutrino.blogspot.com.ar/2015/04/el-ano-sin-verano.html

http://www.tiempo.com/ram/354/volcanes-y-clima-1816-un-ano-sin-verano-en-el-hemisferio-norte/

http://elespejogotico.blogspot.com.ar/2008/03/poemas-goticos-oscuridad-lord-byron.html

28.8.15

el año sin verano (II)

wikipedia

Casi un siglo después del “Año sin Verano”, el meteorólogo norteamericano William Humphreys se topó con un escrito de Benjamin Franklin quien le echaba la culpa del fresco verano de 1783 al polvo volcánico proveniente de la erupción de los cráteres de Laki en Islandia. Esa observación llamó la atención de Humphreys y extrapoló una respuesta al terrible 1816.

La respuesta estaba en las entonces llamadas Indias Orientales Holandesas, lo que hoy conocemos como Indonesia, en la isla de Sumbawa. Con una población de 20 mil habitantes, Sumbawa vivía de los cultivos de arroz, del café y de la pimienta. Y el punto de referencia geográfica era el Tambora, el pico de unos 4300 metros, con una cumbre casi siempre cubierta por nubes, hogar de los dioses para los nativos.

La noche del 5 de abril de 1815, las llamas brotaron en la cima de la montaña y la tierra retumbó por horas. El Tambora entró en erupción. Ya se registraba signos de actividad volcánica desde 1812. Pero esto superó las expectativas. La explosión duró 33 horas y las cenizas alcanzaron más de 30 kilómetros de altitud. El ruido fue de tal magnitud que a mil kilómetros de ahí, en Yogyakarta, en Java, se movilizaron fuerza militares creyendo que las detonaciones eran producto de cañonazos. Sólo cuando llegaron las cenizas, al día siguiente, se comprendió que estaban en presencia de la erupción de un volcán.

Las cosas se calmaron en los días siguientes. Pero era una falsa señal. La lava se había solidificado taponando el volcán y fue acumulando presión durante cinco días.

El 10 de abril, a las diez de la mañana, lo peor ocurrió: el Tambora explotó. La explosión liberó una energía de 800 megatones equivalente a 50 mil bombas de Hiroshima u ocho veces la explosión del Vesubio. Se elevó una columna de humo de 44 kilómetros de altura que arrojó materiales por 160 kilómetros cúbicos. Bloques de piedra pómez volaban por el aire. A las 7 de la tarde, el volcán se convirtió en una masa de fuego líquido. La lava se derramó por las laderas y arrasó con la isla.

La altura del Tambora de 4300 metros se redujo más de un tercio: quedó en 2851 metros. La montaña se hundió y quedó una caldera de 6 kilómetros de diámetro y 600 metros de profundidad. La isla quedó tapada por una capa de tres metros de cenizas. Once mil personas murieron automáticamente por la explosión del volcán; 50 mil fue el número de muertos que hay sumar por las epidemias, las hambrunas y los tsunamis que afectaron a las poblaciones a varios centenares de kilómetros de la isla.

Los barcos que navegaron por la zona se toparon con islas de piedra pómez de hasta 5 kilómetros de longitud; cuatro años después de la explosión, seguían encontrándolas por las rutas de navegación.

La erupción terminó el 15 de abril de 1815. Las cenizas de la erupción cubrieron el sol durante dos días en un área de 600 kilómetros. En Java, a 900 kilómetros, la nube de cenizas fue tan densa que el sol recién salió a las diez de la mañana y los pájaros no cantaron hasta una hora después.

Las partículas sulfurosas de esas cenizas se esparcieron por el mundo y fueron la causa de los bellos atardeceres que los europeos vieron a fines de 1815 y de la nube seca anaranjada registrada por las crónicas.

Los meteorólogos estimaron que la gran cantidad del material expulsado a la atmósfera provocó el frío año de 1816, bloqueando el calor proveniente del sol. La baja de la presión atmosférica a nivel del mar desplazó los centros ciclónicos al sur, factor causante de las lluvias en Europa Occidental. Y ante el frío de junio, la nieve en los Estados Unidos no se derritió por el menor paso de la luz solar opacada por las cenizas.

No hay registro de que los europeos y norteamericanos contemporáneos del “Año sin Verano” hayan correlacionado la explosión del volcán con el mal tiempo. Principalmente porque, pese a la enormidad de la explosión, la más grande en los últimos 10 mil años, fue desconocida para esa parte del planeta. Las noticias no viajaban con la rapidez de ahora y un volcán, en la otra punta del globo, no fue percibido por Occidente.

Otro factor astronómico reforzó las consecuencias de la explosión del Tambora. El año de 1816 fue el punto medio de un extenso período de baja actividad magnética del sol, conocido por los estudiosos como el Mínimo Dalton. El Mínimo Dalton abarcó los años de 1795 a 1820 y fue responsable de 70 años de frío excepcionalmente alto en el hemisferio norte. Cuando el Sol tiene una baja actividad magnética, se torna menos brillante y menos energía lumínica llega a la Tierra. Decae el número de manchas solares y en ese año particular, eran tan grandes que se veían a simple vista, realzado por la atenuación del brillo de la corona solar provocado por las cenizas del Tambora.

El Tambora y el Mínimo Dalton son los candidatos más probables que explica el “Año sin Verano”.

Con su lúgubre saldo, el “Año sin Verano” no sólo dejó una marca indeleble en la memoria de la humanidad. Hay rastros de su presencia en el campo de las artes y las ciencias, señales que como ecos nos llegan del pasado.

(Continúa mañana)

27.8.15

el año sin verano (I)

wikipedia

Para los argentinos, 1816 es el año que nos evoca, automáticamente, la Independencia. Ése fue el año en que el Congreso de Tucumán declaró a Argentina independiente de la Corona Española. Pero para los habitantes del hemisferio norte, 1816 fue el “Año sin Verano”, un año particularmente duro en términos climáticos con repercusiones de un punto al otro del planeta.

Una niebla seca anaranjada se observó en la primavera y verano de ese año, en el este de los Estados Unidos. Oscurecía tanto el sol que podían verse, a simple vista, las manchas solares. Y los atardeceres presentaban ya, desde un año antes, fuertes colores, rojos, anaranjados y púrpuras.

Mayo trajo una helada que aniquiló los cultivos de Nueva Inglaterra y Nueva York. La mayor parte de los días de ese mes presentaron temperaturas bajo cero. Y en junio, nevó en Albany y Dennysville. En agosto, las crónicas registran hielo en los lagos y ríos de Pennsylvania.

El hemisferio norte entraba en el verano. Y cuando era de esperarse temperaturas cercanas a los 20 grados, se observaban increíbles nevadas que arruinaron los cultivos. Los granjeros entraron en bancarrota y la escasez produjo el aumento del precio de los alimentos. Como ejemplo, el bushel de avena aumentó de 12 centavos a 92 en un año. Y, peor aún, el este de los Estados Unidos todavía no estaban tendidas las vías férreas que pudieran traer la producción del oeste. Por eso la situación fue crítica: los cultivos propios eran vitales para la subsistencia de la población.

La nieve se hizo presente incluso en el sur de México y en Guatemala.

En Europa la cosa no iba mejor. Castigada por los estragos de las guerras napoleónicas, el clima agregó un nuevo sufrimiento a la población. Frío y lluvia colapsaron los cultivos de la Gran Bretaña. Pordioseros galeses deambulaban por los caminos pidiendo alimentos. El hambre fue el rasgo común en Irlanda, con la pérdida de las cosechas de avena, papa y trigo. La carestía produjo disturbios revolucionarios en Alemania. Suiza llevó la peor parte en la ola de frío, al punto que se formó un dique de hielo en el Glaciar Giétro, que se derrumbó en 1818 provocando el aluvión de 18 millones de metros cúbicos de agua retenida.

China registró la pérdida de la cosecha de arroz y una sucesión de inundaciones. El retraso del monzón del verano, produjo en India lluvias torrenciales que fueron claves para la propagación de una epidemia de cólera.

Se estiman que las epidemias y hambrunas del “Año sin Verano” provocaron 200 mil muertos. El historiador John D. Post calificó este suceso como “la última gran crisis de supervivencia del mundo occidental”.

El mundo parecía fuera de la normalidad. Y nadie sabía qué era lo que estaba pasando.

Sólo en 1920, el climatólogo William Humphreys intentaría la primera respuesta al “Año sin verano”

(Continúa mañana)

26.8.15

ojo chatarra: lugares al borde del sueño

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25.8.15

welles versus bergman

abc

En mayo de 1958, coincidiendo con el festival de Cannes, los críticos de «Cahiers Du Cinema» André Bazin y Charles Bitsch entrevistaron al director de cine Orson Welles. Bazin, inventor por así decirlo de la teoría de «auteur», era también uno de los mayores popularizadores de la llamada puesta en escena (Mise-en-scène). Esta era una formulación contraria al cine artificioso, basado en el montaje, y que mereció su mayor propagandista en Truffaut y su texto «Una cierta tendencia del cine francés».

Bazin defendía un cine natural, como emanación de la vida, y reivindicaba aquellos directores como Max Ophüls o Robert Bresson que hacían largas tomas sin cualquier edición. Welles, totalmente contrario a esta forma de filmar, hizo a estos críticos un parlamento definitivo en defensa del montaje:

«Para mi estilo, para mi visión del cine, el montaje no es un aspecto más; es el aspecto. Dirigir es una invención de gente como vosotros; no es un arte o, más bien, es un arte un minuto al día. Ese minuto es totalmente crucial, pero ocurre de manera muy rara. El único momento donde puede ejercerse cualquier control sobre una película es el montaje. En la sala de montaje trabajo de manera lenta, que es algo que siempre desata enfados en los productores que birlan la película de mis manos».

Welles estaba provocando: quería defender ante el santo patrón del estilo natural el artificio. El libro de conversaciones con Walter Murch, editor de «El Padrino II» y de «Apocalypse Now», con Michael Ondaatje es definitivo sobre la meticulosidad de este director en el montaje a propósito de la infravalorada «Sed de Mal» de 1958. Todos sus filmes, en ese sentido, tienen mucho de pequeño truco de magia. Así, en su película póstuma «F for Fake» (1973) aparece travestido de mago y todo el filme es una reivindicación del ilusionismo, de la mentira, como un método de creación artística. Es célebre el párrafo inicial

«Señoras y señores, como introducción, este es un film sobre trucos, fraude, sobre las mentiras. Dichas en el hogar o el mercado o en una película; casi cualquier historia es en gran parte una mentira»

Esta reivindicación del «arte como mentira» era totalmente opuesta al cine de Ingmar Bergman, que entendía el arte como una obra de fe. El director sueco consideraba

«A pesar de mis propias creencias y dudas, creo que el arte perdió en mi opinión toda su fuerza creativa en el momento en que separó del culto. Servía de cordón umbilical y ahora vive una vida estéril, generándose y destruyéndose a sí mismo. En los días formativos el artista permanecía desconocido y su trabajo era la gloria a Dios. Vivía y moría sin ser más importante que los otros artistas "Valores eternos", "Inmortalidad" y "Obra maestra" eran términos que no ajustaban a este caso. La capacidad de crear era un regalo: en ese mundo florecía la promesa indestructible y la humildad natural».

Es la lucha, en fin, entre el fabulador, el ilusionista, y el creyente limpio de imaginería: el conflicto que fundamenta una película como Fanny y Alexander.

(…)

Bergman definió de manera muy precisa en una de sus últimas entrevistas (Sydsvenska Dagbladet, 2002) lo que era para él Orson Welles:

«Para mí es solo una falsificación. Está vacío. No es interesante. Está muerto. Ciudadano Kane, de la cual tengo una copia y es la amante de todos los críticos (siempre está en todos los top diez), es un aburrimiento total. Sobre todo, las actuaciones no valen nada. ¡La cantidad de fervor crítico que tiene esa película es totalmente increíble! Welles anda con una máscara y una peluca parodiando al gurú periodístico William Randolph Hearst ¡pero se nota que es falsa en toda la película!»

Evidentemente, todo el barroquismo de Welles le parecía excesivo. El director estadounidense siempre afirmó tener «gustos católicos», y se declaraba además «medio-judío» en su libro de entrevistas con Henry Jaglom. A la pregunta sobre qué le parecía el cine de Bergman, Welles respondió con la misma hostilidad que el cineasta sueco en una entrevista en «Playboy» (1967) a Kenneth Tynan:

«Yo no vivo en ese mundo del norte, muy protestante, de artistas como Bergman. La Suecia que me gusta visitar es muy divertida. Pero la Suecia de Bergman siempre me recuerda algo que dijo Henry James sobre la Noruega de Ibsen "Parece estar llena del hedor de la naftalina espiritual" ¡Cómo me va a gustar eso! No comparto ni los intereses de Bergman, ni sus obsesiones. Está más lejano a mí que los japoneses».

El arte como mentira o verdad

Según Oti Rodríguez Marchante, los dos directores son «todo diferencias». Considera que «Bergman busca a Dios en la persona, y Welles al diablo en los hombres».


(…)

Es el contraste entre los personajes atormentados de Bergman, enfrentados a un Dios que «no responde» como en «El Séptimo Sello» (1957), con los celebrados falsificadores vividores que resume Welles en su definición sobre el arte en la citada «F for Fake»:

«Los mentirosos profesionales esperamos servir a la verdad. Temo que la forma pomposa de describir esto se llama arte»

JULIO TOVAR
“Ingmar Bergman y Orson Welles: enemigos íntimos”
(abc, 25.08.15)