15.9.14

jugá bien

(…)

Todo comenzó en Dinamarca, en el año 1932, cuando un hombre llamado Ole Kirk Kristiansen puso en marcha un pequeño taller de carpintería, con el objetivo de fabricar y vender juguetes de madera.

Fue en aquel momento que el carpintero danés eligió un nombre que aun hoy plasma el ideal de la compañía. Para ello, abrevió y juntó dos palabras danesas, “leg godt”, que en castellano significa “jugar bien”.

De esta manera, no sólo nacía una de las fábricas de juguetes más importantes del mundo, sino también, una palabra que millones de niños aprenderían a decir, sin importar el idioma que hablasen: “Lego”.

Los famosos ladrillos de plástico que todos conocemos llegarían al mercado décadas más tarde, recién en 1958. Y desde aquel entonces, aquellos bloques que pueden unirse infinitamente gracias a los tubos que tienen, pasaron a ser parte del recuerdo de miles de adultos de todas partes del mundo. Y hasta fueron premiados como “El juguete del siglo” en dos oportunidades.

(…)

“Un mensaje danés detrás de los ladrillitos”
DÉBORAH DE URIETA
(la nación, 14.09.14)

13.9.14

nino rota

imdb
El jueves publicamos la crítica de “Que extraño llamarse Federico”, la película homenaje de Ettore Scola a su amigo Federico Fellini (http://libretachatarra.blogspot.com.ar/2014/09/despidiendo-al-amigo.html). Hablar de Fellini es relacionarlo con Nino Rota, el compositor milanés que le puso música a las mejores películas del genio de Rimini. Vale la pena pasarle un vistazo (u “oidazo”) a esa sociedad.


ocho y medio


amarcord


la strada


la dolce vita


las noches de Cabiria


los inútiles

12.9.14

el fútbol un invento guaraní

ñ

(…)

“Los guaraníes inventaron el fútbol”, se la juega la Secretaría de Cultura paraguaya: así se llama el corto audiovisual que lanzó el organismo para contar su verdad. Este partido, en realidad, empezó en 2010 cuando L’Osservatore Romano –el diario oficial del Vaticano– publicó un reporte hecho por los jesuitas de aquella época en el que se describía su juego: sobre una bolita de arena húmeda se iban encimando capas de la pulpa del árbol Mangaisí, parecido al caucho. Y para darle diámetro, con una bombilla de bambú -son guaraníes, saben de bombillas- soplaban y la pelota se inflaba.

No había arcos por aquellos años antes-de-los-ingleses: los guaraníes salían de misa los domingos, con el pantalón negro y la camisa blanca que había que vestir en las misiones jesuíticas, y entonces se pasaban la pelota con el pie, trataban de controlarla, cada tanto algún puntinazo. Había dos objetivos: que la pelota –que rebotaba bastante– no se cayera, pero sobre todo, como en la vida misma, cansar al rival.

Ganaba el que no se agotaba, y dicen crónicas de años como 1751 y 1777, los enfrentamientos podían durar hasta la caída del sol. Había público y, según algunas descripciones, hasta corrían apuestas.

En las “cartas anuas” –los informes que los jesuitas mandaban desde Sudamérica a Roma cada año– hablaban de la habilidad de los guaraníes para jugar a la pelota: “mangai” le llamaban a ese entretenimiento, según el primer diccionario de la lengua guaraní, publicado en 1639. El nombre se había caído del árbol parecido al caucho.

“Creemos que los ingleses pudieron haber sacado la idea para crear el fútbol después de ver a los guaraníes que fueron llevados a España por los jesuitas, y que pudieron haber demostrado el juego ante la realeza, con la presencia de algún inglés que estaba de visita”: todo ese entusiasmo reivindicador es de Máximo Génez, concejal de la comunidad guaraní San Ignacio Guazú, de Paraguay. A muchos allí, cuenta Máximo, les gustaría que su ciudad sea reconocida como “la cuna del fútbol”.

Los guaraníes no fueron los únicos latinoamericanos en jugar con una pelota: en lo que hoy es México, Guatemala y El Salvador, había que embocarla en un aro y se le pegaba con las rodillas, los codos y la cadera. En esas enormes canchas que todavía quedan en Chichen Itzá, por ejemplo, se jugaba a veces no sólo hasta el cansancio sino hasta el sacrificio de varias vidas.

En 1771, el jesuita José Cardiel publicó el libro Las Misiones del Paraguay: allí habló del juego “manga ñembosarái”, algo así como el nombre científico del “mangai”.

(…)

JULIETA ROFFO
“¿Y si los guaraníes inventaron el fútbol?”
(ñ, 10.09.14)

11.9.14

despidiendo al amigo

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QUE EXTRAÑO LLAMARSE FEDERICO
data: http://www.imdb.com/title/tt2952634

Ettore Scola salió de su retiro para filmar esta película, un último recuerdo a su amigo fallecido, el inmortal Federico Fellini. Escrita con sus hijas Paola y Silvia, Ettore se abstiene de hacer un documental sobre la filmografía de Fellini. Hay (relativamente) poco de la obra cinematográfica de Fellini; hay mucho de Federico. Ettore retrata al amigo, al hombre detrás del director, a ese gran Pinocho del cine italiano, al insomne, mujeriego, poeta de lo marginal, al chico transgresor que disfrutaba de la vida como la fiesta que debía ser vivida.

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Este filme es una excusa de Scola para retomar un diálogo con sus amigos, con Fellini y Mastroianni, diálogo interrumpido por la muerte. Caminar por las calles de Roma, trasnochar los bordes del insomnio, asistir a los delirios de los personajes bohemios, frecuentar las caminatas de las prostitutas callejeras, inventar películas como una forma de trabajo, reírse y vivir dejando atrás el fascismo, la guerra, la pobreza. Tal vez esta elección defrauda a quien espere un estudio de la obra de Fellini. Pero es esa elección que le permite al filme alcanzar una zumbona emoción, una saudade que se comparte con una sonrisa, despreocupado de la propia muerte. La última escena del filme (el escape de Fellini de su propio funeral, huyendo por los recovecos de Cinecitá) es una metáfora de lo que significó el arte para Fellini. Como tantos artistas, el gran mentiroso necesitaba fabular para huir de la realidad; construir otro mundo que aligere las carencias del actual.
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Con parte actuadas, inserción de documental, un relator que habla a cámara, un racconto final con escenas memorables del director, Scola se vale de muchos recursos para contar lo que fue esa amistad con Fellini. Los mejores momentos son esos paseos en auto por la noche italiana, tratando de distraer el insomnio de Fellini, con los personajes más pintorescos que podía encontrar en la calle. El segmento de la prostituta veterana y el artista callejero son ejemplos. Pero los mejores momentos pertenecen al segmento de las charlas con Mastroianni, Scola y Fellini. Allí la película alcanza otro relieve y encuentra esa calidez propia.

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En toda la película, Scola juega con el atrás de cámara. Nos cuenta la escena como si fuera real, pero en algún momento vemos el escenario que hay detrás, o una cámara, o un telón. Golpes de cámara para mostrarnos que todo es una representación, que todo no deja de ser una gran mentira. Admirable y amada mentira. Pero mentira al fin. El cine detrás del cine. Ésa elección no es caprichosa sino que refuerza la idea del universo que eligió Fellini como refugio de esa realidad. Un chico jugando con sus juguetes en el arenero.

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Una frase admirable es la explicación de Fellini de porqué hacía cine. “Recibo un adelanto. Eventualmente me resisto a devolverlo. Y estoy obligado a hacer una película para quedarme con el dinero”. Y el remate con esa idea de que “no creo que la libertad absoluta sea bueno para el artista” porque estará inactivo esperando ese momento en el que llegue la inspiración y, con libertad absoluta, capaz que ese momento no llega nunca. La otra idea interesante para anotar en el discurso de Fellini es que “el artista es siempre transgresor, infantilmente transgresor. Necesita de un padre, un policía, un gobierno para serlo”.

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“Que extraño llamarse Federico” es más que un homenaje, una despedida, en la que estamos invitados a participar. Si son amantes del cine, estoy seguro que participarán de la convocatoria.

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10.9.14

los que ya no están: Sportivo Palermo

wikipedia

La semana pasada contamos la historia de un club desafiliado de los torneos profesionales de fútbol pero que sobrevivió como institución social: el Club Atlético Palermo (http://libretachatarra.blogspot.com.ar/2014/09/los-que-ya-no-estan-club-atletico.html). En algún momento, entre 1933 y 1934, el Club Atlético Palermo estuvo fusionado con un homónimo, el Sportivo Palermo, en una unión que no prosperó y se deshizo al poco tiempo. Del C. A. Palermo supimos que sobrevivió aunque alejado del fútbol profesional. Llegó la hora de contar la historia del otro equipo del barrio de Palermo, el Sportivo que resistió más en el fútbol profesional hasta que debió abdicar y caer en la noche del olvido.

El Sportivo Palermo se fundó el 18 de mayo de 1908, en el barrio porteño del que tomó el nombre, en la sede de la calle Fitz Roy al 2700. El Sportivo elige el azul con vivos blancos como colores de su camiseta.

En 1915, el Sportivo efectúa su primera fusión, con el Club Atlas de La Paternal. El Atlas (nada que ver con el actual Atlas) era un muy fuerte equipo de La Paternal, con prestigio por mantener un invicto desafiado por conjuntos de otros barrios. El club de camiseta a rayas verticales rojas y azules decide fusionarse con el Sportivo Palermo en ese año de 1915, para juntos participar del torneo de la Federación Argentina de Football. Pese a que Atlas es el que absorbe al Palermo, éste se impone con el nombre y el color de la camiseta. En los hechos, Atlas desaparece.

En ese mismo año se funda otro club que se relacionará en 1920 con el Palermo: la Asociación Atlética Eureka. Este club nace de los socios del disuelto Independientes La Plata. Deambula por varios barrios como lo atestiguan sus distintas sedes sociales: California 2140 (Barracas), Carrasco 350 (Floresta), Pavón 186 (Avellaneda). El club con casaca a rayas verticales amarillas y negras solicitó mantener la categoría que poseía su antecesor, el Independientes La Plata. Cuando le fue confirmada, el club se fusionó con el Sportivo Palermo en 1920, en la mitad del campeonato. Como ejemplo, en la primera rueda, como Eureka perdió 2 a 0 con el campeón del torneo, Boca y en la revancha, ya como Sportivo Palermo, fue goleado de local 1 a 4. Igualmente, antes que termine el torneo, el Sportivo se va de la Asociación Argentina para pasar a la Asociación Amateurs.

Es en esos años que el Sportivo recala en su cancha, tras jugar en Fitz Roy y El Salvador. La entidad consigue unos terrenos en Canning (hoy Scalabrini Ortiz) y el Ferrocarril Argentino, cerca del Río (próximo al ex Circuito KDT). Tras un par de años, se inaugura la cancha del Sportivo Palermo, en 1924, con una derrota 2 a 0 con Vélez. La zona se inundaba y llegar a cada partido era una proeza para sus seguidores. Pero la humilde cancha con tribuna oficial y una gradería fue el orgullo de sus seguidores.

El Sportivo Palermo llega a la Segunda División en 1917, tras dos ascensos consecutivos y asciende en 1920 a la Primera, como fue dicho, al fusionarse con el Eureka que militaba en esa instancia. Su mejor campaña fue en 1922, cuando sale subcampeón, detrás de Huracán y ostenta un triunfo por 3 a 2 contra Boca Juniors.

Una última fusión, ya fue comentada en nuestra anterior nota del Club Atlético Palermo, cuando se unen a esa entidad para competir en Primera como el Club Atlético y Sportivo Palermo. La unión no prospera y tras un par de años juntos, las entidades palermitanas se separan.

El Sportivo se aleja de los primeros lugares. Juega en Tercera División entre 1935 y 1955, con varias desafiliaciones en el medio, por no tener los recursos económicos para afrontar la competencia. Retorna al fútbol profesional y da el último canto del cisne, al salir campeón en 1956. En la C está tres años y desciende; vuelve a la categoría superior en 1963 y resiste hasta 1970, cuando retorna a la D. Allí permanece, en puestos de poca relevancia, hasta que en 1984 los directivos toma la dura decisión de retirarse del fútbol. Es el último equipo que se retira de los torneos de la AFA.

Poco después, la entidad se disuelve.

Hubo proyectos para refundar el club, pero el Sportivo Palermo es hoy un fantasma, un recuerdo, que dejó no obstante su huella en el fútbol argentino. Tanto es así que en la Selección Argentina que perdió la final con Uruguay en 1928 en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam contó con seis jugadores del Sportivo: Paternóster, Weismuller, Zumelzú, Bidoglio, Herman y Juan Evaristo.

amateurismo en colores
FUENTES:

Un artículo en “Piel de Ascenso”:
http://pieldeascenso.blogspot.com.ar/2012/06/equipos-desafiliados-vol-iii.html

Una entrada en el blog “Desafiliados del Fútbol Argentino”:
http://desafiliadosdelfutbolargentino.blogspot.com.ar/2011/06/club-sportivo-palermo.html

El artículo de Miguel Ángel Giordano en “Atlas Marrón”:
http://www.atlasmarron.com.ar/webs/atlas_nofue_atlas.htm

La nota de Carlos Aira en el blog “La Señal Fútbol”:
http://lasenialfutbol.blogspot.com.ar/2011/10/una-cancha-junto-al-rio.html

El post en el blog “Amateurismo en Colores”:
http://amateurismoencolores.blogspot.com.ar/2011/05/club-sportivo-palermo.html

El artículo en Wikipedia, en castellano:
http://es.wikipedia.org/wiki/Club_Atlético_Palermo#La_mejor_performance_deportiva_de_Sportivo_Palermo

y en inglés:
http://en.wikipedia.org/wiki/Sportivo_Palermo

“38 Campeones del Fútbol Argentino. 1891-2013” de Diego Estévez (Ediciones Continente, 2013)

8.9.14

un regalo para Sarmiento

En otros tiempos, el bastón formaba parte del atuendo de los hombres mayores. En las casas solía encontrarse un mueble -de nogal, en muchos casos- cerca de la puerta de entrada, donde se dejaban los bastones, paraguas, sombreros y abrigos. También los edificios públicos contaban con bastoneras. En el Palacio del Congreso, entre el recinto de los diputados y el Salón de los Pasos Perdidos, existe un pasillo donde los legisladores dejaban sus bastones para no ingresarlos al hemiciclo. Se llama Galería de los Bastones, aunque a esta altura su nombre es anecdótico. En otras épocas, el bastón era uno de los clásicos accesorios de la moda cotidiana.

Por otra parte, el bastón era un elemento de defensa. No sólo en los casos en que ocultaban un estoque para sacar a relucir frente a un robo callejero. Muchos caballeros usaban su bastón, sea de caña de guatambú o de Malaca, para enfrentar agresiones, lanzando golpes que se practicaban a solas en sus casas.

Figuraba entre los regalos típicos. Domingo Faustino Sarmiento recibió tres. El primero se lo dio Torcuato de Alvear, el intendente porteño que gobernó entre 1883 y 1887. Fue uno de los tantos que se hicieron con una viga de la casona de Juan Manuel de Rosas, en Palermo. Los recibieron los sobrevivientes de la batalla de Caseros.

Otro de los bastones fue obsequio de Justo José de Urquiza cuando Sarmiento regresó de Estados Unidos como presidente electo. Se trata de uno de hueso que mide 86,5 centímetros, con empuñadura de cristal de roca y oro cincelado, y tiene las iniciales del entrerriano: J. J. U. Hoy forma parte del patrimonio del Museo Sarmiento y fue el que usó como bastón presidencial durante su mandato.

El restante es el más curioso. Porque, como todos saben, los últimos 15 años de su vida, el sanjuanino estaba cada vez más sordo. Un día recibió un regalo en su casa. Se trataba de un bastón con micrófono contra la sordera que fue de gran utilidad, un objeto preciado que por estas tierras no se conseguía. Cuando quería escuchar, Sarmiento alzaba el bastón, colocaba una punta cerca de su oído y dirigía la otra hacia el interlocutor. Le cambió la vida este regalo que fue anónimo. ¿Existía algún motivo por el cual la persona que se lo había comprado en Europa no quería darse a conocer?

¿Quién fue el amigo invisible de Sarmiento? José Antonio Terry, político y marido de Leonor Quirno Costa, con la que tuvo tres hijos que nacieron sordos: José Antonio, Leonor y Sotera. El padre de los chicos dedicó gran cantidad de tiempo a crear una conciencia social respecto de la sordera. Gracias a su influencia, el 19 de septiembre de 1885 se creó el Instituto Nacional de Sordos y por ese motivo, esa es la fecha en que se conmemora en la Argentina el Día nacional de las personas sordas.

Pero, ¿por qué Terry le hizo llegar el bastón acústico a Sarmiento, sin decirle que era un regalo suyo? Porque era mitrista, por lo tanto, enemigo político del sanjuanino.

DANIEL BALMACEDA
“El amigo invisible de Sarmiento”
(la nación, 08.09.14)

vamos, vamos los pibes

clarín

Hay equipos y deportistas que se meten en el corazón y es difícil dejarlos partir. El tiempo siempre gana. Pero uno tiene la utopía de estirar los plazos e intentar lo imposible. Con la Generación Dorada me pasa eso, el deseo de que no pierdan nunca, no tanto por uno como seguidor, sino por esos tipos que se metieron en la historia grande del básquet y que fueron más grandes aún en la derrota que en la victoria.

Ayer Brasil nos mostró el camino de salida del Mundial España 2014. Y aunque se sabía que íbamos de punto, el golpe dolió. Se jugó un tiempo y luego se perdió el camino. Particularmente tengo algunos puntos de desacuerdo con el manejo de Julio Lamas, al que se le suelen ir los partidos de la mano sin intentar ningún golpe de mano. Había algún resto en el banco que podía dar un poco de aire a un equipo que se notaba que estaba siendo superado en la cancha en la mitad del tercer cuarto. No obstante, ayer ganó el mejor equipo y ante eso no hay nada que decir.

Ahora hay una etapa de recambio que era inevitable que iba a llegar. Y, de hecho, ya se empezó a hacer en este Mundial. Ya se observó que hay algunas figuras que tomarán la posta de la Generación Dorada y tratarán de mantener en alto el lugar conseguido. Posiblemente no haya oro en los Juegos Olímpicos o final mundialista. Pero alcanzará con ser protagonistas y estar compitiendo en la elite.

Facundo Campazzo, Marcos Mata, Selem Safar, Marcos Delía, Nicolás Laprovittola apuntan como los nombres que tomarán la posta. Y derrotas como las de ayer forman la experiencia que servirá para futuro.

Me quedó sí con una imagen de este Mundial que habla del futuro y de lo que deja esta generación. En el partido con Senegal, cuando Argentina ya le había sacado 20 de ventaja al equipo africano, Lamas empieza a mover el banco. Uno a uno, las figuras de la Generación Dorada dejaron la cancha y entraron los suplentes, los chicos que sumaron minutos, para varios debut mundialista. Espontáneamente, la hinchada argentina empezó a corear: “¡Vamos, vamos los pibes!”. La frutilla del postre fue el ingreso de Tayavek Gallizzi, el pivote de 2,05 metros que se ganó un lugar entre los doce de manera inesperada. Luis Scola se puso a hablarle en el costado de la cancha, en el tiempo pedido previo a su ingreso, aconsejándolo. Entró, se comió la cancha y marcó sus primeros dos puntos en un Mundial.

Los próceres de la Generación Dorada se pusieron de pie, al costado del banco y corearon con la hinchada el “¡Vamos, vamos los pibes!” que huele a futuro. En los ojos de Leo Gutiérrez o el Chapu Nocioni se veía la emoción por el testimonio que estaban entregando a la futura generación y por los recuerdos de una carrera que ya estaba dando los últimos episodios.

Ésa es la imagen que rescató de este Mundial. Y de esta Generación que es inmensa en su actitud y coherencia.

No creo que esto se acabe acá para todos. Creo que habrá guardada alguna revancha más, un Juego Olímpico por lo menos para algunos. Todavía algunos protagonistas de la Generación Dorada sueñan con una última función.

Pero el futuro ya está aquí y la Generación Dorada le abrió la puerta de la mejor manera.

A esperar lo que viene. A cimentar con trabajo el futuro.

Y gracias miles a estos pibes que nos llenaron de orgullo y decencia tantos años.

6.9.14

todo lo que dice una canción

Bogotá.- He vivido mi vida bajo el resguardo del cruel consejo de Carl Sandburg: “El pasado no es más que un balde de cenizas... Sigue caminando y olvida los post mórtems”. Pero el jueves se murió Gustavo Cerati. Se murió el músico que definió mi primera juventud. Y me parece imposible no recordar.

El recuerdo funciona así: aquéllos eran días de una tristeza inconmensurable. Todos los medios de comunicación de Colombia conmemoraban el primer aniversario de la semana más trágica que había tenido el país en muchas décadas. El 6 de noviembre de 1985 los guerrilleros del M-19 habían tomado el Palacio de Justicia, y en la brutal retoma por parte de las fuerzas militares habían muerto todos los magistrados, varios empleados de la cafetería de la institución y visitantes, y todos los guerrilleros. Más de cien personas. Seis días después, el 13 de noviembre, con el estupor aún vivo en la piel por haber visto la terrible retoma en directo por televisión, fuimos testigos de la peor catástrofe natural que había sucedido en el país. El volcán del Nevado del Ruiz había hecho erupción y el temblor de la montaña fracturó el hielo y una avalancha de lodo y piedras cubrió el pueblo de Armero. Veinte mil personas murieron y el pueblo desapareció. Del horror de aquellos días, de la imagen televisada de una hermosa niña agonizante que duró tres días atrapada en el lodo antes de morir sin lograr ser rescatada, no nos habíamos recuperado. ¿Cómo es que ya había pasado un año de aquella doble pesadilla?

En Bogotá llovía todo el tiempo y en las emisoras de radio ponían una música espantosa. Qué fea era la ciudad. Camilo Sesto estaba aún en su esplendor, y en las fiestas se oía un chucu-chucu deprimente. Nunca llegaba buen cine a Bogotá. Nos conformábamos con lagrimear con Pelotón y estábamos convencidos de que Nueve semanas y media era una obra de arte. El presidente en el que habíamos creído ver una esperanza después del siniestro gobierno de Julio César Turbay había claudicado ante los militares y su intento de proceso de paz había naufragado entre el incendio que consumió el Palacio en la retoma. El narcotráfico estaba en su primer esplendor y el nombre de Pablo Escobar ya estaba en boca de todos, y yo conocía gente que había sido torturada y asesinada por la mafia, así como a jóvenes que ya pagaban penas monumentales por narcotráfico en cárceles de Estados Unidos.

Yo había estudiado en un internado en Escocia, y mis casetes de The Police y Blondie me consolaban de los aullidos de Whitney Houston y la euforia nasal de Lionel Richie. Para mí, sólo los británicos sabían qué era la música. Recuerdo que ya tenía un walkman y cantaba a grito herido sin tener que sufrir el cómico desafine de mi voz. Pero, por supuesto, sólo cantaba en inglés. Nada existía en español. Serrat y Silvio tenían su gracia, pero nada podía comparase con Boy George o The Smiths. Y lo recuerdo tan claramente porque fue en un walkman que escuché, por primera vez, ese triste año de 1986, una banda de rock argentina que puso patas arriba todo lo que yo creía que era posible en la música.

El casete me lo regaló un amigo argentino y nadie los conocía en Colombia. Y Soda Stereo se convirtió, de la noche a la mañana, en mi nueva religión. De pronto, sentí que ser moderno era posible en español. Recuerdo que en los bares a los que iba pedía como quien no quiere la cosa que por favor pusieran ese casete que tenía en el bolso. Y la gente se quedaba anonadada. ¿Qué es eso? ¿Quiénes son? ¿Quién canta? Y todo el mundo me pedía permiso para copiarlo. Y yo me sentía la chica más vanguardista de todo el territorio nacional. Dios mío, cuánto te adoré, Gustavo Cerati.

Por eso, cuando se anunció el concierto de Soda Stereo el 14 de noviembre en Corferias (un recinto espantoso en el que todavía se celebra la Feria del Libro en Bogotá), no podía ni respirar de la emoción. Sólo fuimos 400 personas. Hasta podría contar, si tuviera el más mínimo interés, qué ropa llevaba puesta. Y lo recuerdo porque fue tal mi emoción cuando Cerati, vestido todo de negro, comenzó a cantar, que yo, la tímida y regordeta chica de 20 años que era en ese entonces, me trepé al andamio de sonido que había en la mitad del lugar y me puse a bailar allá arriba, moviendo la cabeza y bamboleando el pelo largo, sin importarme, por primera vez en mi vida, qué pensaría la gente de mí. Por primera vez, fui capaz de liberar mi cuerpo y cantar a grito herido -creo que era la única que se sabía todas las letras- cada una de las canciones.



Entonces, hacia el final del concierto, por fin, Cerati comenzó a cantar mi canción favorita. Y comencé, casi en un estado de delirio, a corear “Estoy sentado en un cráter desierto, sigo aguardando el temblor”, y de pronto, sin que mediara la voluntad, la imagen de la gente de Armero, del volcán, de la niña que no pudo ser salvada, se me confundió con cada palabra de mi canción favorita, y comencé a llorar, y la letra seguía diciendo: “Sé que te encontraré en esas ruinas”, y el Palacio de Justicia destrozado, con espirales de humo subiendo a ese cielo panza de burro de esa desolada ciudad que era la Bogotá de ese entonces, se me atravesó de lleno, y seguí cantando, en un estado de pasmo, “hay una grieta en mi corazón”, “un planeta en disolución”.

Nunca olvidaré ese concierto. Nunca olvidaré ese caos emocional, la euforia y las lágrimas llenando mi cara en simultáneo. Tenía 20 años y aquel era el país en el que me había tocado crecer. Y Soda Stereo supo, sin saberlo pero a sabiendas, conjugar y liberarme al mismo tiempo de aquel melancólico destino.

MARIANNE PONSFORD
“Cerati, nada personal”
(la nación, 06.09.14)