29.5.16

resfrío (VII)

Fui ahí que ese hombre me contó la historia de su hermano Ernesto, un hombre joven y sano, que supo ponerse de novio con una mujer. Telma. “Pero entonces se hacía llamar Agatha” aseguró. La historia fue la misma: un flechazo desde el primer momento, un noviazgo breve, un casamiento rápido. Telma (Agatha) fue apartando, metódicamente y con delicadeza, a toda la familia del lado de Ernesto. Y, como en el caso de Juan Carlos, paulatinamente fue minando la salud del joven, deteriorándose día a día.

“Ernesto empeoraba proporcionalmente a lo que rejuvenecía Agatha” subrayó.

Agotaron médicos, en vano. Primero por la oposición de Agatha y la falta de colaboración del propio Ernesto. Luego, porque los profesionales estaban desorientados por el resquebrajamiento de una salud a lo que no le encontraban explicación.

“Ernesto murió al año, año y medio. Y Agatha desapareció de nuestra vista. No la volvimos a ver. Hasta hoy, claro”.

Recordé que cuando había llegado a la oficina, se comentaba su condición de viuda. Seguramente, ese hombre era Ernesto.

“No entiende” me dijo el hombre, serio, mirándome de frente “Mi hermano murió hace más de cuarenta años”.

“No puede ser” musité. “Entonces... no puede ser ella”.

“Lo es. Por eso me acerqué a hablarle. Está igual que hace cuarenta años... y sigue haciendo lo mismo, por lo que veo”.

Entonces fue cuando el hombre se explayó, advirtiendo que sabía que corría el riesgo de que lo tildara de loco: “Pero usted ya vio lo que ella es capaz de hacer. No me crea, vea los hechos”.

En principio, creyó que Ernesto había muerto envenenado, posiblemente para que Agatha (Telma) pudiera quedarse con la fortuna de su familia. Pero ella desapareció sin reclamar la parte de la fortuna familiar que le correspondía por ser la esposa.

“Entonces me puse a pensar. ¿Qué es lo más valioso que tenía mi hermano? No eran los campos, ni la casa. Era su juventud. Lo que esa mujer quería era su juventud”.

El hombre contó su teoría. De alguna manera, Telma era una especie de araña que rodeaba con su tela a un desafortunado, lo atraía y una vez atrapado, le drenaba toda la vitalidad de la víctima, vitalidad que era transferida a ella misma, para seguir viviendo, para mantenerse joven, tantos años después.

“No sé cómo lo hace. No sé desde cuándo lo está haciendo. Pero es la única explicación posible”.

Y es tan descabellada, tan absurda esa posibilidad, que tiene asegurada la impunidad. Nadie sería de capaz de analizarlo seriamente.

“Yo mismo me estoy exponiendo a que me tome de loco. Es más, no sé si usted lo está pensando ahora. Pero tengo que decirlo, porque usted y yo fuimos testigos, testigos de su accionar. Y sabemos lo que ella hace, aunque no seamos capaces de probarlo... ni de explicarlo”.

Me quedé en silencio, pensando lo que el extraño estaba diciendo. Paradójicamente, no me parecía para nada irracional lo que estaba planteando. La explicación tenía para mí un sentido que no debería tenerlo en ese momento.

Le conté entonces lo que no le había contado a nadie: mi enamoramiento de Telma y de cómo estuve a punto de besarla, de no haber sido por un estornudo que rompió el momento.

“Ese estornudo le salvó la vida” sentenció el hombre “Hoy podría haber estado en el lugar de su amigo”.

El hombre especuló con su teoría: Telma tenía una propiedad especial para seducir a sus víctimas, para atraparlas entre sus garras y drenarle, de a poco la energía. Tenía que ser alguna propiedad natural, una característica que ella tendría. Y que esa habilidad generaba una atracción imposible de resistir, como esas serpientes que encantan a su presa, antes de arrojarse sobre ellas y devorarlas.

“Usted cayó presa de esa atracción y estuvo a un paso de sucumbir. Pero se enfermó. Ese resfrío anuló la capacidad de atracción que tenía sobre usted. Tiene que ser algo químico, algo que se desbalanceó cuando usted cayó enfermo y tuvo fiebre. Esa enfermedad lo salvó. Le dio inmunidad contra ella”.

Algo se me ocurrió en el momento, una idea que tuve que expresar en voz alta.

Quizá la elección de una víctima y el despliegue de ese efecto seductor fuera un proceso complejo que requiriera un gran esfuerzo de parte de Telma. Tal vez comprometiendo parte de su energía de un modo dramático. Telma venía de estar sola durante largo tiempo y necesitaba recargar energía. Si mi resfrío le había cambiado los planes, posiblemente, ya no tuviera tanta fuerza para repetir el proceso. Por eso, me dije, Telma tuvo que cambiar de candidato en tan breve tiempo. No podía esperarme. Necesitaba otra víctima lo antes posible, a riesgo de perecer. Y en una semana, Juan Carlos fue el elegido.

El hombre asintió y se puso de pie, extendiéndome la mano para despedirse.

“Su amigo va a morir y nada de lo que podamos hacer va a cambiar eso. Él ya estaba condenado desde que la besó. Como lo estuvo mi hermano” me dijo. “Yo me voy a ir, no nos vamos a volver a ver, y cuando repase esta charla, usted dirá que estoy loco y que todo esto no es más que una teoría de un excéntrico. Pero va a llegar el día que sabrá que lo que dijimos aquí es rigurosamente cierto. Aunque no sepamos cómo explicarlo”.

Antes de despedirnos, supo decir: “Váyase a saber cuántos más como ella están ahí afuera, haciendo lo mismo”.

Volví a Pergamino al día siguiente.

Me enteré de la muerte de Juan Carlos varios meses después de habérmelo econtrado en la calle. Telma se perdió y nadie más supo de ella.

Yo me dediqué a vivir. Armé mi empresa, Estela tuvo a Clarita y tres años después nació Mariano. Dejamos Pergamino, nos radicamos de nuevo en Buenos Aires. Mis hijos estudiaron: todos son profesionales, todos se radicaron fuera del país. Tuve una vida plena, con los altibajos lógicos de toda existencia, pero de la que debo estar satisfecho.

Perdí a Estela por un ataque cardíaco. La extraño. Debo agradecerle a ella que me amó sin condiciones, con esa serena paz de la que era capaz. Uno de mis grandes aciertos fue haberle pedido casamiento. Pero no dejo de estar tristemente arrepentido por no haber podido responderle con el mismo grado de amor incondicional que ella me tuvo. Ésa es una culpa que me carcome el alma, aún ahora, cuando estoy cerca del final.

De la charla que tuve con aquel extraño en ese bar del barrio de Belgrano, traté de olvidarla. La aparté de mi mente durante muchos años. Como él dijo, hubo un momento que llegué a la conclusión de que era una especulación absurda, una leyenda, un sinsentido. Y quise desestimarla aunque la supiera cierta.

Hasta esta mañana, que ha llegado un nuevo pensionado a la residencia geriátrica donde vivo desde hace un año. Un hombre relativamente joven, pues bordea los sesenta años, pero tan deteriorado que no se mueve de la silla de ruedas a la que llegó a la casa. Un hombre que vino acompañado de una mujer joven, piel blanca, cabellos negros, ojos verdes con una estría dorada que cruzaba al borde de cada iris.

Me miró antes de irse, antes de dejar a su víctima, antes de salir en busca de su próxima presa.

Los años no le habían pasado. Al contrario. Estaba más joven que cuando la conocí, sesenta años atrás.

Cuando se fue, supe que no me quedaba mucho tiempo.

Pero esta historia debía ser contada. Y alguien debía escucharla para ser testigo de la verdad.

Tomé papel y lápiz y escribí lo que yo sé de Telma y de Juan Carlos. Y espero que este relato llegue a alguien para que lo difunda y se sepa que ahí afuera, personas como Telma acechan, tienden su red disfrazada de amor y esperan. Esperan que algún incauto caiga en la trampa.

Algunos creerán que este relato es la visión febril de un viejo; otros, un mero ejercicio de ficción. Pero sé que habrá alguno que tomará conciencia y que podrá prevenirse y prevenir a otros para que no sean la próxima víctima.

Por ellos escribo esto que sé.

Andres Barrientos. Buenos Aires, 23 de octubre de 2013.

28.5.16

resfrío (VI)

Me independicé de la empresa, abrí mi propio negocio con la cartera de clientes que formé en la gestión y me establecí en Pergamino. Me casé con Estela y tuvimos a Gabriel, mi primer hijo.

En cierto modo, mi alma estba satisfecha por el giro que había tomado mi vida. Sin embargo, más de una vez me encontré pensando que hubiera sido de mi vida si ese resfrío no se hubiera cruzado entre Telma y yo. ¿Qué hubiera pasado de haber tenido la decisión de besarla, de no haber existido ese estornudo que lo cambió todo?

Un hombre puede pasarse la vida preguntándose cuándo cambió su vida y cómo pudo remediarlo. Y en la mayoría de los casos no hay respuestas para esas preguntas trascendentales.

No fue mi caso. Yo supe, tiempo después, qué rumbo hubiera tomado mi vida.

Estela estaba recién embarazada, esperando a Clarita, cuando efectué un viaje de un par de días a Buenos Aires, para arreglar algunos temas de negocios. Preferí liquidar algunas cosas con anticipación para poder estar junto a mi esposa en la etapa final del embarazo. Por esos hechos, calculo que debería ser en el otoño de 1953, posiblemente.

Recuerdo haber estado haciendo tiempo tomando un café, en una de las mesas que daba a la calle de un bar de Belgrano. Era un buen día, una tarde templada, apropiada para esperar leyendo el diario a que se hiciera la hora para una reunión que había concertado en la víspera. Me distraje viendo una nota y cuando levanté la vista para tomar el café, la vi.

Venía a mitad de cuadra, del brazo de un hombre mayor, que caminaba dificultosamente apoyándose en un bastón. Telma tardó en mirarme, ocupada en la estabilidad del hombre a su lado. Fue en un momento que se cruzaron nuestras miradas. Y, juro, juro al día de hoy, sentí esa electricidad similar a la de aquella noche que no puedo dejar de olvidar.

Me turbé. No sólo por verla a ella que no la esperaba, si no por rememorar ese sentimiento que creía dormido. Su marca había quedado indeleble en mi alma y no había manera de repararla.

Me levanté y la saludé, extendiéndole la mano. Hice lo propio con el hombre que la acompañaba y me estremecí.

Juan Carlos se aferró a mi mano, con una sonrisa pálida, mecánica.

No lo había reconocido. Había envejecido cuarenta años desde la última vez que nos vimos. Encorvado, arrastraba los pies al caminar, consumido como un hombre al final de sus días. Un aliento pestilente emanaba al abrazarme, fetidez que identifiqué de los dientes amarillentos, probablemente cariados. Le costaba expresarse, se repetía y reía tontamente, como si no estuviera lúcido. Me decía que no estaba bien de salud, que se estaba recuperando, pero que iba a salir, que tenía fe, que la tenía a Telma y que eso le daba fuerzas para seguir.

La miré a Telma buscando una explicación que no se digno a darme.

Ella estaba hermosa, soberbia en su belleza. La piel le brillaba y desprendía un aroma de durazno, una brisa dulzona y atrayente. Telma estaba muy lejos de ser la mujer madura que entró una mañana a la oficina. Parecía una adolescente a punto de florecer, un cuerpo firme sugiriendo roces indecibles. Su juventud contrastaba con el deterioro de Juan Carlos.

No quise imaginarme cómo era su vida en esos años.

Les conté que iba a estar pocos días en Buenos Aires, de Estela y Gabriel y de la nena que venía en camino. Me acarició el brazo, cabeceando con una sonrisa boba, como si entendiera lo que estaba diciendo. Y prometimos un futuro encuentro, un compromiso que sabíamos imposible.

Telma tironeó de él y se lo llevó, perdiéndose al final de la calle.

Una sola vez giró para mirarme. Y me congeló con su mirada.

Por primera vez, desde que la conocí, reparé en algo que no había caído en cuenta en todas esas veces en la que repetí su mirada en mi cabeza: cierto opresivo pulso de oscuridad que había en sus pupilas.

No recuerdo haberme sentado. La impresión debe haber sido tal que mi cara no dudó en expresar mi espanto. Me llevé una mano a la boca y (confieso) no pude disimular un temblor.

Fue entonces que, de otra mesa, se acercó un señor de edad, traje gris y sombrero en mano que, tras disculparse por lo extemporáneo de la interrupción, me pidió permiso para sentarse.

“¿Usted conoce a esa mujer?”

Asentí, intrigado.

“Yo también. Pero permítame primero que le pregunte si conoce al hombre que estaba con ella”.

Le conté de Juan Carlos, de cómo lo conocí, del tiempo que estaba con Telma y lo desmejorado que lo vi, que ese era el motivo por el que estaba tan desconcertado, tan sorprendido por su deterioro físico.

“Lamentablemente, para él, ya está condenado. Como lo estuvo mi hermano”.

(Continúa mañana)

27.5.16

resfrío (V)

Los meses siguientes fueron insoportables para mí. No sabría decir que era peor, si la molestia que me ocasionara las visitas de Juan Carlos a mi sector para hablar con Telma con cualquier excusa o el esfuerzo que me demandaba simular que esas charlas no influían en mí. Para peor, Telma resplandecía día a día, rejuvenecida, con una belleza y vigor que ahondaban mi envidia; envidia por no haber sido el hombre que iluminó su vida.

Al contrario, Juan Carlos se mostraba inseguro, hasta opacado junto a Telma. Su natural seguridad, su energía en cada tranco, cedían a su lado. Comprendí que Telma era para él imprescindible; que había encontrado alguien que no podía dejar pasar, que era su razón de vida. Y que sostener esa relación ponía en compromiso su ser. Me encontré recordando con nostalgia cuando Telma había significado algo parecido para mí.

Un día vi mi rencor en el reflejo accidental de una puerta y comprendí que no era sano seguir en el medio de la felicidad de Juan Carlos y Telma.

Se dio la oportunidad de un cambio laboral. La empresa tenía pensado en instalar una agencia de representación en Pergamino, con la idea de expandirse a Santa Fe y Córdoba donde estaba gran parte de su clientela. Era el puesto ideal para un joven profesional, sin familia, trabajador y con ganas de cimentar un futuro en el ramo. Sin pensarlo dos veces, me postulé para el cargo y debo decir que lo conseguí sin esfuerzo. El Gerente alabó mi actitud de progreso que demostraba con mi pedido pero lo cierto era que, en la decisión, lo único que primó fue estar lo más lejos posible de Buenos Aires y de Juan Carlos y Telma.

Nos despedimos de Juan Carlos con un apretón de manos (débil, casi tembloroso), prometiéndonos encuentros futuros que sabíamos nunca se darían. Se mostraba nervioso, inseguro. Se abrazaba a Telma como si necesitara una fuerza que no tuviera, una fuerza que ella derrochaba, esplendorosa, vital como pocas veces la había visto. Ella se despidió con un beso y me pidió que me cuidara. Pero la sentí tan alejada de cualquier preocupación por mí que entendí que era una mera fórmula de cortesía.

Las semanas siguientes fueron lo suficientemente atareadas para que la imagen de Juan Carlos y Telma se fueran diluyendo en el recuerdo. El trabajo inicial era agotador. Instaurar la agencia, contratar al personal, formarlo, empezar a demostrar los resultados prometidos. Y a la vez, conocer la ciudad, adaptarse a su ritmo y empezar a ganarse la confianza de los que serían, más que clientes, vecinos y amigos.

Llegaban las cartas de Juan Carlos, primero con frecuencia y puntualidad, luego se volvieron calculadamente raleadas. Algún llamado telefónico (sobre todo cuando tenía que contactarme con la Oficina central) me reencontró con su voz, cascada, con una ronquera persistente que intentaba aclarar tosiendo con esfuerzo.

Luego, las cartas cesaron.

Y llegó el día que pude sentirme libre de Telma y de Juan Carlos.

Cuando el negocio se consolidó y pude tener más tiempo libre, conocí a una mujer, Estela, quien sería mi esposa y la madre de mis hijos. No lo sabía entonces. Pero al besarla no pude evitar comparar ese momento con aquel en que dejé pasar mi oportunidad con Telma.

Meses después de conocer a Estela, llegó una carta de Buenos Aires. Reconocí la letra de Juan Carlos. Me contaba que había dejado la empresa (cosa que ya sabía) y que tenía una noticia que darme. Junto a la carta, había un sobre con una invitación: me participaba de su casamiento con Telma.

Garabateé una excusa, le deseé mis mejores deseos y remití un regalo formal a la nueva pareja.

Y supe que se cerraba una parte importante de mi vida.

(Continúa mañana)

26.5.16

resfrío (IV)

El estornudo fue algo más que una molestia pasajera. A la madrugada se convirtió en una congestión y a la mañana ya tenía varias líneas de fiebre con tos incluida. Llamé al trabajo para avisar que no iría ese día, aliviado de que la tarea estuviera terminada y que pudiera tomarme esa jornada de descanso.

Lamentablemente, subestimé mi estado. El cuadro avanzó. A media tarde, bordeaba los cuarenta grados, la respiración se había hecho muy agitada y me vi obligado a visitar a un médico. El diagnóstico fue una fuerte infección pulmonar. Me recetó antibióticos, reposo estricto, hidratación y estar atento a la evolución. La posibilidad de una internación no estaba exenta a esa altura. Dependía de cómo progresara en los siguientes días.

Mi condición empeoró en los días siguientes. Apenas podía levantarme de la cama. La fiebre se negaba a bajar y, aunque la tos tendía disminuir, aún me costaba respirar normalmente.

En los días que estuve postrado, recibí el llamado de Juan Carlos. Se preocupó por mi estado. Insistió en pasar por mi casa, pero me negué terminantemente: no quería tentar a la suerte y correr el riesgo de contagiarlo.

Juan Carlos me mandó los saludos de Telma, que el trabajo había sido presentado satisfactoriamente (con elogios de la Gerencia inclusive) y que no me preocupara más que en recuperarme en forma adecuada.

Estuve una semana en esa condición, muy débil, pero mejorando día a día. Recibía los llamados de Juan Carlos que mostraban un tono en sincronía con mi enfermedad: los primeros eran de preocupación, prolongados, sentidos; los últimos, ocasionales, breves, estrictos, como si intuyera mi mejoría.

En esa semana que estuve en cama, no pude apartar de mi pensamiento de Telma. En las noches de fiebre, intenté (sin éxito) ver su cara en las sombras, recordar sus rasgos. Pero se habían borrado, extrañamente, como si ella se hubiera ido de mi vida.

Había tomado una decisión. Cuando volviera al trabajo, enfrentaría a Telma y le diría que quería salir con ella. Íntimamente sentía que Telma era la mujer de mi vida. Y no iba a dejar pasar el tren, otra vez.

Lamentablemente, cuando retorné al trabajo, noté que en esa semana las cosas habían cambiado. Tal vez demasiado.

En primer lugar, noté a Telma resplandeciente, pero ya no hacia mí. Entiéndase, brillaba. Pero ese brillo no me correspondía. Era notoria su frialdad. Intercambiamos algunos comentarios sobre el trabajo, se interesó por mi salud, pero con ese tono neutral que la caracterizaba en sus primeros días en la empresa. Intenté hacer algún comentario, una sonrisa, algún acercamiento para recuperar la magia anterior a mi enfermedad. Pero no encontré ninguna respuesta de su parte.

También noté extraño a Juan Carlos que vino a verme en cuanto supo que me había reincorporado a mis tareas. Dos cosas llamaron mi atención: lo vi muy bien arreglado, más que de costumbre, con una chispa especial en la mirada; también me resultó raro que evitara mirarme de frente, apartando la vista, con cierto temblor en la voz al contestarme.

Los días siguientes no cambiaron las cosas. Telma siguió con su glacial trato y Juan Carlos aparecía a cada rato por mi sección, con la excusa de ver cómo estaba y si me sentía bien.

A mitad de semana, sin embargo, lo sorprendí hablando con Telma en el pasillo que daba a las escaleras de servicio. Yo acaba de salir del baño y tardé en darme cuenta que eran ellos. Había una nota discordante en ese diálogo, algo distinto del trato que habitualmente llevaban entre ellos. Tal vez la cercanía entre ambos, las palabras de Juan Carlos, cuidadosamente dichas en voz baja para hacerlas ininteligibles, cierto grado de intimidad nuevo en ellos.

Juan Carlos se dio vuelta al oírme caminar por el pasillo y se puso serio, como si lo hubiera sorprendido en un delito. No puedo olvidar la mirada de Telma, desprovista de toda vida, casi diría, con cierto tono de desdén por mi presencia. Juan Carlos se dio vuelta para verla, volvió a mirarme y sonrió. Se acarició la nuca, despeinándose, mientras se acercaba diciéndome que le estaba preguntando a Telma dónde estaba, que había venido a verme.

Retrocedió un segundo hacia ella y, tocándole un codo, le dijo: “Lo encontré. Gracias”.

No estaba buscándome para nada en especial. Puso la excusa de que quería saber cómo me sentía, si estaba todo bien de salud y después (sólo después) de una charla repleta de lugares comunes, me dijo que tenía (que necesitaba) hablar conmigo y si tenía tiempo para un café después del trabajo, cosa que acepté obviamente.

En el café lo vi muy nervioso, bajando la mirada, tomándose su tiempo para echarle azúcar al café y revolverlo meticulosamente, muy concentrado en esa tarea como si fuera de vital importancia, contestándome en forma distraída, como si estuviera escuchándose a si mismo, más que a lo que yo dijera.

“Vos sabés...” dijo sin mirarme “uno no planea esas cosas... pasan”. Y levantó la mirada para verme, como esos chicos que confiesan haber sido culpables de tirar el jarrón roto. Había un raro brillo en esa mirada, un brillo que me pareció, en el fondo de esos ojos negros, cierto verdor de hebras doradas, ajeno pero conocido. “Estamos saliendo. Quería que lo supieras. Porque no sé... tal vez, vos...”.

No logré entenderlo en un primer momento. Mi cara debe haber mostrado esa incomprensión porque se vio obligado a aclararlo: “Telma...”.

Su nombre cerró todos los cabos sueltos. Comprendí lo que había pasado en esa semana que yo había estado ausente.

Disimulé mi decepción. Le indiqué que no había nada entre nosotros, que lo felicitaba por su decisión y que esperaba que fuera lo mejor para ellos. Sonreí como una reafirmación de mi indiferencia, rogándole que descartara cualquier culpa.

Juan Carlos sonrió con alivio, diciendo que estaba preocupado, que éramos amigos y que no quería que esto dañara nuestra relación.

“Para nada” dije y desestimé toda suposición en dicho sentido.

Me fui del café sabiendo que había perdido a un amigo conjuntamente a la mujer de mi vida.

(Continúa mañana)

25.5.16

resfrío (III)

En los primeros tiempos, Telma me pasó desapercibida. Sabía que la empresa incorporaría nuevo personal y que una auxiliar administrativa vendría a trabajar en el área de mi Gerencia. Telma fue presentada el primer día a todos los integrantes de la sección, como la Señora Lucero. Ese primer contacto no me causó ninguna impresión que recuerde especialmente. Recuerdo, eso sí, que su aspecto parecía de una persona de mayor edad que la que efectivamente tenía. En alguna charla de pasillo con una secretaría del Departamento de Personal, me informé que era Señora pero libre: había enviudado recientemente perdiendo un marido joven por una rara enfermedad que lo había consumido en pocos meses.

Telma tenía rasgos equilibrados, una piel muy blanca, cabello muy negro aunque desprolijo y unos ojos apagados. Toda su apariencia, ahora que lo recuerdo, daba esa sensación de opacidad, de bruma que, rodeando su alma, se expandía a su presencia. Lucía vestidos grises, largos, amplios, sin ninguna señal de elegancia o estilo.

Telma venía, saludaba en voz baja, se sentaba frente a su escritorio, cumplía su tarea y se retiraba puntualmente. Llegaba a horario, acataba las órdenes, nunca generaba inconvenientes y desarrollaba el trabajo sin mayores problemas.

Juan Carlos había venido un par de veces a la oficina a buscarme y no había reparado en ella. Hizo algún comentario, pero nada para ser recordado tantos años después.

Fue como a los dos meses de su ingreso que me encomendaron trabajar con Telma en una serie de temas que habían quedado pendientes de empleados que se habían retirado de la empresa. El desorden de las tareas atrasadas era importante y solicité ayuda a mi superior, quienes dispusieron que Telma me auxiliara en el trabajo hasta ponerse al día con lo atrasado.

Recuerdo como hoy el día que me acerqué a comentarle lo decidido, porque fue la primera vez que me enfrenté con su mirada.

Es algo que me cuesta describir acertadamente. No es que fuera esa la primera vez que nos miráramos. Es otra cosa. Digo... fue la primera vez que me miró. Una energía que me atrapó, algo sutil que me enganchó y quedé tambaleando a su alrededor, tratando de decir algo para disimular mi atontamiento.

A esa edad, quiero aclarar, ya tenía mi experiencia con mujeres. Nada serio. Nada de un amor con todas las reglas. Pero sabía lo que era estar con mujeres, conversar con ellas, enamorarlas y también, porque no, besarlas.

Pero hasta entonces, nunca me había sentido como me sentí ese día con Telma, como mi mundo cambió en una mirada y cómo toda mi vida se modificó cuando me miré en esos ojos, esos ojos que ahora sabía verdes con una estrías doradas que llegaban al extremo de sus iris.

Desde aquella vez, y siempre por cuestiones de trabajo, fui teniendo trato frecuente con Telma. Noté que su habitual formalidad, condescendía con ciertas licencias hacia mí. Una sonrisa, una mirada de reojo, tal vez el roce de una mano, en busca de un lápiz que se resistía a ser encontrado.

También yo noté sus cambios. Había cambiado el peinado, lucía ahora recogido, brilloso, con alguna hebilla dorada o una cinta colorida. Vestía ropa ceñida, ajustada al talle, con un decoroso escote que sugería con discreción. Empezó a usar rouge, tonos no demasiados subidos pero presentes. Y su voz adquirió algunos matices de confidencialidad, de cercanía, que hasta entonces se había cuidado de demostrar.

Pero principalmente, más allá de la vestimenta y su maquillaje, algo interior iluminaba a Telma como no lo había hecho antes, un brillo que brotaba en cada poro, en cada gesto. Su piel brillaba, emitía una energía particular, una fragancia que me mareaba, que me tenía girando a su alrededor, como esos insectos que se atontan en verano ante el resplandor de una lámpara cercana.

No había sido el único que se había dado cuenta de los cambios de Telma. Juan Carlos efectuó comentarios irónicos, intercalados en alguna conversación, con una mirada sonriente al citar mi cercanía. Sonreí cómplice pensando en Telma.

Una noche en particular, tras una jornada en la que nos quedamos después de hora por la confección de un informe que había que presentar al día siguiente, alcanzamos el mayor grado de intimidad. Recuerdo haberla acompañado, dado lo avanzado de la hora, a buscar un taxi en la avenida más cercana. Caminamos uno al lado del otro, sin tocarnos, hasta pasar una esquina a oscuras. En ese momento, ella se apoyó en mí, como si trastabillara contra el cordón de la vereda. La aferré y, tomándola de la cintura, la llevé hacia mí. Podría haberla besado. Pero me quedé a mitad de camino.

Ella sostuvo mi mirada un momento. Y juro que el mundo se disolvió a mis espaldas. Que el único centro era ella y que había perdido conciencia de todo lo que estaba a mi alrededor. Telma irradiaba una luz, una luz pegajosa, una luz que me atraía a su centro.

Me acerqué a besarla. Pero, en ese momento, una picazón en mi nariz rompió el momento. La aparté, en el tiempo exacto para apartar mi cara y estornudar, de costado, cubriéndome con mi mano.

Cuando quise volver, entendí que el momento se había quebrado. Algo intangible se había perdido y la ocasión no era la de hace un segundo atrás. Hasta Telma había vuelto a su bruma. Y yo decidí apartarme, en una decisión que seguí repasando, una y otra vez, en cada uno de los restantes días de mi vida.

La acompañé un par de calles más. Detuve un taxi. Le abrí la puerta. Dejé que subiera y luego cerré viéndola partir.

(Continúa mañana)

24.5.16

resfrío (II)

En el verano de 1947, a poco de cumplir veinte años, empecé a trabajar como auxiliar contable en una empresa cerealera que tenía sus oficinas en el Centro, cerca de la calle Sarmiento. Hacía poco había fallecido mi madre y estaba por mi cuenta en la vida, sin parientes cercanos, con escasos ahorros y promediando mis estudios de Contador. En ese trabajo conocí, a los pocos días de ingresar, a Juan Carlos, corredor de la compañía, unos años mayor que yo, con el que trabé cierta especie de amistad.

En esos tiempos, las relaciones eran más formales, menos cálidas que lo pueden ser hoy en día. Había ciertas barreras que no se pasaban, palabras que no se decían, pero que no implicaba que el sentimiento de amistad no se estuviera presente. Coincidí con Juan Carlos (González era su apellido), en un par de reuniones por una liquidación mal realizada de sus comisiones y, posteriormente, nos encontramos en forma casual, una vez en un colectivo y otra en un bodegón cercano donde habíamos ido a almorzar.

En ambos casos, Juan Carlos se acercó a hablarme. En principio para agradecerme por la prisa con la que resolvimos el tema de la liquidación de sus comisiones. Luego, con el devenir de la charla, en ponernos al tanto de nuestra situación personal. Juan Carlos había venido de una ruptura con una novia, a la que le había propuesto matrimonio en vano. Alquilaba un cuarto en el barrio de Almagro. Esperaba juntar unos ahorros con el corretaje en la cerealera y en unos años, montar un negocio para independizarse.

Juan Carlos se mostraba como un hombre maduro, seguro, bien parecido, un aspecto saludable y arrollador. Se notaba su fortaleza en la mirada, cierta forma de elevar los hombros cuando enderezaba su espalda, como si pudiera ampliarse a voluntad, llenando el espacio que ocupaba. Su apretón de manos era un signo de su vitalidad, de un hombre que estaba en la flor de la edad. Traje, corbata, impecable camisa blanca, una sonrisa seductora que provocaba el revuelo en el escaso personal femenino que revistaba en la empresa. Brillaba unos gemelos en los puños, un anillo de sello en un dedo y una sonrisa que, aunque franca, escondía cierta oscuridad de algún fracaso sentimental de su pasado.

Pronto nos volvimos cercanos y coordinamos almuerzos y hasta alguna salida a la cancha. Ambos éramos simpatizantes de Boca. Tal vez sin darnos cuenta, sin pensarlo, nos habíamos hecho amigos.

Yo ya estaba establecido en la empresa, con promesas de ascenso por mayor asignación de responsabilidades y encarando la parte final de mis estudios, que marchaban sin inconvenientes hacia la graduación. Fue en esa época que entró a trabajar en mi sección, Telma.

(Continúa mañana)

23.5.16

resfrío (I)

En una mesa de libros usados de una librería de Avenida de Mayo, pude hacerme de una edición de 1955 de un ensayo sobre vampirismo y hechicería. El libro lucía ajado y con anotaciones en los márgenes de las páginas amarillentas. El tratado había sido editado en Barcelona y tenía como autor a un tal Profesor Romualdo Chávez del que no pude encontrar datos en Internet. El libro es una yuxtaposición de historias sobre hechizos, dispuestos sin ningún orden ni espíritu crítico, presumiblemente una (mala) traducción de una versión europea que el autor aducía como propia para darse créditos de erudición que no le pertenecían.

El ejemplar tenía su interés más por motivos de la rareza de la edición que por el valor intrínseco de lo escrito. Y para mí, tal interés se incrementó cuando descubrí, detrás de la cubierta con solapa que servía de protección al tomo, tres páginas de papel común escritas en letra menuda, prolija aunque temblorosa. En ellas podía leerse el relato, presuntamente autobiográfico, de un tal Barrientos que asegura haberlo vivido en su juventud. El escrito carece de los trucos propios de la literatura y parece, efectivamente, un relato meramente descriptivo más que una ficción literaria.

Esas características me motivaron a tratar de descubrir al autor de esas páginas.

Inicié la pesquisa desde la librería donde compré el libro, cuyos dueños me indicaron que el ejemplar vino dentro de un lote con otros libros comprados en una librería de usados de la calle Córdoba. Me puse en contacto con ellos quienes a su vez lo habían comprado de otro librero al por mayor quién (éste sí) me dijo que pertenecía a la biblioteca personal de cierta persona que había fallecido, legando sus libros a sus hijos que lo pusieron rápidamente en remate. El hombre efectivamente se apellidaba Barrientos y había estado internado sus últimos años en un geriátrico, donde falleció por motivos naturales. No había manera de contactar a los hijos: ellos residían en el exterior y habían venido a la ciudad a despedir los restos de su padre y a liquidar sus bienes.

Lamentablemente, el apellido es lo suficientemente común para que sea dificultoso contactar a los herederos de Andrés Barrientos a través de las redes. Por lo que hasta ahí llegó mi investigación sobre el autor.

Lo único que me quedaba por hacer era publicar la historia que encontré escondida detrás de la cubierta del libro, con la esperanza que su difusión permitiera dar con los familiares de su autor y comprobar cuál es el grado de veracidad de la historia contenida en el relato.

Eso es, precisamente, lo que haré a continuación, transcribiendo la historia firmada por Andrés Barrientos.
(Continúa mañana)