19.1.17

de qué modo Satnis-Kahmois triunfó de los asirios

Después de Anysis reinó el sacerdote, llamado Sethon, el cual trataba con desdén a los hombres de armas egipcios, pensando que nunca los necesitaría, y así, les infligió diferentes ultrajes, entre otros, quitarles los feudos compuestos de doce acres de tierra que los anteriores reyes le habían concedido a cada uno de ellos.

A continuación, Sanacharibos, rey de los árabes y los asirios, condujo un gran ejército contra Egipto, pero los hombres de armas egipcios se negaron a marchar y el sacerdote, reducido a la impotencia, entró en el templo y se lamentó delante de la estatua del dios por los males que le amenazaban. En tanto se lamentaba, le sobrevino el sueño: le pareció que el dios se le presentaba, exhortándole a tener valor y asegurándole que nada malo le ocurriría en su campaña contra el ejército de los árabes, pues él mismo le enviaría socorros.

Confiando en su sueño, reunió a los egipcios que consintieron en seguirle, y fue a acampar a Pelusa, pues allí se penetraba en Egipto; no le siguió ni un solo hombre de armas, sino solamente los mercaderes, artesanos y la gente de la calle. Cuando los enemigos se presentaron a sitiar la ciudad, unas ratas de campo se esparcieron de noche por su campamento y les royeron todos los carcajes, y luego todos los arcos, incluyendo las correas de los escudos, de modo que al día siguiente tuvieron que huir desarmados, pereciendo muchos en la huida. Ahora, la imagen de piedra de ese rey se halla en el templo de Hefaestos, con una rata en la mano, y una inscripción que dice: “Quien me contemple, que respete al dios”.

GASTÓN MASPERO
“Cuentos del Antiguo Egipto”
fuente: https://issuu.com/cronosantropomorfo/docs/cuentos_del_antiguo_egipto__gast__n

18.1.17

barba azul

abc

«Yo soy una de esas personas para quienes todo lo relacionado con la muerte y el sufrimiento tiene una atracción dulce y misteriosa, una fuerza terrible que empuja hacia abajo [...]. Yo hice lo que otros hombres sueñan. Yo soy vuestra pesadilla», advirtió el mariscal Gilles de Rais poco antes de ser ejecutado en 1440. Suponía Gilles que torturar, violar y matar (no siempre en este orden) a 150 niños es lo que sueña y haría cualquier hijo de vecino si pudiera.

(…)

Gilles de Montmorency-Laval nació en la torre negra del castillo de Champtocé en 1404, siendo uno de los dos hijos resultantes del matrimonio entre Guy de Rais y la hija de su peor enemigo, Jean de Craon. Las familias pactaron este matrimonio pensando que el enlace pondría fin a una larga enemistad. Por el contrario, Gilles y su hermano quedaron pronto huérfanos de padre y madre; y lo que es peor, bajo la custodia del oscuro e intrigante abuelo materno que tanto odiaba su padre. Traicionando el testamento del padre de las criaturas, Jean de Craon se hizo cargo de la educación de sus nietos y dio forma a lo que iba a ser una personalidad cruel y sádica.

Jean de Craon enseñó a su nieto que los nobles podían actuar con impunidad y que si alguien se interponía en sus planes lo mejor era usar la violencia. Como ejemplo de ello, el abuelo secuestró a una sobrina suya, Catherine de Thouars, para que su nieto se casara con ella y heredara sus numerosas propiedades en Poiteau. Cuando los familiares de la joven protestaron, Jean de Craon amenazó a la familia de la muchacha con meterla en un saco y echarla al río Loira. Y como insistieron, el tiránico abuelo golpeó y encerró en sus mazmorras a los emisarios de los Thouars, entre ellos un tío de la muchacha que moriría durante su cautiverio.

En 1432, el patriarca Jean de Craon legó a su muerte un último gesto de maldad y desprecio. Le dio en herencia su espada a René, el menor de los dos hermanos, y se arrepintió en sus últimos días de haber criado a un ser tan deleznable como su otro nieto.

(…)

En medio de la guerra de los Cien años entre Francia e Inglaterra, Gilles de Rais destacó por su crueldad y temeridad en batalla cuando todavía era un adolescente imberbe. La compañía que él dirigía se hizo célebre por encabezar las cargas de caballería más temerarias y, con ello, se ganó el aprecio del Delfín de Francia.

Cuando Juana de Arco reclamó al Delfín Carlos, en 1429, un ejército para liberar Orleans, bajo el asedio inglés, fue Gilles de Rais quien encabezó a los 10.000 soldados reales. Su cadena de victorias le valió el nombramiento de Mariscal de Francia y una heroica asociación con Juana de Arco solo interrumpida por su captura a manos de los ingleses. Si bien el favorito del Rey, De la Tremoille, se lavó las manos y se negó a negociar un rescata por la joven Juana; Gilles de Rais intentó convencerle de que podían salvar a la doncella de Orleans a través de un intrépido plan.

Desconocía en ese momento que el favorito del Rey lo que más deseaba, precisamente, es que Juana desapareciera de la escena política. Así fue. Juana de Arco fue condenada por herejía y murió en la hoguera en 1431, mientras que el Mariscal de Francia se convencía de que aquel mundo de intrigas palaciegas no era el suyo. Su violencia iba a carecer de esas sutilezas palaciegas.

Los rumores de niños desaparecidos se extendieron poco después de que el Mariscal regresara a Champtocé. El aprendiz de un curtidor, de 12 años de edad, desapareció de la faz de la tierra cuando debía entregar un mensaje en el castillo de Gilles de Rais. Al preguntar el curtidor por su aprendiz, el señor de la comarca afirmó que el muchacho había sido raptado en Tiffauges por unos salteadores. Una explicación que se haría habitual cada vez que alguien llamaba a la puerta de las posesiones del noble francés buscando a su aprendiz, su mozo, su nieto o su hijo... Niños vagabundos, mozos vendidos por sus amos y un sinfín de métodos criminales arrojaron a decenas de preadolescentes a las orgías sangrientas del poderoso noble. En poco tiempo, la Comarca del País de Rais se convirtió en un triángulo de las Bermudas para los niños desaparecidos.

abc

Asediado por las preguntas, el militar y noble francés reconocería más tarde que sí había raptado a niños, pero que lo hacía por orden del Rey para entregárselos a los ingleses y educarlos como pajes. Por supuesto era mentira. Una vez en su poder, los criados se ocupaban de vestir a los niños con prendas lujosas y los sentaban a cenar con el señor y sus sádicos invitados. Tras el banquete, Gilles de Rais y sus acólitos embriagados se retiraban con los menores a una sala preparada para el horror. El noble francés y sus hombres torturaban y violaban a los niños hasta la muerte. Si el muchacho gritaba lo colgaban del cuello y De Rais lo violaba en esa postura. La mayoría de los niños acababan la noche decapitados, desollados e incluso descuartizados.

La necrofilia del noble, a veces, alargaba la velada hasta más allá de la muerte de los muchachos. Así ordenaba que se les abriesen los cuerpos y disfrutaba con la visión de sus órganos internos. Un superviviente de aquellas orgías de muerte, al que perdonó la vida en honor a su belleza, narró cómo «una vez muertos, besaba a los niños; solía tomar las cabezas y las extremidades más hermosas, las levantaba para admirarlas y lloraba lamentándose de lo sucedido».

Tras la sangre y los gritos, el arrepentimiento se instalaba en la mente de Guilles de Rais durante unas horas, quien juraba y rejuraba no volver a repetir sus crímenes y querer viajar a Tierra Santa para redimirse. No lo hacía. Su camarilla de locos le sacaba del estado de postración cada mañana, hasta que acumuló la salvaje cifra de más de 150 niños brutalmente asesinados.

Sus espectáculos sangrientos y otros dispendios dejaron vacías las arcas del Mariscal de Francia. El fracaso de su empresa a la hora de salvar a su compañera de armas Juana de Arco le había sumido, desde entonces, en una profunda depresión que combatía rezando y bebiendo. Se zampaba, según las crónicas, cinco litros diarios de un licor de 22 grados. En esta fase de decadencia económica se rodeó de personajes cada vez más extraños, brujos, nigromantes (eso decían), alquímicos y satánicos, cuyos poderes prometían salvarle de la ruina. Uno de aquellos personajes estrafalarios, Prelati, condujo una ceremonia que consistió en conjurar a un diablo llamado Barrón. Para ello requirió el sacrificio de más niños y una serie de rituales satánico que, tarde o temprano, iban a explotarle en la cara al aristócrata.

El hermano de Guilles de Rais entró en escena para evitar que el patrimonio familiar siguiera consumiéndose para sufragar las orgías del Mariscal. Viendo cerca la posibilidad de que los tribunales entregaran al hermano el castillo Machecoul, también de su propiedad, el Mariscal incineró los cuerpos de más de 50 niños que había mandado guardar en una torre. Pero el reguero de restos de menores era demasiado largo cómo para ocultarlo.

A las indagaciones del hermano de Guilles, que tampoco pretendía que la locura de su familiar fuera de orden público, le siguieron las del Duque de Bretaña, Juan V, y el Obispo de Nantes, Jean de Malestroit, quienes buscaban una forma de derribar el poder de los Rais. Por desgracia, ni siquiera decenas de esqueletos de niños, si es que eran hijos de artesanos y campesinos, bastaban para abrir un proceso contra un noble tan poderoso. El verdadero incendio judicial lo provocó el propio Mariscal al secuestrar a un sacerdote, relacionado con el Duque de Borgoña. El odio hacia el tesorero del duque, hermano del sacerdote, llevó a Guilles de Rais a secuestrarlo hacha en mano mientras celebraba misa mayor en la iglesia de St. Etienne.

abc

El escándalo y posterior investigación derivaron en un proceso en el que señor De Rais fue acusado de 34 asesinatos y la desaparición de 140 muchachos, además de los pecados de sodomía, herejía y violación de un lugar sagrado. Durante los interrogatorios, Gilles de Rais insultó a los jueces llamándoles prevaricadores, y dijo que preferiría verse colgando de una soga a contestar las preguntas de «curillas y leguleyos». Dicho y hecho. Gilles de Rais y sus cómplices fueron condenados a la horca por un tribunal eclesiástico y a que sus cuerpos fueran quemados hasta que de ellos solo quedasen cenizas.

El 26 de octubre de 1440, el Mariscal necrófilo fue ahorcado en Nantes. Desde el patíbulo, antes de que se ejecutara la sentencia, confesó públicamente sus crímenes y dio un discurso sobre los peligros de una juventud disoluta. Sus palabras, sin embargo, no convencieron a la muchedumbre que había asistido solo para maldecir a aquel monstruo durante su ejecución.

CÉSAR CERVERA
“El verdadero «Barba Azul», el necrófilo amigo de Juana de Arco que asesinó y violó a 150 niños”
(abc, 18.01.17)

17.1.17

qunina para el mal aire

cultura científica

(…)

El paludismo o malaria se ha definido como una enfermedad infecciosa provocada por protozoos del género Plasmodium que infectan los glóbulos rojos de la sangre y se transmiten por las picaduras de las hembras infectadas de varias especies de mosquitos del género Anopheles. La enfermedad se caracteriza por periodos intermitentes de fiebre alta provocados por la reproducción del protozoo. Además, la destrucción de los glóbulos rojos provoca anemia y debilidad general.

Según los últimos datos conocidos en la evolución de la malaria, la enfermedad apareció en África, en la región de Etiopía, en primates y pasó a nuestra especie y se desarrolló y extendió debido a la gran movilidad de nuestros antepasados. Desde el valle del Nilo llegó al Mediterráneo y, después, a Asia y, hacia el norte, a Europa. A América se cree que llegó con los españoles y, para principios del siglo XIX, ya estaba la malaria en todo el planeta.

Se describe en el papiro de Ebers, en el antiguo Egipto de hace casi 4000 años y también quedan pruebas documentales en China fechadas hace casi 6000 años, y en Mesopotamia y la India. Escriben y enseñan sobre la malaria Hipócrates, Herodoto y Homero en la Grecia clásica. Y en Roma era temida por las marismas y pantanos que rodeaban la ciudad imperial, estupendo criadero de mosquitos. Hace unas semanas se ha probado la presencia del plasmodio en los cadáveres de tres cementerios de las cercanías de Roma, enterrados entre los siglos I y III de nuestra era.

Entonces no conocían ni el protozoo que provoca la enfermedad ni sabían que los mosquitos la contagian, pero temían las miasmas, esos efluvios malignos que desprenden las aguas estancadas y que se consideraban la causa de las fiebres intermitentes y que, además, son la base del nombre en italiano para la enfermedad, “malaria”, compuesta de “mal” y “aria”, es decir, el “mal aire” que provoca las miasmas.

En los siglos XVII y XVIII era conocida y temida en todo el planeta. Por ejemplo, se escribió sobre ella en Gran Bretaña, con datos de fallecimientos, que ahora se han recuperado, en Escocia o en Inglaterra. También provocaba gran mortandad en países muy separados geográficamente como Holanda y España. En el resto de Europa, hasta los países escandinavos, la situación era la misma.

(…)
…en el siglo XVIII era una enfermedad muy extendida, sobre todo en Andalucía, Valencia, La Mancha, Cataluña, Baleares y Murcia. Hubo brotes fuertes en Aragón, Navarra y, sin confirmar, en las zonas orientales de Álava y Guipúzcoa. En toda la Península, la mortandad fue terrible en 1751, 1783 y 1802, en lo que ahora llamamos la Pequeña Edad del Hielo. No hay que olvidar que todos los lugares llamados “Fadura” o “Padura” vienen de “pantano” en latín y que también están en el origen del término “paludismo” para esta enfermedad. Todavía hace un siglo era un mal habitual y en el sur y el este de la península, con casi 2000 fallecidos en España por el paludismo en el año 1919, y con unos 200.000 enfermos en todo el país y por año.

En este ambiente, con las llamadas fiebres intermitentes sufridas desde siempre y sin tratamiento conocido, las buenas noticias llegaron desde América. Fue en 1635 cuando el jesuita Bernabé Cobo publicó su “Historia del Nuevo Mundo”, y allí escribía:
“En los términos de la ciudad de Loja, diócesis de Quito, nace cierta casta de árboles grandes que tienen la corteza como de canela, un poco más gruesa, y muy amarga, la cual, molida en polvo, se da a los que tienen calenturas y con sólo este remedio se quitan.”
Es la primera descripción escrita del árbol de la quina. Cobo añade que sus polvos ya son conocidos en Europa y que, incluso, se envían a Roma. Se conocían como el “polvo de los jesuitas”.

Unos años más tarde, en 1639, Felipe IV nombra al Conde de Chinchón, Luis Jerónimo Fernández de Bobadilla y Mendoza, Virrey del Perú. Dos meses después de la toma de posesión del Virrey en Lima, llegó su joven y bella esposa Doña Francisca Enríquez de Rivera. Pasaron los días y la joven Condesa cayó en unas fiebres intermitentes tercianas agotadoras.

El jesuita y confesor del Virrey, Diego Torres de Vásquez, le habló de los polvos que usaban los indios contra la fiebre. La Virreina, con unas pocas dosis de corteza de quina, curó rápidamente. Así, también se conocería a la quina como los “polvos de la condesa”. Hay que añadir que esta historia de la Condesa cada vez provoca más dudas entre los expertos en la historia del árbol de la quina.

Los primeros datos constatados de sus efectos sobre los enfermos de paludismo los escribió el médico sevillano Gaspar Caldera de Heredia en 1663. Se basa en los resultados que consiguió en enfermos sevillanos, hacia 1640, con la corteza que trajo del Perú Juan de la Vega, el médico del Virrey.

El primer informe científico sobre el árbol de la quina que llegó a Europa, con la descripción y los primeros esquemas, lo envió Charles-Marie de La Condamine. Se publicó en París en 1740. Recibió Linneo muestras y escritos de La Condamine y, con ellos, clasificó el árbol de la quina y le asignó el género Cinchona en 1742 y lo publicó en 1753, en honor de la bella y joven Condesa de Chinchón, con errata incluida y nunca corregida.

Durante años la única quina que llegaba a Europa la traían y distribuían los jesuitas según su criterio. Entraba por España y Roma y, poco después, llegó a Inglaterra y a Francia. Y ya en 1667, la quina estaba incluida en la farmacopea de Londres como medicamento oficial.

José Celestino Mutis nació en Cádiz en 1732 y murió al comienzo del siglo siguiente, en 1808, y en otro continente, en Santa Fe de Bogotá, en Colombia. Fue sacerdote, botánico, geógrafo, matemático, médico y profesor universitario. Ahora nos interesa como viajero, explorador y botánico por su relación con el árbol de la quina. Fue quien aclaró definitivamente la confusión entre varias especies de Cinchona y estableció cuales eran eficaces contra la malaria y cuales no la aliviaban.

La Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, auspiciada por Carlos III y dirigida por Mutis, comenzó en 1783 y se prolongó por 30 años. El Herbario que se acumuló quedó depositado en el Real Jardín Botánico de Madrid. Como un resumen dedicado al árbol de la quina, Mutis escribió “El Arcano de la Quina”, que se publicó en 1828, después de la muerte del autor, aunque ya se conocía en Bogotá desde 1791.

cultura científica

En realidad, hasta que los botánicos europeos, como La Condamine, Linneo o Mutis, trabajaron en la clasificación de las especies del género Cinchona hubo mucha confusión con las muchas especies del árbol de la quina que, además, tenían en la corteza distintas concentraciones de quinina. Durante muchas décadas fue fácil engañar con lo que se conocía como “polvos de los jesuitas”.

De la corteza de quina se extrajo en 1820 el alcaloide quinina que era el compuesto que actuaba contra las fiebres. Lo consiguieron los químicos franceses Pierre Joseph Pelletier y Joseph Bienaimé Caventou. Este alcaloide fue durante más de un siglo el único alivio del paludismo.

A mediados del siglo XIX, y después de conspiraciones y aventuras, los holandeses consiguieron semillas del árbol de la quina y establecieron enormes plantaciones en sus colonias en Indonesia, sobre todo en la isla de Java.

Fueron naturalistas y exploradores, más bien espías industriales, como los ingleses Clements Markham y Charles Ledger o el holandés Justus Hasskarl, los que viajaron a los Andes en busca de ejemplares y semillas del árbol de la quina. Entre 1860 y 1870 consiguieron llevar las muestras a sus colonias y resembrar los árboles. Las consiguió el inglés Charles Ledger en Bolivia y las llevó a Londres. Ofreció su venta al gobierno inglés que no demostró gran interés en hacerse con ellas. Fue el cónsul de Holanda quien pagó por las plantas y las envió a su país. Fueron el origen de las plantaciones en Java a partir de 1852. En honor de Ledger, esta especie que crecía en Java se llamó Cinchona ledgeriana. De allí procedía la quina que las empresas farmacéuticas utilizaban para extraer la quinina que comercializaban en todo el mundo. El 90% del comercio mundial de la corteza y de la quinina, entre 1890 y 1940, venía de las colonias holandesas en Indonesia.

Con la quinina a su disposición, los médicos la recetaron y popularizaron en la lucha contra la malaria. Europa, entonces, pudo colonizar los países con malaria en Asia y África y construir sus imperios. En fin, que la toma de muestras para sembrar el árbol fuera de su área geográfica original fue, a medio plazo, una empresa colonial y, en definitiva, imperial. Se dio quinina en cantidades masivas a los ejércitos europeos en las colonias de África y en el sur y sudeste de Asia. Y, además, fue un gran negocio para las farmacéuticas.

La quinina no era agradable de tomar. Como la corteza original, era muy amarga y de un gusto muy desagradable. Desde que empezó a utilizarse se buscaron muchos trucos para hacer pasable aquel mejunje, por otra parte tan beneficioso y necesario. Estaba la mezcla de William Bucham, el bebedizo secreto del inglés Richard Talbor o, y ha llegado a nuestros días, la popular bebida victoriana, inventada en la India, y que conocemos como gin-tonic. La primera agua tónica, con quinina, se fabricó en 1858 y, ahora, tiene mucha menos quinina, más o menos una décima parte que la necesaria como dosis terapéutica para aliviar la enfermedad.

Así ocurrió hasta 1940, cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial y los japoneses conquistaron Java y sus plantaciones de quina. De inmediato, los aliados se quedaron sin quinina y padeciendo la malaria en muchas de las zonas de combate. Desde siempre la malaria suponía uno de los mayores riesgos para los ejércitos en guerra. Por ello, su utilización en la medicina militar cambió el curso de la historia. Es lo que intentaron los japoneses en 1940. El uso más antiguo que se conoce del uso de la quina en guerra fue en el sitio de Belgrado en 1717.

Estados Unidos promovió plantaciones del árbol de la quina en Centro y Sudamérica pero fueron las compañías farmacéuticas las que fabricaron en cantidad suficiente drogas sintéticas anti-malaria. Para el ejército de Estados Unidos, solo el Proyecto Manhattan de desarrollo de la bomba atómica superó las prioridades de la investigación y fabricación de drogas sintéticas anti-malaria. Fueron la atebrina o la cloroquina los fármacos que sustituyeron, en parte pues se seguía y sigue utilizando, 400 años después de su descubrimiento por la ciencia europea, la quinina.

Solo ha aparecido una débil resistencia del protozoo a la quinina en áreas geográficas muy concretas. Se han propuesto tres hipótesis para explicar la eficacia de la quinina durante tanto tiempo. En primer lugar, que el blanco de la acción anti-plasmodio sea tan específico que la mutación que lo anula aparece muy raramente. O que las cepas actuales del plasmodio sean otras que las conocidas en los siglos anteriores y, quizá, la resistencia sea diferente. Y, finalmente, que la quinina no se haya utilizado en tanta cantidad y el tiempo suficiente como para crear resistencia en el plasmodio, todo ello a pesar de lo que nos pueda parecer después de cuatro siglos.

La quinina es uno de los mayores candidatos a ser el medicamento que ha aliviado de sus sufrimientos a más personas en la historia de nuestra especie. Sabemos que destruye al Plasmodium dentro de los glóbulos rojos pero, todavía, se desconoce el mecanismo.

EDUARDO ANGULO
“”
(cultura científica, 15.01.17)

16.1.17

un ojo chatarra abierto al 2017

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Leonor Fini - La Máquina de Coser, 1973

14.1.17

frases de “Hasta el último hombre”



Son los niños de Doss. Locos como su padre.

Excavaron la esquina en la calle principal. Pusieron una banqueta. Ya no la reconocerías ahora. Y a ti yo ya no te reconocería. Con trabajo me reconocen a mí cuando paso caminando. Es como si hubiera muerto contigo. Como si nunca hubiéramos existido

-¿Por qué están peleando?
-¿Desde cuando necesitan una razón?

¡Muy bien! ¡Llénalo de besos! ¡Dile que el mundo es un lugar suave y gentil!

-Pude haberlo matado.
-Sí, pudiste.

-¿Por qué nos odia tanto?
-No… él no nos odia. Él se odia a sí mismo... algunas veces.

-¿Tú pusiste este torniquete?
-Sí, doctor.
-Buen trabajo. Puedes haber salvado la vida de este chico.

Siempre quise ser doctor pero no tuve mucha escuela.

-¿Cuál es la diferencia entre una arteria y una vena?
-¿De qué estás hablando?
-Del chico del accidente.
-Las arterias escupen sangre.
-¿Y las venas?
-Sangran. Creo que debiste de practicar tu conversacion de chico y chica antes de venir.
-Probablemente sí.

-Lo siento, no creí que te importaría.
-No preguntaste.
-Pensé que te gustaría.
-Podría ser si lo hubieras pedido. ¿Vienes?



Bonito uniforme, buena confección. Me recuerda a mi uniforme cuando fuimos a Francia.

-¿No vas a abofetearme verdad? Porqué me caeré y te llevaré conmigo.
-Bésame y averígualo.

Seré un médico. Veré como salvar gente no matarlos.

La guerra deja recuerdos que incluso la victoria no puede borrar.

-Entonces… ¿vas a pedirme que me case contigo o qué?
-Bueno no lo sé… ¿querrías?
-Bueno… no lo sabré si no preguntas.

-Estos tres fueron mis mejores amigos. Crecí con ellos. Me metí en problemas con ellos, perseguí chicas con ellos. Me enlisté con ellos. La mitad de ellos está ahí, cubiertos de tierra y pasto, comidos por los gusanos. No quiero tener que visitar a mis hijos aquí.
-Papá… ya me enlisté en el ejército. No podría haberlo hecho otra cosa, papá. Todos los demás lo están haciendo.
-Sabes, los soldados que se van, se van porque pueden hacer eso. Tú no puedes. Tú tienes que sentarte y rezar y hacerlo por todos. Me refiero a… mírate lo estás haciendo ahora mismo No podrás ser capaz de vivir contigo mismo si te vas.
-No, no podré conmigo mismo si no lo hago.

Sabes, lo que sea que te hayan puesto en la cabeza, jamás va a poder salir de ahí. No funciona así. Y si de alguna manera… no sé… por suerte, sobrevives... no le estarás dando gracias a Dios.

Esos testículos le pertenecen a un hombre que se hace llamar Hollywood. Parecería que le pertenecen a un tipo más pequeño.

¿Cuánto tiempo hace que estás muerto, hijo?



-Hay algo raro en tu aspecto, cabo. No puedo identificarlo… ¿acaso es tu cabello? ¿Es la verruga entre los calzoncillos?
-Tengo un cuchillo en mi pie, sargento.
-Ah, sí… claro. Eso es. El cuchillo.

-¿Algún problema Tallo de Maíz? ¿Es que no había uno de su tamaño? ¿O el color es el problema?
-No, Sargento. Se me dijo que no tenía que cargar un arma.

-¿Eres un objetor de conciencia y te uniste al Ejército?
-Bueno no, no señor... Mi conciencia es cooperativa.

Soy voluntario. No tengo problema con usar uniforme y la bandera y hacer mis deberes. Lo que no puedo es cargar un arma ni tomar la vida de alguien.

-¿Tú no matas, eso es?
-Sí, señor. Eso es. No puedo matar en la guerra.

Simplemente debemos pedir al enemigo que no invada en sábado, porque el Cabo necesita orar.

Quiero que conozcan al Cabo Desmond Doss. El Cabo no cree en la violencia. Él no practica la violencia, ni siquiera le gustaría tocar un arma. Verán el Cabo es un Objetor de Conciencia. Así que les pido, no busquen que él los salve en el campo de batalla. Porque, indudablemente, estará ocupado peleando con su conciencia para ayudarles.



Espero que todos en esta compañía, le den al Cabo Doss el respeto que se merece, por el corto tiempo que estará con nosotros.

La mitad de la Biblia para la mitad de un hombre.

Verán yo no creo que esto sea cosa de religión, amigos. Creo que es cosa de cobardía.

Sé que ustedes me metieron en la Sección Ocho para que me fuera del Ejército. Pero no. No lo haré. Yo simplemente creo en lo que creo.

Lo que no pueden reconocer, es que la unidad es tan débil como su miembro más débil.

¿Por qué diablos sigues aquí?

-Esto no es bueno para nadie.
-Es seguro que no es por lo que me uní.

-Lo siento. A veces los hombres se echan atrás.
-Algunos hombres podrían. Pero no mi Desmond.

-Creo en este libro tanto como cualquier otro hombre. Pero, como cualquier otro hombre, peleo con mi conciencia. Pero…. ¿qué haces cuando todo lo que valoras está bajo ataque?
-No lo sé, señor. No puedo responder estas preguntas. Pero yo también siento que mis valores están bajo ataque. Y no sé porqué.

¿Qué harás cuando veas un soldado herido o te ataquen? ¿Pegarle con tu Biblia?

Deja a los hombres valientes ganar esta guerra.

-Van a enviarte a prisión, Desmond. Debe haber alguna otra manera.
-Yo no sé cuál podría ser.



Tal vez soy un orgulloso y tonto. Pero no sé cómo vivir conmigo mismo sino me mantengo fiel a lo que creo. Menos si tú quisieras vivir conmigo. Nunca seré el hombre que quiero ser ante tus ojos.

No pienses, por un momento, que me decepcionas. Voy a amarte, no importa qué.

-¿Sería tan amable de decirle que el coronel Thomas Doss quiere hablar con él?
-Él está en una cita muy importante.
-Yo peleé con él en Francia. Era mi capitán.

Desde que los japoneses atacaron Perl Harbor, yo lo tomé como algo personal. Todos los que conocía estaban enojados, incluyéndome. Había dos hombres en mi pueblo que se suicidaron porque los declararon no aptos para el servicio. Tengo un trabajo en una planta de defensa y podría haber tomado un aplazamiento... pero eso no está bien. No está bien que otro hombre tenga que luchar y morir, mientras yo estoy en casa sentado a salvo. Yo necesito servir. Yo tengo la energía y la pasión para servir como un médico, justo en el medio con los otros chicos, sin menos peligro sólo... mientras todos los demás están tomando la vida de otros, yo estaré salvándola. Con el mundo desgarrándose, no parece una mala cosa querer poner un pequeño pedazo junto a otros.



¿Es verdaderamente así como funciona, señor? ¿Peleas por tu país y das todo de ti y ya terminaron contigo? ¿El uniforme es olvidado y no tienes ninguna voz?

Cabo Doss: está en libertad de ser enviado al infierno de la batalla sin una sola arma para protegerse.

Ellos son a los que remplazamos.

-¿Pregunté: cómo es?
-Horrible. Tratamos de entrar seis veces. Y seis veces nos lanzaron fuera.

Bueno… ya no es Kansas, Dorothy.

-¿Prioridad? Él estará muerto antes de que lo bajemos.
-No lo sabes. Bájenlo… ¿De acuerdo?

Disparen a todo lo que no hable inglés.

No juzgues rápido. Juzgar a la gente rápido puede llevar a equivocarte.

-Pero no lo mataste.
-En mi corazón lo hice. Y ahí es donde le hice mi promesa a Dios que no tocaría un arma otra vez.

Señor... permite salvar a uno más.

Pensé que estaba ciego.

-¿Quién hizo esto?
-Doss, el cobarde.

Lo siento. Todo lo que vi era ese chico flaco. No sabía quién eras. Hiciste más que cualquier otro hombre al servicio de este país. Nunca me equivoqué tanto con alguien en mi vida. Espero que un día puedas perdonarme.



Tenemos que regresar esta noche.

Muchos no son como tú pero creen mucho en lo que tú crees. Lo que hiciste allá puede ser un milagro. Y quieren un poco de él. Y no subirán sin ti.

-Esperamos, señor.
-¿Esperando qué?
-Que el soldado Doss termine de rezar por nosotros, señor.
-Doss reza por ustedes. ¿Quién rayos es el cabo Doss?

Vamos a trabajar.

Cuando estas convencido de algo, eso no es broma. Eso es lo que eres.

Los héroes reales están enterrados ahí abajo.


13.1.17

el valor de un hombre


HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE
data: http://www.imdb.com/title/tt2119532

El estilo de “Hasta el último hombre”, la última pelicula de Mel Gibson, recuerda las películas de posguerra de Hollywood. Cierta pátina de patriotismo y honor, con ciudadanos normales que se convierten en héroes al ser puestos en situaciones inesperadas. Gente de fe. Fe en su Dios, fe en su Patria. Gente dispuesta a hacer lo correcto. En ese tono, los personajes no cuentan con muchas dimensiones, los soldados rebozan de testosterona y abundan los slogans.

En esas coordenadas se mueve el filme de Mel Gibson. Pero parece una decisión adrede, porque en lo que Gibson cambia es en retratar, con su habitual cámara inclemente, el infierno del campo de batalla. No ahorra crudezas, no se reserva ninguna imagen por pudor. Los cuerpos mutilados, las ratas comiéndose los cadaveres, los enemigos ardiendo vivos. Ese tono no es el de los filmes de la posguerra con el que empezamos esta crítica. Ahí hay una de las claves para acercarse a “Hasta el último hombre”. Porque ese tono idealista inicial sirve para el contraste con el horror de la guerra. Y es el contexto en el que vemos la epopeya del protagonista. La guerra de Desmond Doss no es contra los japoneses: es contra su propia naturaleza violenta. Y entonces sospechamos que el toque ingenuo de los primeros momentos del filme están puestos para realzar la prueba que pasa el protagonista.

Desmond Doss no es un invento de un guionista: fue un creyente adventista, voluntario en la Segunda Guerra Mundial, objetor de conciencia que se propuso pelear la guerra sin tocar un arma. Esa postura lo enfrenta primero al Ejército de los Estados Unidos de América que hace todo lo posible para que se rinda y deje su puesto. Allí empieza la primera lucha de Desmond Doss: no flaquear en su voluntad, no dudar de sus creencias religiosas. Ese primer paso fue lo suficientemente duro como para conformarse con esa victoria. Pero no es lo peor que deberá enfrentar Doss.



La segunda etapa es la prueba de fuego en el frente de Okinawa, en la cima de una altura a la que han subido seis veces los aliados y de donde bajaron en igual cantidad de veces, repelidos por el fuego de los japoneses. Ese lugar es el campo de prueba de Doss. Ese sitio es el infierno. Dios está ausente cuando el hombre mata al hombre. Y en ese lugar, el alma de Doss se probará. Allí, clamará al cielo, preguntando qué espera Dios de él. Y la respuesta es salvar vidas, en un sitio donde la muerte abunda.

Cuando baje de esa colina, de esa altura cortada en vertical, Doss volverá con la sabiduría del héroe que vio a la divinidad. En el horror, en lo más miserable del ser humano, Doss encontrará a Dios y exaltará la humanidad que está ausente. El protagonista se vuelve héroe y el mensaje de Dios, el de no matar, brilla en su jornada. Doss se prueba y prueba a otros sus creencias. Ha tenido el valor de arriesgarse por sus creencias aunque eso implique alejarse de la engañosa seguridad de un fusil.



Andrew Garfield le da esa cara de sorpresa provinciana al héroe Desmond Doss. Teresa Palmer ese rostro de la novia que todos queremos tener. Hugo Weaving la máscara torturada del hombre que no puede olvidar el pasado. La escena de Weaving con el uniforme anticuado de la Primera Guerra define al personaje. Breve momento, pero clave. Porque él se redime (conjura sus fantasmas) cuando interviene para que su hijo cumpla con su destino. Poética decisión: ser decisivo para mandar a tu hijo a un lugar al que te opones que vaya.

Escarbando sobre la trama de “Hasta el último hombre”, vale una reflexión: Doss estuvo dos veces en su vida a punto de matar a alguien. En un caso a su hermano (recuerdo de Abel y Caín): ahí comprendió que podía matar; en el otro a su padre: ahí comprendió que se puede matar a alguien sin herirlo, cuando se lo mata en el corazón. La epopeya de Doss en el campo de batalla no es contra los japoneses: es una lucha por su propia alma, un combate interior. Enfrentarse al asesino que llevamos dentro y conjurarlo (como lo hizo su padre con sus fantasmas de la Primera Guerra). Creer verdaderamente en la palabra de Dios, a través de los actos, más allá del texto. Cuando Doss asiste a un japonés en el interior de una cueva, redime las nieblas de su alma. Ese ingenuo mundo de la iglesia una tarde de sol mostró su fortaleza en los campos donde juega el Demonio.



Otra obra decisiva en la filmografía de Mel Gibson, tal vez uno de los directores más incomprendidos del cine actual. Su mano es inconfundible; con sus trazos gruesos, es un creador que dice mucho más en sus obras que otros mimados por la crítica. “Hasta el último hombre” tiene suficientes méritos para no pasar desapercibida.

Mañana, las mejores frases.


12.1.17

la bandera del ejército de los andes

wikipedia

El 5 de enero de 2017 se cumplieron 200 años de la bendición y jura, en Mendoza, de la denominada Bandera del Ejército de los Andes. Ello significó que las fuerzas sanmartinianas estaban listas, también desde el punto de vista simbólico, para su histórico cruce de la Cordillera y, en consecuencia, para llevar la libertad a Chile.

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La reliquia, que se conserva en el Memorial a la Bandera del Ejército de los Andes, en la ciudad de Mendoza, tiene características que la hacen única: posee dos franjas de raso, blanco y celeste, y en cada cara un escudo similar al nacional.

Respecto de la disposición de sus franjas, muchos historiadores han creído, al ver las proporciones actuales de la bandera, que son verticales, con el escudo en posición horizontal o “acostado”. Así se suelen izar las réplicas. Pero la realidad es que se conserva la parte del paño cercana al escudo y por eso lo engañoso de sus actuales proporciones.

Una prueba de cómo pudo ser originalmente la insignia es el grabado “La batalla de Maipú”, de 1819, donde se ven dos banderas a dos franjas horizontales, blanco sobre celeste. Una de las enseñas aparece en primer plano y en brazos del general San Martín. En ella el escudo está en posición vertical. Y así debió ser en su forma original.

banderas argentinas

También se ha argumentado que el motivo por el que tenía dos franjas, y no tres, como la Bandera Nacional (aprobada meses antes de la partida del Ejército de los Andes), era la escasez de tela celeste en las tiendas mendocinas. No compartimos esta hipótesis. Es sabido que San Martín era un organizador en extremo detallista como para depender de la existencia o no de cierta cantidad de tela.

Entendemos que el motivo que justificaría la adopción de este diseño obedeció a que fue el usado por Manuel Belgrano en sus banderas. En enero de 1814, Belgrano transfirió el mando del Ejército Auxiliador del Perú, y su pabellón, al nuevo jefe, José de San Martín. Por entonces, los patriotas usaban la bandera a dos franjas horizontales, una blanca sobre otra celeste, conocida como “del Ejército” (que a partir de mediados de 1813 llevó pintado el Escudo Nacional). El modelo, sin escudo, aparece representado en un conocido retrato de Belgrano de 1815.

Prueba del traspaso de la bandera es una carta que Belgrano escribió a San Martín tiempo después del cambio de mando, en la que señaló: “añadiré únicamente que conserve la bandera que le dejé, que la enarbole cuando todo el ejército se forme”. Por eso, cuando San Martín preparó su ejército en Cuyo, recreó el diseño del emblema belgraniano, pero dándole un detalle propio del nuevo cuerpo armado: agregó una alegoría de montañas -que remiten a la cordillera de los Andes- cosidas debajo de los antebrazos de los escudos.

En la mañana del domingo 5 de enero de 1817 se realizaron dos actividades de suma importancia. Primero, se consagró a Nuestra Señora del Carmen como Patrona del Ejército de los Andes; luego, se bendijo la enseña. Las ceremonias continuaron por la tarde, en el campamento de El Plumerillo, cuando el ejército juró la nueva insignia. El general San Martín la definiría como “la primera bandera independiente que se bendice en América”, evocando lo sucedido en el Congreso de Tucumán.

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FRANCISCO GREGORIC y ADOLFO MARIO GOLMAN
“Homenaje a nuestra identidad”
(la nación, 11.01.17)