28.2.17

lo que los Oscars perdieron en el camino

bbc

Cuando el lunes nacía en Argentina, asistíamos por televisión al último papelón de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos con la fallida entrega del Oscar a Mejor Película a “La La Land” que, segundos después, fue entregada a “Luz de luna”. El equívoco fue la frutilla del postre para unos premios que vienen cayendo, escalón por escalón, año a año.

Hay una nostalgia que brota espontánea cuando, entre bloque y bloque, se repiten escenas de premiaciones pasadas. Porque el brillo del pasado enceguece a la pobreza del presente. ¿Qué le pasó a los Oscars para este declive?

En mi opinión, los organizadores de los Oscars se olvidaron de que se trata esta ceremonia. Es una entrega de premios, primero. Es una celebración de la comunidad artística cinematográfica, después. Esos dos puntos centrales son los que, sistemáticamente, se vienen bombardeando, año tras año.

Es muy difícil ser objetivos cuando se comparan rubros artísticos. ¿Por qué la actuación de este actor y no la de este otro? ¿Cuáles son los criterios que hacen superior a una película sobre el resto? No hay una fórmula. Y es casi imposible prometer que no se cometerán errores. Pero el problema está cuando se le añaden criterios extra-artísticos a la hora de premiar. Si la comunidad afroamericana había armado un pataleo el año pasado por no tener representación en los premios, iba a ser claro que este año había que premiar a una película afroamericana. “Luz de luna” es una buena película, con muchas cosas interesantes como dijimos ya en nuestra crítica. No es superior a “La La Land” o a “La llegada” por poner dos competidoras. Pero no fue elegida por sus cualidades artísticas: fue elegida porque era politicamente correcto.

No es extraño, entonces, que se posibilite una injusticia en la elección de cada año, porque no estamos elegiendo lo mejor de la producción cinematográfica del año, sino lo que lo bienpensante, progresista y políticamente correcto exige. Entonces no nos sorprendamos si las películas que animan los Oscars de los últimos años pasan, rápidamente, al olvido. No se elige calidad: se elige lo conveniente.

Viendo ayer cómo le arrebataban el efímero Oscar al equipo de “La La Land” pensé que sería de “Luz de luna” en diez años, si alguno lo recordaría. Puedo apostar que “La La Land” seguirá dando vuelta en el cable o en Netflix.

La otra falla de las ceremonias es olvidar que la entrega de los Oscars era un autohomenaje que se hacía la comunidad cinematográfica a sí misma. Uno de los momentos emotivos fue, es y seguirá siendo, el recuerdo de los profesionales que nos dejaron durante el año. Hace un tiempo, se homenajeaba a glorias del oficio, en cualquier rubro. Desde hace rato, se hace una ceremonia aparte y se pasan unos cuantos segundos en la ceremonia principal. Cuando veíamos ayer a Jimmy Kimmel haciendo un largo segmento con (supuestos) turistas desprevenidos, pensábamos si no hubiese sido mejor ver a Jackie Chan recibir su Oscar honorario y hacer un pequeño racconto de sus películas. O recordar a los treinta años de “Bonnie and Clyde” con algo más que la pareja principal anunciara (mal) los ganadores al final de la jornada.

A algún cranéocrata se le ocurrió que eso había que sacarlo de la ceremonia porque no daba rating. Genios: eso era el corazón de los Oscars. Nos sentamos cada año, frente al televisor, porque queremos ver a los actores predilectos, saber cómo están los que hace mucho que no vemos, recordar viejas glorias y epopeyas del celuloide. Criticar o alabar a la actriz que se vino con el modelo de tal o cual modisto y reirnos de los monólogos del presentador.

Cuando sacan de un brazo a los premiados por excederse de su tiempo, sin importar si subieron al escenario, uno, dos, tres o veinte tipos, están subestimando lo que ellos representan. Si no podemos escuchar unos segundos a un tipo que acabamos de premiar porque la prioridad es televisar como arrojamos caramelos en paracaídas, estamos en un problema. Estamos diciendo que, en realidad, no nos interesan los creadores que premiamos. Que ellos son el adorno (lo accesorio) de lo central.

Y ahí está la falla, en mi opinión, de porqué los Oscars vienen aburriendo y cayendo, año tras año.

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