16.8.05

nenas de mamá

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INNOCENCE

“Innocence” es una película rara, un filme muy sutil, sugestivo, una alegoría, con símbolos que se nos escapan de las manos, que bordean lo políticamente correcto. Por momento lenta, con los tics del cine arte que amenazan con no decir nada; pero cuando la historia se encamina, la metáfora que sugiere la película se vuelve diáfana; no es de extrañar que ese segmento sea el más firme del filme.

“Innocence” es la historia de un peculiar instituto de menores, un grupo de niñas (de 7 a 12 años), instruidas casi exclusivamente en biología y danzas. Encerradas en una serie de edificaciones, rodeadas de un bosque, detrás de un alto muro del que no pueden salir, con el ruido constante, subterráneo, ominipresente en la banda de sonido, de un borbotear de un manantial, de un motor perpetuo.

Desde la menor a la mayor, siguen una rígida ceremonia de pasos y normas. Aquellas que rompan esa disciplina, pueden prepararse para lo peor: no salir jamás de ese lugar, convertirse en profesoras (como las dos patéticas maestras que les enseñan) para preparar a la generación siguiente.

Hay un misterio: cada anochecer, a las 9 de la noche, las niñas mayores se encaminan por el sendero del bosque, hacía otra edificación, en el más absoluto de los secretos. Las niñas menores (las que tienen cintas en el cabello, de un color distinto al violeta) no saben que es lo que pasa allí, en la noche. Lo sabrán cuando crezcan, cuando las mayores dejen el orfanato y les toque a ellas reemplazar a las ausentes.

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Es imposible no pensar en la perversión de menores, cuando vemos a las dos niñas, con sus polleritas cortas blancas, su piernas largas, tomadas de la mano, internándose en el sendero, apenas iluminado por una luz amarillenta, pátina ocre que ahoga el crepitar de las hojas del otoño, aplastadas por los pasitos inseguros.

Pero, ¿esa es la historia que cuenta “Innocence”, adaptación de la novela “La educación corporal de las niñas”, del alemán Frank Wedekind? En diálogo con “La Nación” (24.07.05), Lucile Hadzihalilovic, directora del film (y esposa de Gaspar Noé, el director de “Irreversible”) confiesa: “En Europa, hay mucha paranoia sobre cómo se mira a los niños hoy. Efectivamente, hay mucha gente que piensa que las niñas de la película tal vez fueron violadas o que en ese colegio hay una historia de prostitución. Pero no es ésa mi interpretación. Me da gracia que haya espectadores que vean esto; yo creo que es una proyección de ellos. De todos modos, esto proviene de la angustia que se vive en la sociedad de hoy".

Válido apoyarse en ese punto, porque coincidimos que detrás de la historia de “Innocence” hay una metáfora bastante clara, sobre el desarrollo sexual femenino, ese delicado tránsito de la oruga en mariposa, la transformación de una niña en una mujer. En las pocas líneas del diálogo, se nombran dos pistas, dos momentos claves de la evolución: la caída del primer diente; la primera menstruación. Dos momentos, dos cambios físicos, fechados entre los 7 y los 12, la edad de las niñas de la institución. No es por casualidad. Tampoco que el ingreso a la institución sea dentro de un ataúd (con una estrella de siete puntas en la tapa), sugiriendo el fin de una etapa (y comienzo de otra, porque el “cadáver” está vivo).

Con delicada observación femenina, Hadzihalilovic recorre con la cámara esa evolución firme pero silenciosa, en la que una niña muta para convertirse en un objeto de deseo sexual. (Apunte al margen: obsérvese como la directora ubica la cámara a la altura de las rodillas de las niñas, convirtiendo al espectador en un involuntario voyeur, obligándolo a espiar bajo las faldas tableadas; eso es un signo de buen director; ni siquiera el cine documental es neutral: la posición de la cámara es una decisión del director y nos dice que es lo quiere que miremos; toda película es un acto que condiciona la visión).

Abundan los signos en un sentido u otro, la mujer con detalles de niña, la niña con rastros de mujer, la transformación de oruga a mariposa, a mitad de camino, señales confusas que alivian nuestra conciencia con la traducción políticamente correcta de creer que el filme habla de una perversión. No. “Innocence” habla de la tensión cotidiana de crecer, de convertirse en adulto, de descubrir ese misterio, angustiante, aterrador, acechando en las profundidades, del despertar sexual, amenaza que espera en el futuro, al final del camino.

Hay otra línea interpretativa junto a esa lectura de la evolución sexual: la de la formación educativa de la mujer. Biología y danza. Conocer su cuerpo, mostrarse, volverse apetecible. Nada más que esas dos materias. Lo que necesita en una sociedad en la que serán subordinadas al dominio masculino. Lo aterrador de la instrucción de las niñas de “Innocence” no es que se conviertan en un objeto sexual, si no que se convierten en un objeto sexual para satisfacer la mirada masculina (el público a oscuras, en la representación teatral casi al final del film). Durante toda la instrucción hay una serie de exámenes, de elecciones, que las niñas se obsesionan en pasar. El rasero es la belleza. No hay otra virtud para aprobar.

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A pesar de cierto hermetismo inicial del filme, al que cuesta encontrarle la vuelta, hay que destacar que Hadzihalilovic tradujo, con recursos cinematográficos, la historia que quiere contar. El sonido (el borboteo subterráneo, motor de subte, eyaculación hídrica que se explicará en la escena final) y la imagen como apuntes constantes; la tersa fotografía de Benoît Debie; el vestuario. “Innocence” es un filme táctil, una película con relieve.

Escenas: la de las niñas tomadas de la mano, internándose de noche en el sendero; la escena de la fuente; la función en el teatro, vestidas de mariposas. La frase: “En unos años, nos olvidarás”.

CONSEJO: amantes del cine arte, ir a verla. Pero no es una película de consumo amplio.

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