10.12.08

un cuarto de siglo

Una de las grandes mentiras de nuestra historia es que somos una nación joven. Porque la definición encierra cierta promesa de que el paso del tiempo nos mejorará. Y eso no es cierto ni para las personas ni para los países. El paso del tiempo puede mejorar a aquellos que trabajen durante ese lapso para corregir sus errores. Y empeora a los haraganes que se quedan cruzados de brazos, esperando.

Hoy se cumple un cuarto del siglo de la asunción de Raúl Alfonsín como Presidente de la República Argentina, tras los años negros del Proceso. Nunca la nación había caído a un punto tan bajo; nunca se había acumulado tanta esperanza. El simple recitado del Preámbulo de la Constitución Nacional alcanzaba para hacernos emocionar y vibrar un candor cívico que creíamos dormido.

Visto a la distancia había cierta ingenuidad sobre lo que podía darnos la democracia. Veníamos tan mal por la dictadura que parecía natural ilusionarse con un futuro necesariamente mejor. Seguramente se esperaba más de lo que se podía y subestimamos, en gran medida, las agachadas que esperaban a la reinstauración democrática.

Por eso, 25 años después, para los que entonces eramos jóvenes, sentimos un sabor amargo al recordar todo lo que esperábamos del país y comprobar la forma en que éste nos traicionó. Todos y cada uno de nuestros sueños, fueron desactivados; cada ilusión, cada esperanza, cada posibilidad de una vida mejor, fue arrasada con absoluto descaro, con total desprecio por nuestras vidas. En 25 años, nos limitamos a sobrevivir, a elegir el “segundo mejor”, a persistir desde la defensiva. Archivamos nuestros mejores sueños, nos resignamos a presentir que no hay futuro posible dentro de los límites de este país.

La dirigencia política que en 1983 tomó el desafío de reconstruir una Argentina en crisis, se reveló tan incompetente e inepta como increíblemente corrupta. No podíamos llegar a especular con que nos íbamos a encontrar, un cuarto de siglo después, a este nivel de vergüenza y disolución, a este grado de nación en remate.

No suelen conmemorarse los fracasos. Que lo hagamos (como lo van a hacer en esta jornada los medios) revela la eficacia que ha tenido esta dirigencia indigna para hacernos sentir satisfechos de esta realidad impresentable, incomparable a los sueños que supimos tener, hace apenas 25 años.

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