29.4.11

del archivo chatarra: el Luisito, la proeza de Piedra Buena

super chatarra special

Uno de los personajes poco conocidos de nuestra historia es el comandante Luis Piedra Buena, un héroe de nuestro pasado, responsable principal que la Patagonia sea hoy argentina.

En “Super Chatarra Special” le dedicamos el especial de julio de 2003, monografía que nos llegó meses después, por otra vía, publicada en el boletín electrónico de un centro de oficiales marinos que tomó la investigación y mostró su asombro por la biografía de este héroe y el tono de admiración que transmitía nuestra recopilación.

El especial puede leerse en:

http://www.superchatarra.com.ar/edanteriores/julio2003/NUEVO0703.htm

y en este post vamos a recordar una de las tantas proezas de Luis Piedra Buena: la construcción del “Luisito”.

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En esos años, el sur era un desierto inhóspito donde la muerte acechaba a cada paso. Punta Arenas, frente al estrecho de Magallanes, era el único núcleo urbano de la zona. Y en esa población chilena, se había establecido con un almacén, el marino argentino Luis Piedra Buena, visto con desconfianza por sus vecinos. Muchos sospechaban que Piedra Buena era un espía de Argentina en esa zona, motorizando las pretensiones argentinas en esas tierras. Para muchos biógrafos, no estaban del todo infundadas esas sospechas.

Para 1873, Piedra Buena pasaba una mala situación económica; el gobierno de Sarmiento aún lidiaba con el peso económico de la heredada Guerra del Paraguay y la Patagonia no estaba entre sus prioridades. Piedra Buena debe manejarse con mucha prudencia, en un ambiente relativamente hostil, sin ningún apoyo político.

A los fines de recuperarse económicamente, Piedra Buena alista su barco, la rebautizada goleta “Espora” (anteriormente “Nancy”) en un viaje de tres meses por las islas del sur, con el fin de faenar pingüinos y comerciar con su aceite.

El viaje nace malparido, con tormentas, la muerte del gato que era la mascota de la tripulación, malos augurios que parecen confirmar la tradición de que a un navío no hay que cambiarle, bajo ningún concepto, su nombre. En la madrugada del 10 de marzo, las supersticiones marinas parecen confirmar el hecho: en una feroz tormenta frente a la Isla de los Estados, el “Espora” pierde un ancla y, ante la inestabilidad, Piedra Buena debe varar el buque en la orilla.

El agua embravecida arranca el calafateado de la embarcación y la nave se va a pique. Piedra Buena logra acercar el barco a la costa para salvar a sus hombres y rescatar lo que pueda del naufragio.

La situación es desesperada. Están en la isla desierta, sin recursos, sin que nadie los espere en el próximo trimestre, sin nave y con el invierno que se acerca. No sobrevivirán, en esas latitudes, al invierno austral.

Piedra Buena apuesta a recuperar parte de la proa del “Espora” que flota aún en la bahía, contra la opinión de su tripulación que lo cree loco. Los hombres empiezan a enfermar, pero Luis Piedra Buena se ha propuesto construir otro barco, a ojo, sin planos ni instrumentos, con los restos del “Espora”, calafateándolo con grasa de pingüinos.

Es una lucha contra el frío y el hambre, con una tripulación que amenaza sublevarse en cualquier momento. Empuñando dos armas de fuego, les da un ultimátum a sus hombres: “Sin estas armas para procurarse el alimento, el hambre los hará perecer. Con que elijan: o morir de hambre y frío dejando el trabajo, o salvarse continuando en él”.

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El 11 de mayo, tras 72 días de naufragio, la nueva embarcación flota y salen a probar la nave. La ha bautizado con el nombre de su hijo, “Luisito” aunque los patagónicos la conocerían, en el futuro, como “El Sapo”: feo, pero en el agua estaba en su elemento.

Una semana después de su botadura, el “Luisito” zarpa rumbo a Magallanes, llegando nueve días después a Punta Arenas donde son recibidos como héroes.

“Mi pobre viejo llegó aquí por la misericordia de Dios en la lanchita en que va ahora, pues teniendo la felicidad de salvar la vida perdió su viejo y querido Nancy” escribe su esposa Julia Dufour en una carta familiar.

La sangre fría y la capacidad de mando de Luis Piedra Buena, para salvar a sus hombres en una situación terminal, llamó la atención del vicecónsul inglés en Punta Arenas, Henry Reynard, quien publicó en una revista naval británica la proeza, que “podría servir de modelo para la construcción de embarcaciones, valiéndose de medios limitados”.

La “Luisito” no sólo trajo a Piedra Buena y sus marinos, sanos y salvos a casa. La nave, fulera y todo, siguió al servicio del comandante muchos años más, salvando en sus viajes a decenas de marinos en riesgo.

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