14.5.12

la ideología de la corrupción

Izquierda y derecha son cómodas etiquetas en el análisis político para posicionar las preferencias de una comunidad o individuo tanto política, social o económicamente. A poco de analizar críticamente la historia, reconocemos que las sociedades democráticas evolucionan, un poco a la derecha, un poco a la izquierda, según como vengan los tiempos. A cada paso logrado, hay un reclamo de nuevas demandas y un nuevo conflicto, zanjado en la discusión política y en el posterior ejercicio del voto. Cabe advertir, sobre todo para aquellos con vocación de Entidades Divinamente Reveladas, que no hay respuestas absolutas. La democracia es un ejercicio de prueba y error y, más allá de nuestras preferencias, podemos hallar buenos ejemplos de gobierno tanto desde la izquierda como desde la derecha. En una sociedad democrática, no existen los demonios; existen sectores con otra visión de la sociedad y que se sientan a negociar un acuerdo, una posición intermedia que satisfaga a todas las partes (o, mejor aún, que deje disconformes a todos por igual).

Cuando un sector de la sociedad impone sus preferencias al otro, argumentando que se posee un saber superior e incontestable, sea Dios, sea el Pueblo, sea la Sabiduría Insondable del Supremo Gobernante, estamos en presencia no de un régimen democrático, sino de uno autoritario. Los ejemplos sobran en la Historia (así con mayúsculas) y no vamos a perder el tiempo recordando a los infames que sojuzgaron y humillaron a los pueblos.

A veces, los gobernantes se encuentran con sorpresivos factores externos que impiden desarrollar sus programas electorales por los que fueron elegidos. Una crisis internacional, una guerra, un derrumbe financiero, un terremoto. No se puede pretender que esos hechos (impredecibles las más de las veces) sean neutrales y que el gobierno no se vea afectado y continúe tal como si ese hecho no existiera.

En esos casos hay que improvisar y quien gobierna se encuentra con la peor parte: llevar a cabo el trabajo sucio. Sólo le cabe defenderse y le deja a la oposición el campo libre para criticar desde el llano, sin cargar con la responsabilidad del mando.

En esos tiempos excepcionales, uno puede entender que se hace lo que se puede y no lo que se quiere. Y aunque no reduce los decibeles de la discusión política, hay atenuantes para explicar esa diferencia entre lo que se enunció en las elecciones y lo que se encontró en el poder. Es inevitable.

Las decisiones tomadas en ese marco no pueden ser juzgadas prescindiendo del contexto. Hay chicanas políticas del “debió haber hecho eso” o “si hacía eso, entonces...”, pero eso queda en el campo de la política ficción y hay que aceptar, con la mano en el corazón que, a veces, se toman decisiones políticas limitados por las circunstancias, por más que contrarien nuestros principios.

De cuánto contrarien nuestros principios, hablará de la gravedad de la situación; de hasta qué punto se pueden llegar a torcer, hablará de la moral del mandatario.

Lo que queda claro es que nada, ninguna circunstancia económica o social, obliga a un dirigente a corromperse. Robar en el poder no es una decisión forzada por las circunstancias. Nada obliga a robar. Es un hecho volitivo. No es una necesidad de la gestión.

Por eso llama la atención cómo algunos pueden defender o menospreciar la gravedad de un acto de corrupción en el gobierno, si éste está parado en una vereda ideológica cercana. La corrupción no es de derecha ni de izquierda. Es de delincuentes. Y si alguien se tomó el trabajo, desde su lugar de gobierno, de tomarse el esfuerzo para robar los dineros públicos, dineros reunidos por los impuestos pagados por la sociedad en su conjunto, cabe destacar que podía haberse tomado mucho menos trabajo si no lo hubiera hecho.

Decidió robar. Y decidió estafar a los que votaron por él. Y también, indirectamente, a los que no votaron pero respetaron el resultado de unas elecciones en los que la mayoría de la sociedad eligió una manera de hacer las cosas distinta a la preferida por esa minoría derrotada.

Cuando se usa el argumento de “corrupción siempre hubo” para disminuir los actos delictivos de un gobierno, se comete un acto de hipocresía. Cuando se eleva la voz ante los actos de corrupción de un gobierno de derecha y se dispensa los de un gobierno de izquierda (o viceversa), se comete una villanía.

La corrupción nunca es necesaria. Y los que justifiquen un acto de corrupción, son moralmente tan ladrones como aquellos que pusieron las manos sobre los recursos que pertenecen a la comunidad.

2 comentarios:

batman dijo...

Creo que agrego "robo pero hizo" como para justificar lo injustificable... totalmente de acuerdo con el post.
Lo felicito.

Marcelo De Biase dijo...

Y usted sabe, Batman, lo que la corrupción le hizo a Ciudad Gótica...