30.7.12

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La Carta Olímpica, texto que rige el funcionamiento del Movimiento Olímpico, afirma que los primeros Juegos Olímpicos de los tiempos modernos fueron celebrados en Atenas en 1896, pero en verdad el interés por restaurar las célebres competencias que reunían deportistas de distintas ciudades-estados griegas durante la Antigüedad produjo intentos que se remontan a mediados del siglo XVII (las referencias literarias son inclusive anteriores: Shakespeare los menciona en Enrique VI , lo seguirían, entre otros, Milton y Voltaire). Dos de esos intentos motivaron vibrantes movimientos olímpicos nacionales en Grecia e Inglaterra.

El primero fue promovido por Evangelis Zappas y resultó en la celebración de Juegos Olímpicos en Atenas en 1859, 1870, 1875 y 1889. Inspirados en una propuesta del poeta Panagiotis Soutsos relacionada con la celebración de la guerra independentista griega, la participación estuvo reservada a deportistas de esa nacionalidad. El segundo movimiento Olímpico nacional estuvo a cargo de William P. Brookes, quien en 1859 bautizó al festival deportivo que organizaba en Much Wenlock desde 1850 como los Juegos Olímpicos de Wenlock. El festival se ha organizado ininterrumpidamente desde entonces. En 1865, Brookes fundó la Asociación Olímpica Nacional que organizó varias ediciones de Juegos Olímpicos nacionales entre 1866 y 1883. Los movimientos Olímpicos nacionales griego e inglés del siglo XIX influenciaron directamente las aspiraciones del aristócrata francés Pierre de Coubertin, quien en 1894 estableció el COI con el objetivo de celebrar Juegos Olímpicos internacionales bajo su auspicio.

Olimpismo y después

Coubertin era un anglófilo fascinado por los deportes de esa tierra así como por la ideología victoriana del amateurismo y del fair play. Hasta 1889 su principal interés por los deportes ingleses fue primariamente educativo y tenía como objetivo promover valores cívicos en la juventud francesa a través del sistema escolar. Al año siguiente Coubertin visitó a Brookes y fue testigo de los Juegos Olímpicos que éste organizaba.

Algunos historiadores creen que Coubertin tomó la idea de internacionalizar los Juegos Olímpicos de Brookes. Más allá de si fue éste o aquél quien imaginó tal internacionalización, el mérito de Coubertin radica en haberla concretado. Coubertin también articuló una visión para sus Juegos Olímpicos que enfatizaba el uso del deporte para impulsar lazos pacíficos entre los países así como la práctica deportiva igualitaria, justa y solidaria a la que denominó Olimpismo.

Las primeras cuatro ediciones de los Juegos Olímpicos internacionales marcan un período de dificultoso asentamiento. Además de los problemas presentados por la falta de estructuras deportivas internacionales, la inestabilidad política y económica griega puso en vilo a los Juegos inaugurales de 1896. Fue a partir de la intervención del príncipe heredero Constantino, quien se hizo cargo del Comité Organizador, y la donación de una significativa suma de dinero por parte del filántropo griego Georgios Averof que el evento fue posible.

Ni a los Juegos de 1900 en París ni a los de 1904 en San Luis, Estados Unidos, les fue mejor. Los primeros fueron un espectáculo accesorio de una Exposición Universal y los segundos de una Feria Mundial. En ambos casos abundaron dificultades de distinta naturaleza. Mientras en París varios piadosos deportistas se negaron a competir en el Día del Señor, en San Luis la realización de los denominados Días Antropológicos, en los que un número de “indios” compitieron entre sí en deportes modernos, fue utilizada para corroborar los estereotipos raciales dominantes. Por su parte, los Juegos de 1908 en Londres estuvieron plagados de animosidades nacionalistas, a punto tal que el obispo anglicano Ethelbert Talbolt pronunció un sermón en la Catedral de San Pablo en el que instaba a deportistas y dirigentes a disfrutar de la competencia porque la misma era más importante que el resultado. Coubertin se inspiraría en ese sermón para acuñar el credo Olímpico: “Lo más importante en los Juegos Olímpicos no es ganar sino competir”. De todos modos, al finalizar los Juegos de 1908 el proyecto coubertiniano fue cuestionado.

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En comparación con las ediciones anteriores, los Juegos de 1912 en Estocolmo fueron los mejor organizados. Si bien Finlandia estaba bajo ocupación rusa, le fue permitido, para el desagrado de los líderes zaristas, competir con un equipo propio. En sus memorias Coubertin admitió la existencia de bretes diplomáticos pero resaltó que en Estocolmo “Helenismo y Progreso parecían asociarse”. Sin embargo, la Primera Guerra Mundial enturbió el panorama: los Juegos de 1916 programados para Berlín fueron cancelados.

A pesar de la retórica internacionalista y pacifista del COI, los primeros Juegos de la posguerra estuvieron ampliamente marcados por sus consecuencias. Los países derrotados no fueron invitados a los Juegos de 1920 en Amberes. Asimismo, el COI sólo reconoció a algunos de los Comités Olímpicos Nacionales de los países recientemente independizados, como fue el caso de Polonia. Hungría no tuvo esa suerte ya que había estado aliada con los países derrotados. Todos ellos regresaron a los Juegos de 1924 en París, a excepción de Alemania que recién fue invitada a participar en los Juegos de 1928 en Amsterdam. Durante este período los Juegos se estabilizaron y maduraron. La difusión y aceptación global de los deportes ingleses, desde el fútbol hasta el hockey sobre césped, junto a la consolidación de las estructuras deportivas internacionales y nacionales facilitaron dicho proceso.

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CESAR R. TORRES
“Mucho más que deporte y lágrimas”
(ñ, 20.07.12)

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