7.8.13

la obra de un artista

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WOODY ALLEN, EL DOCUMENTAL
data: http://www.imdb.com/title/tt2397619

Robert Weide persiguió a Woody Allen durante varios años, hasta que finalmente el genio neoyorquino aceptó ponerse delante de una cámara y contar su vida y su obra. El documental, por sí solo, ya tenía un lugar ganado en el rinconcito cinéfilo. Pero Weide fue un pasito más y logró un documental con coherencia conceptual. No hay un ánimo exhaustivo y enciclopédico en “Woody Allen, el documental”. El objetivo es analizar los rasgos que caracterizan el cine de Allen, la búsqueda del artista en cuarenta años de filmar película tras película. Y el resultado es, sencillamente, una de esas clases de cine memorables. Personalmente, la visión de “Woody Allen, el documental” me hizo recordar a ese otro monumento que es el libro con las charlas entre Francois Truffaut y Alfred Hitchcock. Así como ese libro es obligada referencia de cinéfilos, este documental merece ocupar esa categoría de recomendado.

Hay un cliché sobre la obra de Woody Allen que es, a la vez, una falacia: la de que las películas de Woody Allen son todas iguales, que siempre dice la misma cosa. Bueno, puestas en contexto, una al lado de la otra, el cliché no puede ser más estúpido. Con altas y bajas, Woody Allen se permite arriesgar, una y otra vez, buscando historias, sondeando formatos, yendo allí donde el público y la crítica estaban seguros de que no iba a ir. Su alto nivel de autocrítica, su valentía para no entretenerse en ese costadito de la orilla que conoce y se siente cómodo y atreverse a explorar por otras dunas, son marcas de fábrica de Allen. Y ese arrojo, esa convicción de dejarse guiar por la búsqueda, es el signo de un auténtico artista.

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Robert Wiede logra identificar varios patrones decisivos en la filmografía de Allen. La primera, es su pericia para la dirección de actores. Woody Allen ha escrito memorables personajes y ha logrado sacar antológicas actuaciones a sus dirigidos. El ejemplo principal es Mia Farrow quien (y uno cae en la cuenta de ese hecho al ver el documental) nunca antes, ni nunca después, logró alcanzar los niveles de interpretación que obtuvo bajo la dirección de Woody Allen.

Y lo que llama la atención es que Allen parece el contraejemplo del director. No agobia a sus dirigidos con recetas, indicaciones, explicaciones minuciosas. De hecho, en la mayoría de los casos, les pasa la pelota para que ellos decidan. Con la misma sencillez que suele verse en sus guiones, Allen confiesa el secreto en una frase demoledora: “Si contratas a gente genial y no los complicas con un montón de análisis y conversación y especulación y cosas sin sentido... si tú sólo te apartas de su camino y te callas, te darán la interpretación que los ha hecho los grandes artistas que son”.

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Otro punto identificado en la obra de Allen es pivotear, una y otra vez, sobre un tema trascendental, el absurdo sentido de estar vivo. Allen rastrea en su infancia, el exacto momento en que el bebé afable y sonriente mutó en humorista ácido y gruñón: el día que supo lo que era la muerte. “¿Qué quieres decir con que esto termina? Esto, ya sabes, esto es... ¿Esto no continua así? No. Termina. Ya sabes, te desapareces para siempre” confiesa Allen “Cuando me di cuenta de eso, pensé: '¡Hey! ¿Sabes? ¡Borrenme! No quiero jugar este juego'. Y nunca fui el mismo despues de eso”. Esa duda sobre el sentido de la vida, no es privativa de Allen. Otros artistas antes que él dialogaron con esa duda en sus obras. Lo que es original en Allen, es que su diálogo recurre al humor. Y (como dice el Padre Lauder cerca del final) la pregunta que nos hacemos es entonces porqué entonces nos estamos riendo.

Hay otra idea que circula en el filme. No siempre las películas más festejadas por el público y la crítica, fueron las que dejaron conformes a Allen. Casi que la tendencia es la contraria. En sus fracasos, Woody se sintió más a gusto que en sus grandes éxitos. Tal vez porque en esos fracasos, Woody se animó a recorrer un camino distinto, una recorrida hacia otro jardín que en los que estaba jugando cómodo en las películas anteriores. De esas torpezas iniciales, Woody Allen logra sacar lecciones, ejercitar recursos. Y una de las habilidades del documental de Robert Weide es detectar en los grandes aciertos de la filmografía de Allen, esos esbozos iniciales que fueron considerados fracasos.

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Un punto más: Allen es un exquisito director de actrices y un sublime escritor de roles femeninos.

Como apunte personal, la visión de “Woody Allen, el documental” me produjo una sensación parecida a la que tuve hace unas semanas, cuando visité la exposición de Les Luthiers en el Centro Cultural Recoleta. Cuando uno tiene expuesto, uno al lado del otro, tantos trabajos, tantos años, tanto ingenio y tanto intento, es inevitable valorar con más justeza la obra del artista. Recuerdo, caminando por la Sala Cronopios del Recoleta, decirme: “Dios... cuando estos tipos se vayan, ¿cuánto tiempo vamos a tener que pasar hasta tener a otros genios como estos?”. Exactamente, lo mismo murmuré con los títulos finales del documental de Weide. Y me pregunto si acaso estamos valorando debidamente, como bichos de cine, carne de butaca, lo que es convivir en la época activa de Woody Allen. Algún día vamos a tener que enfrentarnos al hecho de que no habrá otra película de Woody en puerta. Y entonces caeremos en la cuenta de que el mundo (no sólo el cinematográfico) es un poco más pobre, un poco menos luminoso.

Mañana, las mejores frases.

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