30.10.13

30 años

Hace tres décadas, con la elección que consagró a Raúl Alfonsín como presidente, Argentina dejaba atrás los años oscuros del Proceso e iniciaba su restauración democrática.

En esos días, la euforia por el restablecimiento democrático pecó en la ingenuidad de desestimar las agachadas que la democracia argentina tendría que enfrentar. Había varias bombas dispuestas, de las cuáles quiero destacar dos: la deuda externa (que condicionaría toda política económica) y el peronismo (que se dedicaría a torpedear todo gobierno de cuño opositor).

La dicotomía entre los militares y el resto de los argentinos simplificó la batalla entre buenos y malos y permitió perder de vista a la significativa proporción de la población argentina con cultura y filosofía autoritaria. No sólo eran militares y de derecha; civiles y progresistas escondidos en esos días de festejo, cocinaban la puñalada trapera al sistema republicano de gobierno.

Cabe admitir que tras tres décadas, la democracia argentina ha fracasado. Fracasó en su aspiración de dar una mayor calidad de vida a sus habitantes. Fracasó en dar solidez a sus instituciones. Fracasó en lograr una correcta división de poderes. Fracasó en formar una eficiente justicia independiente. Fracasó en instaurar el respeto por el disenso y la libertad de expresión.

Hoy, tres décadas después de ese día histórico, Argentina está a un paso de ser un país fallido. Y deja serias dudas de si, como Nación, tal como estamos conformados ahora, tenemos alguna posibilidad de viabilidad. Tal vez sea el momento de empezar a pensar en la opción de que cada provincia se agrupe con otras jurisdicciones con cultura y formas de pensar similares y que ha llegado la hora de tomar caminos divergentes. Seguiremos unidos por la historia en común, pero separados para elegir el mejor modo de hallar un camino hacia la felicidad.

Lamentablemente, el peso de la tradición es todavía lo suficientemente fuerte para que esta idea, la desintegración de la Argentina, no tenga visos de realización. Seguiremos en un equilibrio inestable entre núcleos urbanos con ciudadanías comprometidas con el voto, pidiendo por transparencia y mayor control a los gobiernos elegidos, y regiones cuasifeudales con caudillajes colonizando todos los niveles del Estado. Una parte de la Argentina es prisionera de la otra parte. Y el resultado es una sangría que no beneficia a ninguna de las partes en juego.

A esta altura, si en tres décadas no logramos que la sociedad argentina en su conjunto sancione con su voto a gobiernos corruptos, alce su voz contra el avance gubernamental sobre los medios de comunicación independientes o controle a los administradores de los recursos públicos, no cabe esperar que pueda, mágicamente, aprender las materias pendientes en los próximos años. Hay que aceptar que un importante núcleo autoritario (compuesto por no pocos universitarios, intelectuales, artistas, comunicadores) conforma la sociedad argentina, un sector que descree de la democracia como forma de vida, que aspiran a modelos de conducción dictatoriales al estilo cubano o venezolano. Ojalá la parte oscura de la Argentina se hubiera circunscripto a la pertenencia a una institución como la militar. El lado oscuro de la nación está en nosotros, en el seno mismo de nuestra comunidad. Y en estos días de delirio y prepotencia, se ha mostrado, sin disimulo, bajo el sol.

En suma, no hay nada que festejar en este 30 de octubre de 2013.

Sólo la decepción por la oportunidad histórica que se abrió entonces y que se cerró, tal vez definitivamente, en este tiempo perdido.

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