22.5.15

el equipo carcelero

la nación

Durante más de 30 años viví en Villa Devoto, a dos cuadras de la Cárcel. La imagen del tanque de agua de la cárcel, rojiblanco a cuadros, todavía la veo en sueños, de vez en cuando. Lo observaba cada vez que me subía a la terraza de mi casa, punto de referencia ineludible. La otra sensación estaba dormida y la rescató la siguiente nota de Ezequiel Fernández Moores: la voz del estadio de la cancha del General Lamadrid, pegada a la cárcel, cada sábado por medio de ascenso, cuando jugaba de local. Jugando a la pelota en el fondo de mi casa, llegaba el eco de los goles aullados por la hinchada carcelera y la tanda de resultados del locutor local, en el entretiempo del partido.

Ceremonias del fútbol de ascenso, historias conmovedoras por su ubicación, de un equipo que lucha en el fondo de las categorías del fútbol argentino.

Espero que disfruten esta nota como la disfrute yo.

(…)

Acaso sirva contar la historia de un pibe identificado con el barrio de Devoto y que decidió hacerse hincha de General Lamadrid cuando a los doce años, en pleno partido de Primera C de 1978 contra Deportivo Merlo se acercó al alambrado para ver mejor al número 3 que hacía un lateral. “¡El quesero de la calle Concordia!”. El 3 y el 4, los hermanos Julio y Sergio Rosell, hijos de un habilidoso wing izquierdo de Boca en los años '40, llevaron al niño en su auto a varios partidos siguientes. “Era como viajar en el auto de Lionel Messi rumbo a la cancha de Real Madrid”. Un año antes, Julio Rosell había anotado un gol agónico que dio el histórico título de la Primera D. La fecha final fue en la vieja cancha de Tigre, arbitraje de Juan Carlos Loustau, algunos cientos de hinchas de Lama y otras decenas de Acassuso. Pero en la cancha había otras catorce mil personas. Record de público. “Lamadrid logró el ascenso con lleno total”, titularon los diarios al día siguiente. Eran evangelistas a los que Tigre les había alquilado la cancha para un congreso apenas terminara el partido.

Marcelino Robustiano Piñero, primer presidente en 1950, refugiado en Devoto porque los padres de la novia se oponían a la boda, repartía leche por el barrio y abría su casa para enseñar a leer a los pibes pobres. El estadio tiene nombre de rey inglés, pero Enrique Sexto fue ideólogo, fundador, presidente, DT y hasta chofer. Apagaba las luces del estadio y decía: “Tenemos que jugar como Pizutti”, por Juan José, entonces gran delantero de Racing. Los jugadores-trabajadores, a oscuras, vestuario de chapa y calor, estallaban de risa. “No sean boludos”, se enojaba. El club, en la calle Desaguadero, en el Devoto pobre, tiene hoy futsal, handbol, vóley, patín, boxeo, escuela para niños especiales y una piscina pequeña construida por los socios, “Punta Lama”. El himno es obra de El Loco Mario, Mario Oriente, un zaguero de avería (enojado por una expulsión estacionó una vez el auto en el centro de la cancha y le sacó las cuatro ruedas), un pesado en el puerto, en un ambiente de contrabando y falsificación, que solía trompear a los marineros que miraban a su esposa. Preso por golpear esta vez a un policía, El Loco Mario cayó a la cárcel de Villa Devoto y allí conoció el club que le cambió la vida. Guitarra, milonga, tute, mus, vino. Comenzó arreglando lamparitas y cortando el pasto. Pasó al buffet. A la Comisión Directiva. A ir siempre a la cancha, local y visitante. Y escribió el himno del club, con melodía de su querido Boca: “Allá por Desaguadero/ Hay un club sensacional/ Nos enseñan desde pibes/ A querer y a respetar”.

Héroes del club fueron también los socios que en 1963 se atrincheraron resistiendo durante cuatro días. No alcanzó el muro, construido tan de apuro que aún hoy sigue torcido. La prisión, que avanzó sobre la calle Bermúdez, amenazó quedarse con todos. “¡Abran la puerta!”, ordenó un coronel. “El club es nuestro”, le respondieron desde adentro. Uno de los socios estaba armado. Un día, el “espía” que tenía el club dentro de la prisión, avisó que el nuevo director planeaba construir un túnel para que los guardiacárceles y los presos pudieran jugar fútbol con sólo cruzar bajo tierra la calle Pedro Lozano. Lamadrid es el único club de la AFA que no tiene las escrituras de sus terrenos. “De aquí -dice Alejandro Martínez, presidente del club- sólo nos sacan muertos”. Habla con Marcelo Izquierdo, el pibe de 12 años que admiraba a los hermanos de la quesería Los Muchachos. Hoy periodista, autor del hermoso libro que aparecerá a la venta dentro de diez días: “Carceleros”.

La cárcel de Villa Devoto escuchó lamentos de presos políticos torturados tras el golpe de 1930, vivió la liberación de presos políticos en 1973, los motines siguientes con guardias asesinados y presos acribillados y los helicópteros que tras el golpe del '76 aterrizaban de madrugada en la cancha. Izquierdo habla con presos de la dictadura que pasaron sus días en Devoto. Y habla también con glorias del club. Con autores perdidos de goles históricos, con Emanuel Gigliotti (venta record por 20.000 dólares) y con campeones de la Primera D en 1977 y de la Primera C en 2011, ascenso inédito a la B, sin público visitante, seguido con una TV pequeña que colgaba de la pared en el buffet del club. El autor habla también con glorias de ascensos, como el Chango Cárdenas, DT del equipo que, de la mano de Silvano Maciel, luego jugador de selección, subió a la C en 1983. “La primera práctica eran seis, siete pibes, los presos me gritaban desde las ventanas de sus celdas. Había varios que eran hinchas de Racing”. Los presos tiraron papelitos y sacaron toallas azules en la final contra Leandro N. Alem. Los hinchas agradecieron desde la tribuna: “Olé, lé/ Ola, lá/ Que larguen a los presos/ ¡Queremos libertad!”.

“Eh Andrés, Andrés”, escuchó un día de 2007 el jugador Andrés “Chulo” Verón. “¿Quién sos?”, preguntó mirando arriba, a la prisión. “¡Soy yo, El Ketchup, tu primo!”. El Ketchup le avisó que estaba con “el Taba Gómez”. “¿Te acordás de mi?”, preguntó el Taba. Y luego Carlos, de San Pete. Los compañeros del Chulo no paraban de reírse. También estuvo en Devoto Pablo Lucas Rodríguez, el hincha que dejó el traje y mocasines que le compró su mamá y fue a declarar al tribunal con el uniforme de Lama, jogging con escudito incluido. Y que tuvo su momento de fama en el programa Cárceles, de Telefe, conducido por Diego Alonso. Rodríguez se las arregló para llegar a una ventana estratégica, cabeza asomada, manos agarradas, pies colgando. “¡Vamos Lama, carajo!”, gritó mientras revoleaba la camiseta. “¡Es Pablo Lucas!”. Desde allí dirigió cantitos, habló a los gritos con su pareja y vivió uno de los días más felices de su vida. A su hijo mayor, jugador del club, le daba indicaciones desde la ventana. “Papi, ¿todo bien?”, preguntó un día el hijo mirando a la prisión. “A mí -cuenta Pablo a Izquierdo, en su prisión actual de Santa Cruz- se me caían las lágrimas”.

Lamadrid, cuya historia, como la de tantos otros clubes, explica algo de lo que significa el fútbol en Argentina, es el único club del mundo que tiene su cancha frente a una cárcel. Hoy, aunque duela, el fútbol argentino todo parece preso.

EZEQUIEL FERNÁNDEZ MOORES
“El reflejo de la sociedad”
(la nación, 19.05.15)

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