28.8.15

el año sin verano (II)

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Casi un siglo después del “Año sin Verano”, el meteorólogo norteamericano William Humphreys se topó con un escrito de Benjamin Franklin quien le echaba la culpa del fresco verano de 1783 al polvo volcánico proveniente de la erupción de los cráteres de Laki en Islandia. Esa observación llamó la atención de Humphreys y extrapoló una respuesta al terrible 1816.

La respuesta estaba en las entonces llamadas Indias Orientales Holandesas, lo que hoy conocemos como Indonesia, en la isla de Sumbawa. Con una población de 20 mil habitantes, Sumbawa vivía de los cultivos de arroz, del café y de la pimienta. Y el punto de referencia geográfica era el Tambora, el pico de unos 4300 metros, con una cumbre casi siempre cubierta por nubes, hogar de los dioses para los nativos.

La noche del 5 de abril de 1815, las llamas brotaron en la cima de la montaña y la tierra retumbó por horas. El Tambora entró en erupción. Ya se registraba signos de actividad volcánica desde 1812. Pero esto superó las expectativas. La explosión duró 33 horas y las cenizas alcanzaron más de 30 kilómetros de altitud. El ruido fue de tal magnitud que a mil kilómetros de ahí, en Yogyakarta, en Java, se movilizaron fuerza militares creyendo que las detonaciones eran producto de cañonazos. Sólo cuando llegaron las cenizas, al día siguiente, se comprendió que estaban en presencia de la erupción de un volcán.

Las cosas se calmaron en los días siguientes. Pero era una falsa señal. La lava se había solidificado taponando el volcán y fue acumulando presión durante cinco días.

El 10 de abril, a las diez de la mañana, lo peor ocurrió: el Tambora explotó. La explosión liberó una energía de 800 megatones equivalente a 50 mil bombas de Hiroshima u ocho veces la explosión del Vesubio. Se elevó una columna de humo de 44 kilómetros de altura que arrojó materiales por 160 kilómetros cúbicos. Bloques de piedra pómez volaban por el aire. A las 7 de la tarde, el volcán se convirtió en una masa de fuego líquido. La lava se derramó por las laderas y arrasó con la isla.

La altura del Tambora de 4300 metros se redujo más de un tercio: quedó en 2851 metros. La montaña se hundió y quedó una caldera de 6 kilómetros de diámetro y 600 metros de profundidad. La isla quedó tapada por una capa de tres metros de cenizas. Once mil personas murieron automáticamente por la explosión del volcán; 50 mil fue el número de muertos que hay sumar por las epidemias, las hambrunas y los tsunamis que afectaron a las poblaciones a varios centenares de kilómetros de la isla.

Los barcos que navegaron por la zona se toparon con islas de piedra pómez de hasta 5 kilómetros de longitud; cuatro años después de la explosión, seguían encontrándolas por las rutas de navegación.

La erupción terminó el 15 de abril de 1815. Las cenizas de la erupción cubrieron el sol durante dos días en un área de 600 kilómetros. En Java, a 900 kilómetros, la nube de cenizas fue tan densa que el sol recién salió a las diez de la mañana y los pájaros no cantaron hasta una hora después.

Las partículas sulfurosas de esas cenizas se esparcieron por el mundo y fueron la causa de los bellos atardeceres que los europeos vieron a fines de 1815 y de la nube seca anaranjada registrada por las crónicas.

Los meteorólogos estimaron que la gran cantidad del material expulsado a la atmósfera provocó el frío año de 1816, bloqueando el calor proveniente del sol. La baja de la presión atmosférica a nivel del mar desplazó los centros ciclónicos al sur, factor causante de las lluvias en Europa Occidental. Y ante el frío de junio, la nieve en los Estados Unidos no se derritió por el menor paso de la luz solar opacada por las cenizas.

No hay registro de que los europeos y norteamericanos contemporáneos del “Año sin Verano” hayan correlacionado la explosión del volcán con el mal tiempo. Principalmente porque, pese a la enormidad de la explosión, la más grande en los últimos 10 mil años, fue desconocida para esa parte del planeta. Las noticias no viajaban con la rapidez de ahora y un volcán, en la otra punta del globo, no fue percibido por Occidente.

Otro factor astronómico reforzó las consecuencias de la explosión del Tambora. El año de 1816 fue el punto medio de un extenso período de baja actividad magnética del sol, conocido por los estudiosos como el Mínimo Dalton. El Mínimo Dalton abarcó los años de 1795 a 1820 y fue responsable de 70 años de frío excepcionalmente alto en el hemisferio norte. Cuando el Sol tiene una baja actividad magnética, se torna menos brillante y menos energía lumínica llega a la Tierra. Decae el número de manchas solares y en ese año particular, eran tan grandes que se veían a simple vista, realzado por la atenuación del brillo de la corona solar provocado por las cenizas del Tambora.

El Tambora y el Mínimo Dalton son los candidatos más probables que explica el “Año sin Verano”.

Con su lúgubre saldo, el “Año sin Verano” no sólo dejó una marca indeleble en la memoria de la humanidad. Hay rastros de su presencia en el campo de las artes y las ciencias, señales que como ecos nos llegan del pasado.

(Continúa mañana)

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