29.2.16

snobismo intelectual

la nación

La conferencia se iba a desarrollar en Tokio, en agosto de 2010. Cuando meses antes un colega le envió un mail con el tema para ver si le interesaba sumarse, el sociólogo estadounidense Peter Dreier no resistió la tentación. Leyó “Sobre la ausencia de las ausencias” y ya no fue la perplejidad por no entender el significado de ese título lo que motivó sino las ganas de poner en evidencia lo ridículo de ese concepto y de la explicación que lo acompañaba. Se sentó a pensar un texto breve con palabras grandilocuentes que no significaran nada, lo redactó y envió su propuesta: “Música, religión, política y vida cotidiana: las tensiones entre el utopismo y el pragmatismo en los Movimientos para el Cambio.” Para su asombro, fue aceptada y lo invitaron a formar parte del panel aunque sobre el final decidió no ir a Japón, por lo que estuvo “ausente” en la mesa de “la ausencia de las ausencias”. Por estos días, Dreier reveló su engaño en un artículo en el que explica por qué se propuso “descorrer la cortina de la pomposidad de ciertos sectores de la vida académica”.

En cuanto comencé a leer su artículo en The American Prospect, pensé en el “affaire Sokal”, cuyo protagonista fue un físico de la Universidad de Nueva York que provocó un escándalo internacional por hacer algo parecido a lo de Dreier, quien, como corresponde, cita el caso. En 1996, luego de cansarse de leer textos de pensadores de la época como Derrida y Kristeva y no entender nada, Sokal escribió un artículo con palabras oscuras, sintaxis alambicada y colmado de citas y disparates teóricos y lo envió a Social Text, una conocida revista de la Universidad de Duke. El artículo trucho se llamaba “Transgresión de los límites: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica” y fue publicado. Tres semanas después, Sokal se ocupaba de revelar el engaño en la revista Lingua Franca. “Mi desafío era probar que el artículo sería publicado tal cual fue escrito y así demostrar hasta qué punto está instalada en nuestra cultura la idea de que un texto, cuanto más oscuro y hermético, más profundo es”, me dijo tiempo después en una entrevista en Buenos Aires. Sokal, que se reconocía como un hombre de izquierda, dijo entonces que su intención no había sido burlarse de los intelectuales sino cuestionar el culto irracional que se les rendía a ciertos autores y hacer un llamado al rigor y a la razón perdida de aquella izquierda que, históricamente, había estado “ligada a la lucha contra el oscurantismo científico”.

(…)

¿Para quién escribimos? ¿Para nuestros colegas, para un futuro investigador, para nosotros mismos? ¿Qué buscamos cuando publicamos un texto? ¿Apenas la satisfacción narcisista de ver letra impresa con nuestra firma? ¿O entregarle a otro, un lector en este caso, algo que no conocía y que puede servirle, interesarle o simplemente hacerlo disfrutar?

(…)

“Una que entendamos todos”
HINDE POMERANIEC
(la nación, 29.02.16)

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