18.8.16

paul morphy (I)

jot down

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Según contaba después su familia, nadie le enseñó a jugar. Su padre y su tío solían disputar algunas partidas de ajedrez en casa mientras el pequeño Paul se sentaba a observar en silencio. Un buen día, al terminar una de esas partidas, Morphy le dijo a su tío que debería haber ganado. Los dos hombres se sintieron sorprendidos por la ocurrencia, pero no le hicieron demasiado caso. Sin embargo, ante la insistencia del niño, repasaron la partida y descubrieron que tenía razón. Les costaba creerlo: aquel mocoso había asimilado el ajedrez solamente viéndoles jugar y no mucho después, cuando quisieron darse cuenta, jugaba mejor que ellos. De hecho, a los nueve años ya había poca gente en su ciudad natal —Nueva Orleans— que pudiera jugarle de tú a tú, y aún había menos que pudieran ganarle.

Mucha gente descubrió las capacidades del pequeño Morphy con la visita a la ciudad del general Winfield Scott, uno de los militares más célebres de su tiempo. Gran aficionado al ajedrez, al general le gustaba aprovechar su fama para enfrentarse a los mejores jugadores de cada ciudad por la que pasaba. al llegar a Nueva Orleans, los lugareños quisieron agasajarle llevando ante él al ajedrecista local más brillante, esto es, al pequeño Paul Morphy. Pero el general, ofendidísimo, protestó con voz atronadora cuando vio que el rival que le habían buscado era un insignificante niño de nueve años. Aquello era una broma de mal gusto, ¡algo intolerable! Sólo ante la reiterada insistencia de los presentes accedió el general a jugar contra el supuesto niño prodigio, aunque de bastante mala gana, aún no convencido de que no estuviesen intentando tomarle el pelo. Morphy venció fácilmente en la primera partida. Anonadado, creyendo que la sorpresa le había distraído, el viejo militar pidió una revancha. El niño volvió a ganar, con idéntica desenvoltura. De muy mal humor y con el orgullo herido, el general se negó a jugar más. Se levantó de su silla y se marchó como un relámpago. Para Winfield Scott, el ser derrotado por un mocoso constituía una verdadera afrenta para su orgullo: aún no se conocía en el ajedrez el concepto “niño prodigio”.

Más espíritu deportivo mostró algunos años después Johann Lowenthal, uno de los ajedrecistas más importantes de su tiempo, que estuvo también de visita en Nueva Orleans. Procedente de Europa —donde estaba la flor y nata mundial de los escaques— fue también requerido para jugar contra el prodigio local, que por entonces tenía doce años de edad. Aunque Lowenthal era de carácter más afable que el gruñón general Scott, también pensó que le estaban gastando una broma cuando le presentaron a Morphy. Aunque no se sintió ofendido por ello, limitándose a sonreír y a acariciar la cabeza al niño con un gesto de simpática complacencia paternalista.

Lowenthal y Morphy jugaron tres partidas. El maestro húngaro empezó la primera partida con la misma bonachona sonrisa, pero a las pocas jugadas sus cejas se empezaron a elevar en gesto de asombro cada vez que el pequeño Morphy movía las piezas. La incredulidad de Lowenthal fue en aumento cuando no sólo perdió la primera partida, sino también la segunda. En la tercera partida, Lowenthal consiguió obtener unas tablas. Uno de los mejores ajedrecistas del mundo sólo pudo obtener un mísero empate frente a un chiquillo de doce años. Pero lejos de sentirse herido en su orgullo y demostrando un verdadero amor por el arte del ajedrez, Lowenthal se maravilló de las capacidades de Morphy, le animó a seguir jugando y escribió inmediatamente a Europa hablando con sumo entusiasmo de su nuevo descubrimiento. Cuando el maestro húngaro regresó al viejo continente le contó a todo el mundo cómo un niño le había ganado de manera inapelable en América. No todo el mundo le terminó de creer.

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Pero a los trece años Morphy se alejó del ajedrez, por orden de su padre, cuyo único deseo era ver a su hijo convertido en abogado. Sólo se le permitía jugar los domingos, mientras que el resto de la semana debía consagrarlo a los estudios. No hizo giras de exhibición ni demostraciones públicas de su talento. Morphy pertenecía a una familia muy adinerada y de mentalidad bastante retrógrada: su padre —de raíces españolas— era un arquetipo del típico conservadurismo sureño, y le resultaba inconcebible la idea de que su genial hijo pudiese ganar dinero jugando al ajedrez. En la Nueva Orleans del siglo XIX, un caballero de buena familia sólo jugaba al ajedrez por diversión y el recibir dinero por mover unas cuantas piezas de madera era considerado una indignidad propia de tahúres y gente de mal vivir. Jugar al ajedrez por dinero tenía exactamente la misma consideración que dedicarse a jugar al poker por dinero: algo impropio de un niño de buena cuna.

Así, entre los trece y los veinte años Paul Morphy —que resultó tan precoz en los estudios como en el juego de Caissa— adelantó varios cursos en la escuela y consiguió obtener el título de derecho con las máximas calificaciones posibles. Incluso se decía que era capaz recitar el código civil de Louisiana de memoria. Su etapa estudiantil fue tan brillante que obtuvo el título de abogado a los veinte años… cuando la edad legal mínima para ejercer la profesión en el estado de Louisiana eran los veintiuno.

Con todo un año sabático por delante y nada mejor que hacer que esperar a cumplir veintiún años para poder ejercer la abogacía, su tío le animó a presentarse a alguna competición ajedrecística importante. El momento era idóneo: precisamente aquel año se celebraba en Nueva York la primera versión del campeonato de los Estados Unidos. Pero a Morphy le costó decidirse, básicamente por la oposición de su padre a verle aparecer en torneos “profesionales” (que de profesionales tenían bien poco). Además había pasado varios años practicando el ajedrez sólo de manera superficial, aunque sí había estudiado las partidas de varios maestros europeos. Finalmente la insistencia de su tío y las ganas de Morphy de medirse con ajedrecistas importantes pudieron más que la oposición paterna. Viajó a Nueva York, se inscribió en el torneo, jugó… y barrió a todos sus rivales. Estaba naciendo una estrella aunque su carrera deportiva iba a durar sólo unos meses.
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Las noticias sobre el talento de aquel veinteañero que se había proclamado campeón estadounidense con un juego brillantísimo cruzaron el Atlántico y el nombre de Paul Morphy empezó a circular por los círculos ajedrecísticos del viejo continente. Los maestros y los aficionados sintieron una enorme curiosidad por la figura del genio americano, que para colmo era el mismo que siendo sólo un niño había vencido a Lowenthal y del que el húngaro llevaba años hablando con asombro. Todo el mundillo del ajedrez europeo empezó a anhelar que Morphy cruzase el charco y se enfrentase con los mejores jugadores de Europa, los veteranos Adolf Anderssen y Howard Staunton.

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Morphy quería viajar a Europa precisamente para enfrentarse a su ídolo Staunton, pero su padre, aún opuesto a sus actividades ajedrecísticas “profesionales”, le negó el dinero necesario para el viaje. Entonces, con ayuda de su tío, la asociación de ajedrecistas de Nueva Orleans hizo una colecta pública y reunió el capital suficiente para financiar la expedición a Europa. Con ese dinero recogido por los aficionados al ajedrez de su ciudad, Paul Morphy subió a un barco y se encaminó a Inglaterra.

(Continúa mañana la nota de E.J.RODRÍGUEZ)

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