3.1.17

mañana de navidad

-Recuerdo esa mañana de Navidad... Me había quedado dormido junto al árbol, esperando a Papá Noel. Me despertó el griterío de papá y un ladrido. “¡Arriba! ¡Arriba! ¡Mirá el regalo que te dejó Papá Noel!”. Y de sus manos se soltó un perro, mi perro, saltando de un lado a otro, golpeando con la cola, jadeando resoplidos y arrojándose hacia mí con su estela de baba, reconociéndome como su dueño, como su amigo. Lo abracé alegre, creo que tan alegre como nunca antes, como nunca después, porque (debo reconocer, Doctor) nunca fui un niño muy feliz. Mamá reía, reía entre lágrimas y mi papá la abrazaba, como yo abraza a Lito (no sé porqué pero ese perro tenía cara de Lito) y Lito me lamía con su lengua cálida y me empujaba y se escurría entre mis abrazos y se enredaba las patas en la soga. Y salimos a correr bajo el sol de la playa, a disfrutar del mejor regalo de Navidad. Corrimos los tres detrás de Lito que, suelto de su correa, corría y corría, frenético, de un lado al otro sobre la arena, saltando sobre la orilla, sorteando la espuma del océano que le mojaba las patas. Y se metió al mar y nadó, nadó, nadó, buscando el horizonte, nadó hasta que ya no pudimos seguirlo sin que el sol nos molestara la vista con su reflejo sobre la línea del mar. Y lo esperamos sentados en la arena, callados, mi papá tomándome la mano, hasta que la Navidad pasó. Sólo entonces dejamos de esperar: nos rendimos y entramos a casa a seguir con lo nuestro.
-Y sí... la vida es una mierda.
-Ésa es la idea, Doctor.

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