19.5.17

matias behety (I)



Hace unos cuantos años (más de los que uno quisiera reconocer), pude conocer la historia de los Menéndez Behety, una saga de pioneros de la Patagonia, a partir de los recuerdos familiares de una descendiente de José Menéndez y María Behety. La historia de la fortuna familiar se originó en un almacén en Punta Arenas comprado al Comandante Luis Piedrabuena y la expansión del ganado ovino como la industria pilar para fundar un imperio comercial en el Sur de América, de un lado y el otro de los Andes. La historia tenía el recuerdo especial de un motín en la cárcel de Punta Arenas y los días de espanto que vivió la ciudad, al quedar a merced de los fugados que atemorizaron a la población. Historias que merecen contarse y contabilizamos en el debe para contarlas en otro post. Fue en ese tiempo que conocí la historia de Matías Behety el Edgard Allan Poe rioplatense, un poeta maldito que cedió a la depresión y al alcohol.

La historia quedó ahí, boyando en los recovecos de mi memoria, hasta que un posteo en la página de Flavio Rodríguez en Facebook (altamente recomendada) recuperó el recuerdo del poeta y otros datos que desconocía:

https://www.facebook.com/flaviomrodriguez/posts/10213193407612934

A partir de ese posteo y de otras fuentes que encontramos en Internet, vamos a glosar la historia del poeta Matías Behety.

Aunque Matías Behety nació, exactamente, hace 168 años, un 19 de mayo de 1849, en Montevideo, desde muy pequeño vivió en Argentina. Concepción del Uruguay en Entre Ríos, Buenos Aires y la ciudad de La Plata son los puntos de su derrotero. Behety era hijo de Félix Behety y María Chapital, dos vascos franceses venidos de Aloze-Ziboze-Onizegaine, un pueblo del País Vasco francés, en la región de Aquitania. Como tantos inmigrantes, probaron suerte del otro lado del mar, primero en Uruguay y luego pasaron a la otra orilla.

Los que lo conocieron en su juventud, en el Colegio de Concepción del Uruguay lo definen como el mejor alumno de esa camada, en un establecimiento que contaba con nombres como Julio Argentino Roca, Victorino de la Plaza, Eduardo Wilde, Martín Coronado, Julio Fonrouge. En esos claustros del rectorado del Dr. Alberto Larroque, Matías Behety quedó prendado de la poesía.

Cuando Larroque deja el Colegio, recomienda a los padres de Matías Behety que lo lleven a Buenos Aires, para seguir sus estudios. Le hacen caso y se mudan a Buenos Aires, donde Matías se hará conocido en otro célebre establecimiento: el Colegio Nacional. Pronto, Behety es uno de los alumnos preferidos del mítico Amadeo Jacques.

Behety comienza los estudios de Derecho (que no termina) y se hace conocido en las principales redacciones porteñas. El Nacional, La Tribuna, El Fénix, El Gráfico y La Prensa lo tienen como colaborador y sus artículos tienen consideración de gente como José Manuel Estrada Estrada o Pedro Goyena. Incluso, el Presidente Domingo Faustino Sarmiento percibe la grandeza potencial del joven periodista y se presenta en la redación de El Tribuno para conocerlo y no duda en calificarlo como el más brillante de su generación.

En esos años, conoce a otro joven que da sus primeros pasos en la política: Leandro N. Alem. Otros nombres que frecuenta: Carlos Guido y Spano, Lucio V. Mansilla. Todas figuras de la Argentina de esos años.

Rafael Barreda en la mítica “Caras y Caretas” lo define con estas palabras “Matías era pobre y vivió pobre, casi en la miseria, frecuentando diariamente la redacción de casi todos los diarios, en los que ayudaba al condimento de los editoriales, a zurcir sueltos, á improvisar folletines ó versos, - que para él era todo lo mismo”.

Adscribía al romanticismo y su modelo en las letras era Edgar Allan Poe.

En 1871, la fiebre amarilla asoló a Buenos Aires. Gran parte de la población escapó del sur de la ciudad azotada por la epidemia, entre ellos, el Presidente Sarmiento junto a otras autoridades nacionales. Entre los valientes que se quedaron, se destacó la Comisión Popular de Socorro con Roque Pérez como Presidente. Uno de los secretarios fue nuestro protagonista: Matías Behety. En la formación de la Comisión se leen los nombres de Argerich, Guido Spano, Muñiz, Cantilo, Wilde, Rawson, apellidos que quedarán en la historia. La participación de Behety no fue marginal: fue el voluntario que más guardias de servicio prestó durante la epidemia. Y, aunque en forma leve, contrajo la enfermedad de la que pudo recuperarse gracias al cuidado del Dr. Argerich.



Es más: algunos señalan que Matías Behety aparece junto a Roque Pérez y Argerich en el célebre cuadro de Juan Manuel Blanes, “Un episodio de fiebre amarilla”. Ante este comentario, nuestro amigo Flavio Rodríguez confiesa sus dudas porque el personaje en cuestión es un joven que va descalzo. No parece ser el look para alguien como Behety. Aunque mirando con detalle el cuadro, detrás de Pérez y Argerich, fuera de la habitación, puede verse a un hombre sentado con bigotes y cabello enrulado. ¿Será ése nuestro protagonista?

1873 es un año especial para Matías Behety porque su editorial llamando a la solidaridad latinoamericana a Cuba, publicado en El Nacional, tiene amplia repercusión. Junto a varios amigos, funda la Asociación Independencia de Cuba, encabezando mitines por la causa caribeña.

Su brillantez queda clara en una anécdota de Barreda. Como pasante en el estudio de Manuel Quintana (“amigo y maestro”), cuenta que un día llegó con un expediente de un caso que había que presentar en los tribunales, sobre la hora de presentación. No había tiempo suficiente para que Quintana se pusiera al tanto de los antecedentes, así que Behety toma el guante y presenta él mismo el caso. Que un idóneo presentara un caso, provocó un revuelo en el mundillo jurídico y pronto la sala se llenó de curiosos que querían ver cómo salía la apuesta. Behety demostró tal elocuencia y erudición en la presentación del caso que los asistentes y hasta los mismos jueces lo aplaudieron efusivamente, rompiendo todos los códigos de etiqueta del fuero judicial.

Sin nombrarlo (por pudor y compasión), Miguel Cané le dedicó un párrafo en Juvenilia: “¿Recordaré a ese hombre, que sólo encontró flores en los primeros pasos de su vida, que marchaba en el sueño estrellado del poeta, al amparo de una reputación indestructible ya? Era bueno y era leal, amaba la armonía en todo y la mujer pura le atraía como un ideal; pero la delicadeza de su alma exquisita se irritaba hasta la blasfemia, porque la naturaleza le había negado la forma, el cuerpo, el vaso cincelado que debió contener el precioso licor que chispeaba en sus venas”.

Todo pronóstico era venturoso para Matías Behety en esos años. Pero su melancolía, sus excesos de juventud, su tendencia al alcoholismo, prefigurarían la tragedia de su vida. Como lo describe, Cané: “De ahí las primeras amarguras, la melancolía precursora del escepticismo. Sin ambiciones violentas que hubieran sepultado en el fondo de su ser los instintos artísticos, refugiado en ellos sin reserva, pronto cayó en el abandono más absoluto”.



Behety tambaleaba y tal vez hubiera tenido una tabla de salvación en el amor que sintió por María Lamberti, hermana de su amigo Antonino. Pero el destino suele ser cruel con sus mejores hijos: María moriría a la edad de 23 años, el 11 de septiembre de 1880. Y esa muerte es el empellón final que desbarrancó a Behety. Como escribiría desgarradoramente:
Hacia tu hogar encaminé mi paso
Y me detuve trémulo en su puerta!
El sol se sepultaba en el ocaso,
Y al abrazarme me dijiste: ¡muerta!

La sombra me inundó. El alma entera
En un sollozo se agotó doliente,
Al mirar esa hermosa primavera
Desmayada en el rayo de su oriente.

¡Muerta!, exclamé, y respondiste: ¡muerta!
Delante de su ataúd caí postrado…
Cerré los ojos y la vi despierta,
Su angelical semblante iluminado!

Me hablaba, y sonriendo enternecida,
Envuelta en nubes de flotantes velos,
¡Ah! no lloréis, me dijo, mi partida:
Yo era la desposada de los cielos!
(Continúa mañana)

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