Extracto de un interesante artículo de "La Nación", en su sección "Enfoques" del domingo: como surgió "Los Protocolos de Sión", el brulote antisemita, citado, frecuentemente, por cuanto nazi y neonazi ande suelto.
Hace un siglo algunas librerías de San Petersburgo recibieron un libro que, en verdad, estaba destinado a un solo lector: el zar de Rusia Nicolás II. Una versión reducida de ese texto había aparecido por primera vez en el diario Znamia, en 1903, pero no había conseguido su objetivo de conmocionar a la corte imperial. En cambio, el libro publicado en 1905 presentaba el aspecto de un documento irrefutable: incluía todas las "actas" de las 24 sesiones secretas realizadas en el marco de un Congreso Sionista reunido en Basilea, en 1896. Durante ese cónclave a puertas cerradas, un supuesto Sabio de Sion había expuesto a los jefes del pueblo judío un plan para destruir la civilización cristiana y las monarquías a fin convertirse en "dueños del universo". Para instalar ese "poder judío", ese plan maquiavélico preveía apelar a todos los recursos posibles: astucia, revoluciones, guerras, la modernización industrial y el capitalismo.
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La paternidad de esa diabólica falsificación, que desencadenó una tempestad histórica de incontrolable violencia, pertenece a Ivan Goremykin. Ese ambicioso ex ministro de Interior, que había perdido la confianza del zar Nicolás II, representaba a los políticos e industriales más conservadores de Rusia, ferozmente antisemitas, alarmados por el avance de un sector liberal -liderado por el conde Serguei Witte- que propiciaba la modernización de la economía y de una tímida apertura política.
Goremykin quería aprovechar las intrigas que sacudían la corte imperial para inducir al Zar a alejar del poder a Witte. Los principales artífices de esa maniobra fueron Pierre Ratchkovski, que dirigía los servicios de la policía política rusa (Okhrana) en París, y Mathieu Golovinski, un aristócrata venido a menos que solía colocar su pluma al servicio del mejor postor.
En dos tomos que totalizan más de 1200 páginas, el historiador ruso Mikhail Lepekhin demostró recientemente que, para acelerar ese trabajo a medida, Golovinski recuperó un texto olvidado: Diálogo en los infiernos entre Maquiavelo y Montesquieu, publicado en Bruselas en 1864 por Maurice Joly. Ese abogado antibonapartista quería demostrar que el emperador Napoleón III y sus principales colaboradores complotaban para adueñarse de todos los poderes de la sociedad francesa. Golovinski se limitó a reemplazar "Francia" por "el mundo" y "Napoleón III" por "los judíos". Superponiendo ambos libros, Lepekhin comprobó que se trata de una copia inescrupulosa.
Lepekhin sospecha que el libro nunca alcanzó su objetivo inicial, pues el Zar al parecer nunca llegó a leerlo. Pero el alcance mundial que tuvieron esas 230 páginas fue colosal. Quienes tomaron en serio ese texto creyeron encontrar una confirmación de las profecías con el estallido de la Primera Guerra Mundial, el caos en Alemania y la Revolución Rusa de 1917.
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Como Golovinski adhirió a la revolución y el régimen bolchevique asumió rápidamente un marcado carácter antisemita, la URSS mantuvo durante años el secreto de su participación en la redacción de los Protocolos. El historiador Lepekhin recién pudo obtener las pruebas de sus sospechas cuando se abrieron los archivos soviéticos, en 1992.
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Cuando murió, en 1920, recién comenzaban a aparecer las primeras traducciones en inglés, alemán y francés. Ese año, precisamente, los Protocolos fueron legitimados por el diario que estaba considerado como el más serio del mundo: el 8 de mayo de 1920, The Times de Londres publicó un editorial titulado "El peligro judío, un panfleto inquietante. Hay que investigar".
El aspecto más asombroso de la historia de este libro reside en que, aunque la falsificación fue rápidamente descubierta, siguió expandiéndose como un virus imparable. Un año después de haberlo legitimado involuntariamente, The Times volvió sobre el tema para reconocer su error. El diario británico fue el primero, en definitiva, que puso al descubierto la falsificación gracias a una investigación realizada por su corresponsal en Estambul, Philip Graves, que reprodujo la confesión de Mikhail Raslovlev. Ese ruso blanco refugiado en Turquía le confesó que los Protocolos eran una burda copia del explosivo panfleto de Maurice Joly contra Napoleón III.
Pese a todo, el libro "vivió". En la década del 30, algunas editoriales que no tenían particulares inclinaciones antisemitas lo publicaron sin ruborizarse. En Francia, por ejemplo, una editorial reconocida como Grasset publicó la primera edición en 1921 e hizo varias reimpresiones hasta 1938. En Estados Unidos, Henry Ford -convencido de su autenticidad- insistió para difundirlo a través de la prensa que tenía bajo su control.
La historia más dramática de los Protocolos comenzó a partir de los años 20, cuando fue recuperado por la propaganda nazi para justificar el contenido antisemista de su ideología. En 1923, el ideólogo Alfred Rosenberg le dedicó un largo trabajo de análisis. Después de la llegada de los nazis al poder, el responsable de la propaganda, Josef Goebbels, dio instrucciones de distribuir el libro y defender la tesis de su autenticidad.
Incluso en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, el periodista francés Henri Rollin publicó un libro de 832 páginas, El Apocalipsis de nuestra era, en el que desmitificaba los Protocolos. Como corresponsal en Moscú del diario Les Temps, predecesor de Le Monde, Rollin había obtenido numerosos testimonios y documentos que probaban el origen plagiario del texto, denunciaba su contenido y describía los circuitos que habían permitido su difusión. Destruido cuando los nazis llegaron a París, el libro de Rollin acaba de ser reeditado hace pocas semanas. En el momento de su primera aparición, sin embargo, nadie prestó demasiada atención a sus advertencias ni creyó en las hogueras que presagiaba.
LUISA CORRADINI
(la nación, 20.11.05)
22.11.05
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