30.7.10

el día que estuve orgulloso de mi perro

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En más de 14 años, podía contar con un puñado de situaciones en la que me podría sentirme orgulloso de mi perro. Cuando era un cachorro de orejas más largas que las patas, desatándome los cordones del zapato con los dientes; cuando hizo una distracción yendo para un lado y corriendo para el otro, para robarme una milanesa de mi plato; el día que se robó una suprema del mismo horno; la noche de ese viernes que salió a ladrar en su patio de Villa del Parque, en el mismo momento que mi mamá, su dueña, moría en una terapia intensiva en Saavedra; la noche, ya con más de cinco años, que aprendió que si no hacía pis en mi cama, podía dormir adentro; cada día que se bancaba, sin un mordisco, mis inyecciones de su tratamiento del HANSI para vencer un tumor con la ayuda de su Dra. Gabaglio; aquella noche que me despertó, pidiendo salir, al mismo tiempo que mi papá, su dueño, apuraba su último aliento en la cama a mi lado; cada ladrido con los que me recibía de regreso del trabajo; la tarde que se escapó y tuve que correrlo ocho cuadras para traerlo en brazos, antes de que cruzara la Avenida Beiró sin mirar.

Pero hubo un día que estuve, verdaderamente, orgulloso de mi perro. Y fue hace unos días.

La ola polar que azotó Buenos Aires hace un mes, le pegó fuerte a su cuerpo de perro viejo de 14 años. Dejó de moverse, por el dolor de su cadera. Al no poder moverse, dejó de comer y tomar agua y dejó de hacer pis. No era lo mejor para su situación cardíaca congénita, un soplo y arritmia que empezaban a pasarle factura con una tos seca.

Estufa, calmantes inyectables, para que lentamente empezara a moverse, las patas chuecas, temblando, deslizándose hasta el suelo sin poder sostenerse.

Fue entonces que saltó a su caja-taburete para subir a la cama donde dormía todas las noches y se tambaleó. Cayó fulminado, las patas levantadas, el hocico trabado, ojos perdidos en síncope.

Lo sacudí y empezó a respirar forzado. Le llevó una hora recuperarse. No creí que pasara la noche. Pero lo hizo, agitado, tirado sin moverse sobre la cama.

Ni bien salió el sol, apuntó para la escalera que da a la terraza, para hacer pis. No podía moverse, pero se animó a poner una pata en el primer escalón.

Lo levanté en brazos y lo llevé arriba, en ese día de sol, el más frío de los últimos años.

Caminó un poco para allá, otro para acá y se cayó fulminado de vuelta.

Corrí a su lado, pero esta vez no estaba en colapso: se había caído del dolor y orinaba para un costado, las patas duras, por primera vez en día y medio.

Era un perro pudoroso y esa situación, se le notaba en su cara, le molestaba. Yo festejaba que sus riñones estaban bien, sin importarme lo grotesco de su posición.

A la noche, intentó de nuevo. Esta vez se tambaleó a un lado, apenas pasar la puerta que da a la terraza y se cayó de trompa.

Lo levanté y volvió a caminar, vacilante en cada paso.

Encaró hacia la misma maceta donde hizo pis por la mañana, arrimado en un bailecito que demostraba todo lo que le costaba levantar la pata para orinar.

“No va a poder” me dije “Le duele mucho. Se va a volver a caer”.

Me acerqué para atajar otro porrazo.

Entonces, Micky levantó la pata, apoyándose en el borde de la maceta, y orinó un rato largo, haciendo equilibrio con la pata trasera que temblaba por el esfuerzo.

En ese momento, viéndolo salpicarse las patas con el pis, sosteniéndose a duras penas, enclenque y débil como nunca, 24 horas después de caerse redondo de un síncope, me sentí orgulloso de mi perro.

Estaría viejo, con un cáncer encima, el corazón agrandado, los huesos doloridos, cansado y listo para entregar el equipo, pero no se iba a retirar sin dignidad. Aunque doliera, iba a levantar la pata y pillar como un perro macho que se precie de tal. Pillar con la dignidad que siempre tuvo. Aunque al hacerlo doliera el alma.

Apenas ayer, se murió en mis brazos en una madrugada no tan fría.

Todas las cosas que fue se fueron con él, boqueando como un muñeco deshecho, ronqueando el último latido de su corazón exhausto. Cuando entró en la noche, todo se perdió. Y cada día que pase, más se irá perdiendo. Para perderse del todo cuando, yo también, entre en la misma noche y borre conmigo su recuerdo.

Si la noche es inevitable, el último recuerdo de Micky que espero arrojar a la negrura profunda de la oscuridad, es esa imagen de las patas chuecas, haciendo equilibrio, para pillar con dignidad.

Y si no lo es, espero que Micky, en su nube eterna, esté tan orgulloso como estuve yo, viendo a su dueño afrontar el final, con la misma dignidad que él tuvo.

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10 comentarios:

Bella dijo...

Se nota que lo adorabas... el sentimiento que transmiten tus palabras casi me hace llorar.

Todos los perros van al cielo y este no será una excepción. Quizás, ahora se encuentre con mi Jessie (que murió hace tantos años ya) y se hagan amigos.

Abrazote fuerte!!

Marcelo De Biase dijo...

Ojalá exista ese cielo y si existe, pichichos como Micky y Jessie tienen que tener un lugar asegurado.

Y... sí. Lo adoraba. Y eso que era un perfecto rompepelotas que no me dejaba un segundo tranquilo, todos los días con una maña nueva. Pero era un perro muy noble.

Gracias x tu comentario, Bella. Un beso.

Tanzila dijo...

hace poco perdí a mi gata, después de 19 años de estar conmigo, prácticamente toda mi vida, y lo que contaste es cierto. Ella murió luchando hasta el final contra un cáncer, pero su cuerpito no daba mas, sin embargo, estando en las ultimas, no solo iba a hacer sus necesidades en las piedritas sino que se lavaba como podía y dentro de su dolor nunca dejo de ronronear y amasar y demostrar cariño como siempre lo hizo. Y yo también estuve y estoy orgullosa de ella...

Saludos!

Marcelo De Biase dijo...

Animalitos nobles, Tanzila. Un recuerdo para ellos. Muchas gracias por tu comentario.

Carito dijo...

Marcelo, tu perro tuvo mucha suerte de haberte tenido como dueño! gracias por poner en palabras este trance, a mi me tocó vivirlo y me había quedado solo con la bronca, la impotencia y el dolor,
un beso enorme
carito

NR dijo...

Tengo a mi Chaco con 14 años, un cachorro cuando quiere. Y sufro el día que se vaya. Por ahora, lo mimamos mucho al famoso por su mal caracter y sus mañas, pero que todas las noches duerme en mi cama conmigo y nos charlamos del día. Nos ha dado sustos, así que entiendo el sentimiento.
Gracias por hacerme acordar cuanto lo quiero!

Marcelo De Biase dijo...

Carito y NR y todos los perreros y mascoteros que comentaron en Oblogo: muchas gracias por sus comentarios y por hacerme ver que la experiencia no es única, que hay una intuición pura en nuestros animales que comprenden, como nos cuesta aceptarlo a nosotros, que la muerte es una transición, una etapa. Esa dignidad final es la que quise transmitir en el post y veo que pude, afortunadamente, lograr el objetivo. Un saludo a todos y mimen a sus bichos mascotas.

aguzuri dijo...

Medio tarde mi comentario, pero recien agarre la Oblogo 44 y vi lo que escribiste asi que me vine a tu blog.

La Oblogo me hace cagar de risa, pero nunca me había hecho llorar. Gracias =)

Anónimo dijo...

Leí tu relato en Oblogo, y me emocioné junto con Rocket, que en ese momento tenía 15 años: un caniche toy mezcla con maltés que llegó a mi vida en el '95 como si fuera mi tercer hijo. Lloré porque a él ya le costaba un poco subir las escaleras y ya no lo sacaba casi a pasear (con todo lo que eso implica) ni dejaba que se subiera a las camas para que no se golpeara al caer. El 28 de junio pasado tuve que cumplir la promesa que le había hecho de que no iba a dejar que se arrastrara (las patas traseras se le fueron "desconectando" por la columna hecha pomada, además de la tos del corazón), pero también mantuvo su dignidad mientras la doctora (llorando conmigo) preparaba la jeringa, sentado como los caballos, con las patas traseras extendidas y haciendo equilibrio. Lo miré a los ojos hasta que vi que ya no tenían luz (bueno, atrás de sus cataratas) porque soy "la dura" de la familia y siempre me hago cargo de los momentos más jodidos (y de los comentarios pelotudos posteriores). Me puse a buscar tu publicación para leerla por prescripción médica (te juro: mi médico me dijo que lo llore). Yo no soy bichera: salvo una tortuga (obvio: "Manuelita") y un jilguero heredado (que se fue justo después que su dueña, en el geríátrico) le sigo teniendo miedo a los cuatropatas que me cruzo sueltos porque los dueños no quieren cuidarlos (sí: llevarlos sueltos por la calle, es no quererlos...) Gracias. Por leerme, por la paciencia (o por entender). Esto fue "sólo" catarsis. Sólo eso. Gabriela.

Cecilia dijo...

ay, Dios, como lloré!!! Lo acabo de leer en Oblogo y tenía que entrar a decirte lo conmovedor que fue. Ojalá que mi perrita, que tiene 8 meses y está durmiendo al lado mio, me acompañe tanto como Micky a vos. Un beso grande desde Corrientes.