15.1.11

del archivo chatarra: los canales de Marte

super chatarra special

En el especial sobre el planeta Marte, publicado en julio de 2004 (http://www.superchatarra.com.ar/edanteriores/julio2004/cientificos.htm) contamos la historia del astrónomo Percival Lowell que vale la pena volver a rescatar en este post.

Lowell era un millonario norteamericano que se dedicó a la investigación astronómica del planeta Marte. Montó su observatorio en Mars Hill, Flagstaff, Arizona, un lugar alejado de las luces de las grandes ciudades, con una atmósfera límpida para poder ver con nitidez al planeta rojo.

La astronomía, en esos años, era un trabajo tedioso y de mucha paciencia. El astrónomo, frente al telescopio, observaba durante horas hasta que la imagen se estabilizaba; en esos breves segundos en los que el objetivo se veía con la suficiente claridad, el astrónomo debía capturarla en su mente todos los detalles para registrarlos en su libreta de apuntes.

En esas noches, enfocando a Marte con su telescopio, Lowell divisó una serie de accidentes en la superficie del planeta, un patrón que se repetía en cada visión. A medida que completaba el mapa de Marte, Lowell descubrió que se formaba una intricada red, un laberinto que unía los polos del planeta. Se convenció que estaba viendo la presencia de construcciones artificiales, creadas por alguna entidad extraterrestre. Esos laberintos no eran otras cosas que una red de canales que distribuía, la escasa agua del planeta, desde los polos al resto de Marte.

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Lo que Percival Lowell presenciaba era la existencia de extraterrestres. La prueba de una civilización que luchaba con ahínco, en un planeta semidesértico, por persistir.

Pese a las opiniones contrarias de otros astrónomos, quienes negaban ver lo que Lowell aseguraba ver, la existencia de los “marcianos” se difundió en la opinión pública y eso fue el empujón para que naciera la moda de los marcianos.

En 1916, Percival Lowell falleció con la confianza de que había revelado, a través de su telescopio, la prueba de vida inteligente en Marte.

Cuando en noviembre de 1971, el Mariner, en órbita sobre el planeta rojo, tomó imágenes mil veces más precisas de la superficie marciana, se constató que los canales marcianos de Lowell existían sólo en su imaginación. Comparando los mapas registrados por Lowell, con las imágenes del planeta, no había ninguna concordancia con formaciones naturales que pudieran haber dado la errónea idea de una construcción artificial.

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“En la posición de la mayoría de sus canales no había manchas oscuras ni cadenas de cráteres. Allí no había rasgos en absoluto. Entonces, ¿cómo podía él haber dibujado los mismos rasgos año tras año? ¿Cómo pudieron otros astrónomos algunos de los cuales dijeron no haber examinado con detalle los mapas de Lowell hasta después de sus propias observaciones dibujar los mismos canales?” se preguntó Carl Sagan en “Cosmos”. “Lowell siempre dijo que la regularidad de los canales era un signo inequívoco de su origen inteligente. Y no se equivocaba. Sólo falta saber en qué lado del telescopio estaba la inteligencia” se contesta.

Percival Lowell creyó, honestamente, haber visto las obras de los marcianos. Su error pudo haber quedado como una rareza en la historia de la ciencia. Pero su traspié permitió, a la humanidad, incorporar el arquetipo del alienígena. Fueran hombrecitos verdes o lagartos con tricota o seres telepáticos de ojos rasgados, desde Lowell, el imaginario de la humanidad contemplaría la posibilidad de que no estamos solos en la vastedad del Universo.

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