19.12.12

cuando Discepolín fue un chupamedias

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Un rasgo genético característico del peronismo es la obsecuencia. En especial, de la chupada de medias de la comunidad artística, vicio no exclusivo de estos tiempos. Por la plata salta el mono y muchos de los incondicionales del coro adulón, dan hurras mientras se llenan los bolsillos gracias a su oportuna cercanía al poder. Otros, no. Creen sinceramente en lo que apoyan (cosa que no es reprochable y hasta sano en la disputa democrática) pero sobreactúan la lealtad al grado de tener que aceptar lo inaceptable. Si se está con la causa, hay que aceptar todo, aunque el artista militante tenga que ignorar que otros artistas como él, por pensar distinto, se queden sin trabajo o tengan que partir al exilio.

En las épocas del primer gobierno peronista, próximos a la reelección de Perón del ‘51, al gran Enrique Santos Discépolo le tocó, tristemente, el papel de chupamedias oficial. Y el resultado, para el poeta, significaría nada menos que la muerte.

Discépolo era peronista y muy amigo de Perón, a quien conocía desde antes de que fuera Presidente, cuando con Homero Manzi lo entrevistaron, representando a los autores, para levantar la censura al lunfardo que la Revolución del '43 había impuesto a las letras de tango.

De simpatías anarquistas, Discépolo no comulgaba con la dimensión militar de Perón y no había querido participar directamente de la militancia oficial. Pero cuando en 1951, ante la reelección, Perón le pide su ayuda para participar de un programa radial partidario, Discépolo respondió como amigo y aceptó el pedido.

El aparato de propaganda del régimen peronista había pergeñado un programa radial por donde pasaban artistas afines al gobierno, apoyando a Perón. Nombres como Tita Merello, Lola Membrives, Luis Sandrini, Pierina Dealessi, Juan José Miguez pasaron por el programa, sin repercusión alguna. Es entonces cuando Raúl Apold, el zar de los medios oficiales de propaganda del régimen, convocó a Enrique Santos Discépolo. Discepolín mira los libretos de Abel Santa Cruz y Julio Porter y, no totalmente convencido del guión, mete mano y escribe sus propios textos, en el micro radial que se llamaría “¿A mí me vas a contar?”.

A los pocos programas, Discépolo inventa un personaje, Mordisquito, el non plus ultra del gorila antiperonista, al que interpela en sus monólogos a favor del gobierno. Para darse una idea del tono del programa de Discépolo, vale escuchar este fragmento rescatado del archivo:



“La vocecita aguda, chillona, empezó a molestar a la gente decente” comenta con sorna Norberto Galasso. Cabe preguntarse qué opinarían los artistas que, por pensar diferente o por ganarse la animadversión del poder, debieron emprender el camino del exilio para poder comer. ¿Cómo le caerían a los intelectuales que mantuvieron su libertad de pensamiento, su derecho a disentir, escuchar a Enrique Santos Discépolo azotarlos con monólogos como éste?:



“A él nunca lo obligaron a decir algo que no quería. Él lo conocía a Perón desde que éste era teniente coronel y tomó lo de Mordisquito como una obligación para consigo mismo. Lo angustió mucho la reacción de algunos amigos que dejaron de hablarle, le quitaron el saludo. Él no podía soportar que lo creyeran obsecuente. Jamás lo fue” confiesa su mujer, la cantante Tania, en un reportaje. Habrá que darle la razón. Discepolín puso el cuerpo por su amigo, sin ánimo de lucro. Y ahí dejó pedazos de su piel. “En media hora liquido cada audición” le cuenta a Enrique Cadícamo “en una de ésas porque me jode hacerlas”.

Sus amigos lo dejan de lado. Personalidades del ámbito artístico como Francisco Petrone, Arturo García Buhr u Orestes Caviglia lo cuestionan y le retiran el saludo. Ricardo Balbín, líder opositor de la UCR, lo acusa de venderse a la dictadura. Sus seguidores, decepcionados por lo que consideran su traición, llaman a la radio para putearlo. Algunos van más allá: le envían paquetes con pedazos de sus discos, destruidos a martillazos, mezclados con materia fecal.

Discépolo baja los brazos. Sentado en su sillón, afectado de brucelosis, se deja morir. “Esa angustia nunca me la transmitió a mí. Nunca me dijo nada. Creo que esto tuvo mucho que ver con su muerte. El cansancio y esta angustia” recuerda Tania.

Tras el triunfo electoral de Perón, Discépolo le da su solidaridad ante el fallido golpe militar de ese año del General Menéndez: “Si mi esqueleto sirve para algo, lo pongo a su disposición” aporta, no exento de humor negro.

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A fines de año, la revista Mundo Radial publica su última foto, con un vaso de whisky en la mano, proclamando en el último estertor chupamedista que “Perón es la patria, Eva Perón es nuestra bandera, el puente para el goce pleno de esta felicidad tan criolla”. Minada su salud, Discépolo le sugiere a Perón que quiere salir de viaje, subirse a un barco y pasear por México y Europa. Perón le pide que espere, que pasen juntos la Navidad en San Vicente, como en años anteriores. “Usted tiene que aplicarse inyecciones todos los días. Mejor quédese aquí hasta finalizar el tratamiento" insiste Perón; “Las últimas inyecciones me las van a dar en el sobretodo” profetiza Discepolín.

El final se acerca. Invita a Mariano Mores a pasar el verano del 52 en Pinamar, pero éste se excusa, por una gira que tiene dar en Brasil. No podrá reparar la falta. Discépolo deja de comer. Sólo fuma y bebe whisky. No llegará a 1952.

Se deja caer en su sillón y se va yendo lentamente. Lo visitan los amigos, quienes intuyen el final. Tania no se da cuenta de la gravedad de su estado.

El 23 de diciembre de 1951, un día antes de Nochebuena, poco después de las diez de la noche, atravesado por un dolor en el pecho, Enrique Santos Discépolo muere. Tania dice que la nombró poco antes de morir; otras versiones, dan un descriptivo “tengo frío”, como sus últimas palabras.

En la capilla ardiente en SADAIC, esperan Aníbal Troilo, Catulo Castillo, Benito Quinquela Martín. A las dos de la mañana, llega Juan Domingo Perón a dar sus respetos al hombre que murió de tristeza. “Él pensaba que lo querían y lo despreciaron” dijo Tania “Sintió mucho la falta de compañeros, de amigos que le dieran la mano. En fin, murió porque quiso morir. Porque cuanto Perón más ayuda le daba, -no monetaria sino cariñosa-, él más se entristecía por la forma que actuaban sus compañeros”.

El primer homenaje que recibe es de las bataclanas del Malibú quienes recogieron las flores de las mesas del cabaret y las llevaron al velorio. El tributo que, seguramente, hubiera elegido Discepolín.

Tendemos a desear que los artistas populares tengan la completa integridad, el entendimiento total, para saber separar el trigo de la paja y, sostener sus ideas, sin caer en la bajeza de la obsecuencia ni del chupamedismo.

En estos tiempos de crispación, se ha reeditado el triste capítulo discepoliano de sus charlas de radio, valorizándolo como un ejemplo de militancia, silenciada por la “historia oficial”. (Lo podemos ver en uno de los videos subidos que encuentra la traducción de la antipatria, en actuales políticos, para proseguir con el sonsonete “nosotros los buenos; ellos, los malos”). En realidad, el silencio es una forma de respeto a un artista genial que se equivocó a lo grande (por amistad, por compromiso o por convicción, no importa ya). Discépolo ha dejado su marca en la historia, no por su obsecuencia alineada al discurso oficial, sino por sus obras, sus tangos geniales, incorporados ya a la cultura nacional.

Se lo trató con mucha dureza. Es cierto. Con la misma violencia que campeaba en esos años turbulentos, en el lenguaje, el maltrato cotidiano, el ninguneo al otro. Y eso lo mató. Pero vale escuchar sus palabras de entonces para encontrar que tampoco él trató con menor dureza a la gente que pensaba distinto, a los que no le da otra posibilidad que la alternativa de bajar la cabeza y aceptar, en sumisión y silencio, su derrota.



“No comparto tu opinión, pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarla” fueron las palabras de Voltaire que deberían ser la máxima primera de un intelectual, de un artista. La libertad que Discépolo tenía frente a un micrófono, no la tenían los opositores de Perón. Y Discepolín no era tan ingenuo para saberlo.

El juego rastrero de la política nacional de esos tiempos, con viejas mañas que aún seguimos padeciendo, le explotó en la cara. Y, solo, confundido por la respuesta de su travesura, se dejó morir.

Los otros, los que se arrastraron por conveniencia económica, sobrevivieron. Y siguieron dando saltos genuflexos, en gobiernos posteriores.

FUENTES:

Artículo en el site “Todo Tango”:
http://www.todotango.com/spanish/biblioteca/cronicas/mordisquito.asp

Entrevista a Tania de Antonio Rodríguez Villar, en el mismo sitio:
http://www.todotango.com/spanish/biblioteca/cronicas/tania2.asp

Otro reportaje a Tania, publicado en “La Opinión” de diciembre de 1972:
http://www.elhistoriador.com.ar/articulos/general/discepolin_por_tania.php

Un post del sitio Cronológicos:
http://cronologicosdigital.com.ar/mordisquito-el-rostro-oculto-de-enrique-santos-discepolo/

El artículo “Discepolismo, ensayos filosóficos en tiempo de tango” de Osvaldo Vergara Bertiche:
http://www.elortiba.org/discep.html

Un artículo en “Clarín” de diciembre de 2006:
http://edant.clarin.com/suplementos/cultura/2006/12/23/u-01332623.htm

1 comentario:

Globoludo arrepentidisimo dijo...

Hoy también tenemos una legión de chupamedias que son funcionales a la corrupción que tomó el poder: Lanata, Majul, los Leuco, Doman, Mirta, la ex prostituta y ahora señora Pamela David, y tanto corrupto funcional a la mierda gobernante.

Nos ocultan todos los negocios que están llevando a cabo en beneficio personal y en detrimento de la Nación Argentina. Y lo hacen por boludos como yo que lo voté a este Hijo de Mil puta de Macri.