20.12.12

últimos recuerdos de pettoruti

Finalizamos con los últimos párrafos seleccionados de la biografía de Emilio Pettoruti que fuimos reproduciendo durante el transcurso de este año.
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Siempre hay un buen hado que facilita las cosas y no quiero olvidar aquí, puesto que aquí se sitúa, una anécdota ligada a mi cuadro El flautista ciego. Se lo había prometido como regalo a Pedro, mi cuñado; pero en el país se habían lanzado ya tantos úcases prohibiendo la entrada y salida de las obras de arte, que no me atrevía a tentar los trámites que sabía largos, engorrosos, y a menudo inútiles.

Mi compañera, que partía a Chile, decidió cruzar la Cordillera en tren, pensando que las autoridades aduaneras de la alta montaña estarían menos al corriente de las cédulas imperiales. Así, envolvió el cuadro como un paquete y lo colocó en la rejilla. Pero el guarda fronterizo advirtió el bulto y preguntó de qué se trataba. Le respondió la verdad: se trataba de un cuadro pintado por su marido, quien se lo mandaba a un hermano. El hombre frunció las cejas mientras miraba el cuerpo del delito y terminó por decir a la viajera imprudente: -“Está bien, por esta vez, pase; pero para otra vez, señora, no me sale sin los papeles. Porque así como se trata de un cuadro pintado por su marido, también hubiera podido tratarse de una obra de arte”.

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Gabriela Mistral estaba muy lejos por aquellos días de ser la mujer que conocí en Buenos Aires en el apogeo de sus fuerzas físicas y mentales. El cuerpo en reposo, ahora parecía meditar sin prisa excesivas las ideas que iban surgiendo de una charla más bien corriente, y buscar a veces el hilo de la oración comenzada, que parecía escapársele.

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… encontré que seguía siendo París, el París que todos sueñan sobre los almanaques, las tarjetas postales y las guías del Metro; en todo caso, la única capital del mundo donde se puede vivir y trabajar tranquilo sabiendo que nadie vendrá a disputarnos el aire que respiramos, porque cada cual aprendió de muy buena fuente que el aire circula para todos.

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Dejé la patria con mucho dolor, porque quedaba bajo el dominio de una dictadura oprobiosa que se me hacía difícil sufrir, y que amigos muy queridos padecían en la carne, tan estrechas se hacían las cárceles para mantener el libre pesnamiento. No podía seguir trabajando con felicidad en ese clima espiritualemnte descompuesto, moralmente aflictivo, en el que la delación se había convertido en moneda corriente.

EMILIO PETTORUTI
“Un pintor ante el espejo”

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