20.8.13

las tribulaciones de un chino en China como Borges

En el post de ayer (http://libretachatarra.blogspot.com.ar/2013/08/las-tribulaciones-de-un-chino-en-china.html), contamos cómo nació el desafío de especular como Jorge Luis Borges hubiera escrito la novela “Las tribulaciones de un chino en China”. Acá tomamos el guante y garabateamos nuestra versión del cuento. ¡Perdón, maestro! Está hecho con respeto y cariño.
la orden del puñal

La Orden del Puñal surge de un sueño del Sublime Emperador, de la interpretación de un adivino y del consejo susurrado de un ministro. El sueño, concebido en las auroras del amanecer, habla de un barco y de dos conejos; de un barco y cuatro conejos; de un barco y ocho conejos; y así en forma repetida hasta que el barco colapsa por el peso de las generaciones sucesivas. El augurio traduce el barco como China, los conejos como los súbditos del Emperador, el naufragio como el futuro del Imperio. El consejo del Ministro, adelantarse al porvenir con la organización de una orden secreta que apure la hora de la muerte de cada chino para mantener estable su número.

La orden tomó el símbolo del puñal como mero sinónimo del asesinato. Fue prolijamente eficaz en las primeras horas del Imperio. Cada chino tenía asignado, en forma secreta, a otro chino a quien matar, sin saberse cuándo, cómo y en qué momento dicho evento sucedería. Las asignaciones se cumplieron de modo escrupuloso y con aceitada eficiencia. Los secreta tarea de los sectarios mantuvo el orden y el esplendor del Imperio.

Con el paso de los siglos, sin embargo, cuando el Imperio empezó a mostrar los signos de su decadencia, la Orden no le fue en zaga. Las asignaciones se retrasaron arbitrariamente o se adelantaron sin motivo alguno. Las ejecuciones perdieron belleza, tornaron burdas, torpes, crueles y hasta (hay que admitirlo) incluso inconclusas. Llegó el día en que, junto al Imperio, la Orden se disolvió en la bruma.

No obstante, aún hoy algunos aseguran que la Orden continúa con su secreta tarea. El Imperio es el planeta y si bien, como en sus comienzos, cada uno tiene asignado un nombre nadie puede asegurar que los miembros (que suman tantos como los habitantes de la Tierra) estén conscientes de su misión.

Yo, que bajo las ramas de un cerezo en flor, intuyo su existencia, su escala y su función, escribo sobre la Orden sin saber si soy el que empuña el puñal o al que les está dado recibir su filo.

Quien puede decir que, tal vez, sin saberlo, sea también los dos.

No hay comentarios.: