6.5.17

frases de “Frantz”



¿Sabe usted quién ha dejado las flores en la tumba?

Amo a Alemania. Pero amaba aún más a mi hijo.

-¿Ella lo ama?
-Ella me amará.

-Conmigo olvidarás a Frantz.
-No quiero olvidarlo.

Cada francés es el asesino de mi hijo.

Tiene usted razón, doctor. Yo también era un soldado y también soy un asesino.

Gracias por sus lágrimas y por las flores en su tumba.

-Disculpe a mi marido. Él amaba tanto a Frantz… nuestro único hijo. Él preferiría haber muerto en su lugar.
-Yo también.



Fui a buscarlo a su hotel, para ir al Louvre. Entre amigos. Era un hermoso día. Estaba feliz de ver los cuadros. Y yo también. Y nos detuvimos frente a las pinturas de Manet. Recuerdo... recuerdo que le gustaba uno en particular. La pintura de un joven pálido, con la cabeza hacia atrás.

Esta noche, fue como si Frantz hubiera regresado. Que Dios lo bendiga.

A menudo hablábamos en francés. Era nuestro lenguaje secreto.

Había olvidado esto. El ruido del viento entre las hojas...

Mi única herida es Frantz.



-Frantz debe haber sido feliz aquí.
-Sí. Pero todo se ha roto. Yo lo obligué a alistarse. Yo lo envié al combate. Era su deber. Servir a nuestra patria.
-A mí también me lo dijeron.

Es como el corazón de mi hijo. Lléveselo a Francia.

En la escuela, los niños franceses aprenden el alemán. Y los alemanes aprenden el francés. Y cuando crecen, se matan.

Toque algo para nosotros. No tenga miedo de hacernos felices.

Señores, este joven ha venido de Francia para poner flores en la tumba de mi hijo. Entonces, respétenlo.



¿Es él quien mató a tu hijo? ¿Y mi hijo? ¿Y mis dos hijos? Y a mi hijo, sus hijos, los de ustedes y sus dos hijos… ¿quién los envió al frente? ¿Quién les dio municiones y bayonetas? Nosotros… sus padres. Tanto en este bando como en el otro. Nosotros somos los responsables. Y cuando de a miles matamos a sus hijos, hemos celebrado nuestra victoria bebiendo cerveza. Y cuando son nuestros hijos los que han sido matados, ellos han festejado su victoria bebiendo vino. Somos padres que bebemos por la muerte de nuestros hijos.

De repente, me encontré frente a un hombre. Él, un soldado alemán. Yo, un soldado francés. Su mirada era tan enorme, tan desesperada. Nunca sabré si expresaba la tristeza de morir o la piedad de verme matarlo.

-¿Por qué has venido aquí?
-Para pedirte perdón. Para liberarme. Para conocer al hombre al que había matado.

-Entonces, el Louvre, los cuadros de Manet, las lecciones de violín... ¿nos has mentido?
-Sí. Porque soy un cobarde.
-Y tal vez porque nos hacía bien, a todos.

-Es inútil. Les dije todo.
-Y ¿cómo reaccionaron?
-Como padres.

Guardo en un bolsillo, en mi corazón, la rosa que me has enviado en tu última carta. Prométeme, querida Anna, si me ocurriera una desgracia, que conservarás tu alegría de vivir y de ser feliz.

¿Por qué lo has hecho? Ya hay suficiente muertos con esta guerra.



-Dios te comprende, mi niña. Él condena la mentira. Pero tu silencio sobre la muerte de tu novio tiene una intención pura, que disculpa tu falta.
-¿No debo decir nada?
-¿Qué aportaría la verdad? Más dolor. Más lágrimas.
-¿Qué sientes tú por el joven francés?
-Ya no lo sé. Él mató al hombre que yo amaba.
-Este soldado francés vino a Alemania para pedir perdón. Perdónalo. Como Jesús perdonó a sus verdugos.

-Yo fui la única que lo apoyó cuando él decidió ir a Alemania. Él quería ser perdonado, tomar el lugar del hombre a quien había matado. Pero... estas cosas son imposibles. Nunca se reemplaza a un ser querido, ¿no es así?
-No lo sé.

-¿Pensaste en Frantz? ¿Es eso?
-No. No. No pensé en Frantz. Pensé en ti, Adrien.
-¿En mí?
-Entonces no has comprendido nada.



-Sabes, Anna, mi hijo es un muchacho frágil. No hay que hacerlo sufrir.
-No soy yo quien hace sufrir a su hijo, señora. Es Frantz.

-Anna...
-Es demasiado tarde.
-Sé feliz, Anna.

-¿Usted también ama este cuadro?
-Sí... Me dio ganas de vivir.

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