28.11.09

bebé killer

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Pero no pasa lo mismo con el bebé. Es demasiado pequeño para conocer el amor, o una ley del amor, o cualquier otra cosa, hasta que se lo enseñemos. Y mientras tanto somos nosotros los vulnerables.

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Cuando dejé el cuarto del bebé pensé: es muy simple. Todos los días se ahoga algún bebé. Nadie lo sabrá nunca. Pero cuando volví pensando verlo muerto, David, ¡estaba vivo! Sí, vivo, boca arriba, sonriendo y respirando. Y después de eso no pude tocarlo otra vez.

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El bebé está ahí pensando cómo podría matarme. Cómo matarme de un modo simple. Pues sabe que sé mucho de él. No le tengo cariño; no hay protección entre nosotros, nunca la habrá.

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Alice oía cosas de noche, que se movían en los pasillos. ¿Quiere saber quién hacía esos ruidos, doctor? El bebé. Un bebé de cuatro meses, que andaba en la oscuridad escuchando nuestras conversaciones. (…) Y si yo encendía las luces, un bebé es algo tan pequeño. Puede esconderse detrás de un mueble, una puerta, contra una pared...

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Pero supongamos que un niño en un billón sea... extraño. Que nazca perfectamente lúcido, capaz de pensar, instintivamente. ¿No se serviría de sí mismo como una máscara, una cortina para cualquier cosa que quisiera intentar? Podría fingir que es una criatura común, débil, llorona, ignorante. Le bastaría un pequeño gasto de energía para ir de un lado a otro por la casa a oscuras, escuchando. Y qué fácil le sería poner obstáculos en la escalera. Qué fácil llorar toda la noche y cansar a la madre hasta provocarle una neumonía. Qué fácil, a la hora del nacimiento, estando tan unido a la madre, intentar unas pocas hábiles maniobras y provocar una peritonitis.

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Contésteme, doctor, ¿hay algo en el mundo más egoísta que un bebé? ¡Nada!

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La puerta del cuarto se cerró sola. No pudiste volver a tiempo a la cuna. No pensaste que la puerta podía cerrarse. Algo minúsculo como una puerta que se cierra con el viento puede arruinar el mejor de los planes. Te encontraré en algún lugar de la casa, escondido, fingiendo que eres lo que no eres.

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Tuve que operar para traerte al mundo, pensó. Ahora me parece que tendré que operar para que dejes el mundo...

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—¡Mira, bebé! ¡Una cosa brillante, una cosa bonita!
Un escalpelo.

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(Los textos pertenecen al cuento “El pequeño asesino” de Ray Bradbury perteneciente al libro “El país de Octubre”. Las imágenes son fotos retocadas digitalmente de las obras de la exposición “Identidad Artificial” de Juan Pablo Arce)

Imágenes particulares de la exposición pueden verse en el siguiente álbum en Facebook:
http://www.facebook.com/album.php?aid=169047&id=163209071420&l=85afbc5f93

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