30.11.04

del arte de contar historias

Quizá Homero, o el hombre a quien llamamos Homero (pues ésta es, evidentemente, una vieja cuestión), pensó escribir un poema sobre un hombre iracundo, y eso nos desconcierta, pues pensamos en la ira a la manera de los latinos: “ira furor brevis”. La ira es una locura pasajera, un ataque de locura. Es verdad que la trama de la Ilíada no es, en sí, precisamente agradable: esa idea del héroe malhumorado en su tienda, que siente que el rey lo ha tratado injustamente, emprende la guerra como una disputa personal porque han matado a su amigo y vende por fin al padre el cadáver del hombre al que ha matado.

Pero quizá (puede que ya lo hay dicho antes; estoy seguro), quizá las intenciones del poeta carezcan de importancia. Lo que hoy importa es que, aunque Homero creyera que contaba esta historia, en realidad contaba algo mucho más noble: la historia de un hombre, un héroe, que ataca una ciudad que sabe que no conquistará nunca, un hombre que sabe que morirá antes de que la ciudad caiga; y la historia aún más conmovedora de los hombre que defienden una ciudad cuyo destino ya conocen, una ciudad que ya está en llama. Yo creo que éste es el verdadero tema de la Ilíada. Y, de hecho, los hombres siempre han pensado que los troyanos eran los verdaderos héroes. Pensamos en Virgilio, pero también podríamos pensar en Snorri Sturluson, que, en su más joven edad, escribió Odín –el Odín de los sajones, el dios-era hijo de Príamo y hermano de Héctor. Los hombres siempre han buscado la afinidad con los troyanos derrotados, y no con los griegos victoriosos.

Quizás sea porque hay una dignidad en la derrota que a duras penas le corresponde a la victoria.

(...)

¿Qué pensamos de la felicidad? ¿Qué pensamos de la derrota, de la victoria? Hoy, cuando la gente habla de un final feliz, lo considera una mera condescendencia hacia el público o un recurso comercial; lo consideran artificioso. Pero durante siglos los hombres fueron capaces de creer sinceramente en la felicidad y en la victoria, aunque sentían la imprescindible dignidad de la derrota.


(...)

Es decir, no podemos creer de verdad en la felicidad y en el triunfo. Y quizá ésta sea una de las miserias de nuestro tiempo.


(...)

Los poetas parecen olvidar que, alguna vez, contar cuentos fue esencial y que contar una historia y recitar unos versos no se concebían como cosas diferentes.


(...)

En cierta manera, la gente está ansiosa de épica. Pienso que la épica es una de esas cosas que los hombres necesitan. De todos los lugares (y esto podría introducir una especie de anticlímax, pero es un hecho), ha sido Hollywood el que más ha abastecido de épica al mundo. En todo el planeta, cuando la gente ve un western –al contemplar la mitología del jinete, el desierto, la justicia, el sheriff, los disparos y todo eso-, creo que capta la emoción de la épica, lo sepa o no. Al fin de cuentas, no es importante saberlo.


(...)

Pienso que la novela está fracasando. Pienso que todos esos experimentos con la novela, tan atrevidos e interesantes –por ejemplo, la idea de los cambios de tiempo, la idea de que la historia sea contada por distintos personajes-, todos se dirigen al momento en que sentiremos que la novela ya no nos acompaña.


JORGE LUIS BORGES
El arte de contar historias
Arte Poética

24.11.04

adiós Castelo

Adolfo Castelo

20.11.04

Giovanni Sartori

Fragmento de una conferencia y reportaje a Giovanni Sartori, en “Ñ” de este sábado 13 de noviembre. Algunos párrafos destacables del creador del “Homo videns”:

Ahora ¿tiene un futuro la democracia? Yo respondo: depende de nuestro cerebro. Como escribió Charles Lindblom, “La condición humana es cerebro pequeño, problemas grandes”.

La democracia, decía, es inter alia una ideocracia. Y si las ideas, la capacidad de concebir ideas, se empobrece, al mismo tiempo también la democracia lo sufre.


Porque las ideas hace tiempo están bajo sospecha. En parte, fueron sustituidas por las ideologías (ideas fosilizadas, repetidas mecánicamente sin ser pensadas por nadie), y en última instancia porque fueron debilitadas y devastadas por un crescendo ensordecedor de inculturas. Quiero precisar que por ideas no debemos entender cualquier cosa que nos pasa por la mente. Las ideuchas nunca escasean. Al contrario, todos ideuchamos cada vez más. Pero siguen faltando las ideas que son un producto determinado de la razón, el fruto de pensar razonando. En suma, faltan siempre las ideas auténticas, serias; idea que enriquecen el saber.

En cuanto a la opinión pública, es evidente que la videocracia fabrica una opinión producida por imágenes –por sus imágenes- en la cual ya casi no hay ningún nexo entre opiniones e idas. La televisión en apariencia refuerza, pero en realidad, vacía la democracia como gobierno de opinión. La televisión se exhibe como portavoz de una opinión pública que en realidad es el eco de retorno de la propia voz.


La república necesita sabios; pero la democracia electoral, el demos (en griego, pueblo) votante, no. Y por lo tanto el gobierno de opinión requiere solamente –como su fundamento- la existencia de una opinión pública, de un público que tenga opiniones. La noción está bien definida.

Ya dije que una opinión no requiere prueba. Agrego que las opiniones son convicciones débiles y variables. Si se convierten en convicciones profundas y profundamente arraigadas, entonces hay que llamarlas creencias (y el problema cambia). Y esta precisión ya basta para desbaratar la objeción de que la democracia es imposible porque el pueblo “no sabe”. Esta es una objeción fuerte contra la democracia directa, con un demos llamado a gobernar y a gobernarse por sí mismo. Pero no es una objeción contra un democracia representativa en la cual el demos no decide las cuestiones propiamente dichas sino que decide, con el voto, quién las decidirá. Lo cual significa que a la democracia representativa le basta, para funcionar, conque el público tenga opiniones suyas, opiniones propias, nada más, pero tampoco nada menos.

Técnicamente, y por ende constitucionalmente hablando, las nuestros son democracias indirectas, democracias representativas, basadas en elecciones. Pero en la práctica, tenemos cada vez más frecuentemente un gobierno de opinión basado en las encuestas, y por ende un gobierno de las encuestas que introduce un fuerte elemento de “directismo” en el gobierno representativo. ¿Cómo debemos interpretar este directismo? ¿Cómo un progreso de la democracia? La respuestas depende, obviamente, de la consistencia de ese opinar. Hasta ahora, señalé que era cada vez más hétero-directo. Pero aún así, ¿existe o no? ¿Este opinar tiene un contenido o no?

Los encuestadores se limitan a preguntar a su encuestado “¿Qué piensa de esto?” sin verificar antes si sabe algo sobre eso. Sin embargo, el núcleo del problema está aquí. Está claro que el encuestador comercial no tiene ningún interés en verificar cuál es la consistencia de las opiniones a las que hace referencia. Pero los estudiosos deber verificarlo y por lo tanto deben establecer cuál es el estado y el grado de “no saber” de los grandes públicos. Que es desgraciadamente, colosal y creciente. La gran mayoría de los encuestados no sabe nada, o casi nada, sobre los problemas cerca de los cuales da respuestas.

Entonces debemos seguir, nos guste o no, en la tan despreciada democracia representativa,. Porque todo “directismo”, y a través de él, todo incremento de demo-poder es tal solamente si es sostenido por incrementos de demo-saber, por un demos mejor informado. En cambio nos ensordecen con peroratas que recomiendan “democracias inmediatas” (más inmediatas) que ignoran magistralmente el hecho que precede al problema, y por ende el grado de demos –saber (o no saber).

18.11.04

Bergman en el Cosmos

Momento emocionante, uno de los últimos directores de culto del cine moderno, Ingmar Bergman, en lo que se comenta es su testamento cinematográfico, “Sarabanda”. Película realizada en formato digital, con todo lo teatral que caracteriza la obra de este director. Mucha gente que habla, personajes que desnudan su alma y una reflexión sobre lo perverso que puede ser el amor. Desde una vereda neutral, el film está lejos de ser una obra maestra. Buena, con algunas escenas notables (la última entre Marianne y su hija, por ejemplo), pero no funciona del todo ese aluvión de diálogos y de personajes hablando en primer plano.

No obstante, hay que señalar el apunte sociológico que representa el estreno de una película de Bergman en Buenos Aires. En la función de ayer a la noche, el Cosmos estaba repleto. La cola para entrar a la sala, bajaba la escalera de acceso a la sala, doblaba y volvía a subir. Fauna de psicobolches, Página bajo el brazo, unas cuentas chapas voladas, canas adiposas, anteojos con marco intelectual disimulando los pechos operados, toda una generación que cultivó el cine arte de los 60, mezclados con los pibes, los estudiantes de cine, las minitas con el arito en la nariz o el flaco con bolso y walkman. La nota de color, el encargado de la boletería que le dice al acomodador que mire como está el aire, pasándole un tarro de Glade para que aromatice la sala, entre función y función.

Liturgia cinéfila, festejo con un toque melancólico sesentoso, para despedir (ojalá que no; que se arrepienta y filme otra cosa, aunque tenga 83 años y ya queden pocas balas en la cartuchera) a un genio del cine, a un artista que fue parte de la vida de una generación, de una tribu intelectual de una Argentina que ya no está, que ya forma parte del pasado.

El romance de Bergman y Buenos Aires está intacto, tantos años después.

17.11.04

Terragno

Rodolfo Terragno

Párrafos destacables del reportaje de "La Nación", del sábado pasado, a Rodolfo Terragno.


Hay algo que continúa presente en nuestra sociedad, algo que no nos abandona: tenemos la ilusión de que la Argentina se gane la lotería. Eso está vinculado con nuestra historia. Los sectores sociales dominantes hicieron un gran negocio cuando los países industriales no se autoabastecían de alimentos. Fue la época en la cual se dice que la Argentina era uno de los diez mayores países del mundo. Es una ficción.

-¿Nos engañaron, entonces?

-La Argentina fue una Arabia Saudita agropecuaria. Era una época en la cual el trigo y la carne ocupaban el papel del petróleo. Es una comparación exagerada, tal vez. Toda esta fantasía de que Buenos Aires se parece a París, de que tiene en algunos sectores una arquitectura parisina, es como decir que hay sectores de Riad que tienen una arquitectura neoyorquina. Hay una idealización de ese pasado. Se supone que la Argentina fue rica. Y muchas veces se habla de la pobreza como un hecho novedoso. Hay que ver, en el Museo de Bellas Artes, "Sin pan y sin trabajo", el cuadro de Ernesto de la Cárcova, y hay que ver "Los desocupados", de Antonio Berni. Hay que recorrer la historia del tango con aquello de Cadícamo: "Si habrá crisis, bronca y hambre/que el que compra diez de fiambre/hoy se morfa hasta el piolín". Es la expresión que tuvo la crisis cuando se acabó aquel negocio efímero de alimentar a los países centrales. Siempre hemos esperado la lotería. Se ha ilusionado parte del país con la convertibilidad, con la idea de que habíamos entrado en el Primer Mundo, con las inversiones traídas por la globalización y, ahora, con China.



El hombre de la villa que gana la lotería, medio millón de dólares digamos, a lo sumo sabrá cómo consumirlo o cómo dilapidarlo. Rockefeller sabrá cómo multiplicarlo. Con los países pasa lo mismo. No se trata sólo de encontrar inversores, sino de desarrollar la capacidad de multiplicar recursos. Eso está muy vinculado con la educación, la tecnología y la ciencia. Pero no se quiere entender. La permanente búsqueda de la solución mágica va demorándonos en las verdaderas soluciones. Y, en cuanto la gente está bajo el efecto hipnótico de esos procesos, es muy difícil que se le pueda advertir cuáles son los riesgos.



La convertibilidad tuvo sentido al principio. La Argentina vivió entre 1989 y 1991 un largo proceso de hiperinflación. Había que terminar con eso o eso terminaba con nosotros. El problema se presentó cuando se creyó que era un modelo. Como haber terminado con la hiperinflación tuvo un efecto mágico, se tradujo en poder político. Tanto que Menem fue reelegido y después a mucha gente, incluida la Alianza, le parecía que era un riesgo salir de la convertibilidad, un riesgo que no se podía asumir. Fue la tumba de la Alianza.



Cuando propuse una reestructuración preventiva de la deuda, una salida ordenada del tipo de cambio fijo, atado al dólar, y la sustitución por una vinculación con una canasta de monedas acorde con la composición de nuestro comercio exterior, Rudiger Dornbusch escribió un artículo en el cual decía que había que encerrarme en un jardín zoológico. Fue un gran engaño colectivo.


En la Argentina se divide todo en casilleros. Hay una idea: que político es aquel que vive de la política y para la política. Full time. Eso crea una clase de político que sufre lo que en psiquiatría se llama trastorno obsesivo- compulsivo. Es lo único de lo que sabe hablar; lo único que le interesa es la política. Entonces, usted tiene políticos que no leen filosofía, que no estudian economía, que no saben idiomas. Ahora viajan, pero también viajan las valijas. En la Argentina parece raro que un político haga otra cosa.



No coincido con esta idea de que lo único que puede hacer un político es el oficio torpe de presentarse a elecciones, discutir con otros políticos y reciclar los mismos conceptos.



En Wall Street no saben quién es la "Tota" Santillán, pero saben que este gobierno declaró acreedor privilegiado al Fondo Monetario, que le pagó puntualmente todas sus obligaciones y que le aceptó un superávit primario que no le había aceptado ningún gobierno en la historia desde que la Argentina entró en el organismo.


La última estrategia de desarrollo que ha tenido la Argentina fue a fines de los años 50, con el presidente Frondizi. La Argentina había desarrollado su industria liviana en la posguerra mediante un sistema de protección que obligó a satisfacer toda la demanda interior de bienes de uso con producción nacional. Eso llegó a un límite. Hacia fines de los 50, el desarrollismo imaginó que si se prorrogaba el proteccionismo a los fines de desarrollar las industrias de base y las industrias extractivas, se podía completar la integración industrial. Para fabricar heladeras y neumáticos, el ahorro nacional alcanzaba; para extraer petróleo y fabricar acero, no. Hacía falta capital externo. El plan consistió en abrir la Argentina al capital externo, pero no permitir que fuera donde quisiera, sino establecer un orden de prioridades, para que las inversiones se dirigieran a aquellos sectores que se consideraban palancas de desarrollo.



Vamos a tomar el último Perón y rescatar lo más meritorio que podía tener. Había llevado la concepción de la comunidad organizada al nivel de un acuerdo social. Usted podría decir que hoy sería plantear un modelo como el irlandés, que se basa en planes trienales sometidos al consenso de los representantes de la empresa, del trabajo y de la sociedad civil. Eso sería más o menos defendible. Usted podía estar en contra de Perón, y yo lo estuve, pero Perón, al menos, siempre tuvo una visión, una idea, aparte de las prácticas del peronismo, de los vicios del peronismo y de cualquier juicio que uno hiciera de las calidades personales de Perón. Pero el peronismo se dividió en un sector que adscribió a las ideas neoliberales y otro que se dedica a la gimnasia política. ¿Qué visión hay hoy? No hay allí una concepción, un modelo, una idea. Hoy no hay peronismo, sino una diáspora.

(la nación, 13.11.04)

16.11.04

el Bufón Cultural ataca de nuevo

No importa el signo político, siempre hay un Di Tella en el gobierno para hacernos reír. Desopilantes declaraciones del Secretario de Cultura (sic) de la Nación, Torcuato Di Tella. Y lo más divertido: ¡que el sueldo se lo pagamos entre todos!


"El Gobierno debe resolver primero el problema de los chicos que se mueren de hambre en Santiago del Estero y no en quién es la pelotuda o puta que va a dirigir el Fondo de las Artes".

“Mi modelo es que haya cada vez más grupos peronistas que se aparten del Gobierno.”

"Menem ya sonó. Está medio muerto; sus esfuerzos con la Bolocco lo van a matar, por más que sea fecundación asistida".

"Los Fernández son colegas. Cada uno tiene su pasado. Además, este gobierno es una cebolla".

"La Secretaría de Cultura es un circo; necesito monos, jirafas, enanos y elefantes. No puedo quejarme si hay estiércol en el piso porque con tantos animales es imposible".

"Este es mi circo. Mire, el Museo de la Historia del Traje está bajo mi órbita. Nunca fui ni pienso ir".

"Me gusta figurar. Ahora archivo los artículos en los que salgo, y cuando necesito algún tipo de estímulo sexual, los leo."

Pero al otro día, más del Bufón Cultural, al mejor estilo Coppola: “Me lo pusieron”:

“Esto pasa por decir las cosas como son, y a eso se suma la tergiversación. Me hacen decir cosas que no dije. (...) Yo lo que dije fue que ante el problema de los chicos que se mueren de hambre, el problema del Fondo de las Artes es una puta pelotudez. Yo uso un poco de ironía. Trato de decir las cosas claras y no cosas que no se entienden como muchos intelectuales en este país”.


¡Fuerte ese aplauso! ¡Ídolo Torcuato!

15.11.04

de vuelta al ruedo

Atareados con la actualización de SCSP, el folleto Chatarra Coleccionable y los guiones en el programa de radio “El Gheto” (viernes de 20 a 22 hs. FM Fénix 93.1 o por Internet www.fmfenix.com.ar), descuidamos el weblog durante un largo tiempo. Retomamos la comunicación con los visitantes y vamos a ponernos las pilas para largar un post por día.

Para empezar este reencuentro, comentarios de las películas vistas. Los que siguen SCSP ya habrán visto el comentario de “No sos vos, soy yo” y de “María llena eres de gracia”. Me quedan pendientes las críticas de “El mejor día de nuestras vidas”, película italiana que queda en el umbral. Una película coral, una familia dividida en un día, por la explosión de la verdad. Falta brillantez en los diálogos y un mayor compromiso en el guión. Pero se deja mirar. Una comedia light, con el toque francés, es “El restaurante”. En realidad se mezclan dos historias: la primera, un tipo salva la vida a otro y carga con él por el resto de su vida; la otra, un tipo se enamora del amor de su amigo. Funciona mejor la segunda historia que la primera. Amena y simpática, está justo para el video. La última es “¿Bailamos?”, reprise de una película japonesa. No está mal, es simpática. Pero nos deja la sensación que daba para mucho, mucho más. Le falta poesía y definir qué significa el personaje de Paulina, para Mr. Clark. En mi opinión, ella debía ser el detonante que pusiera en duda su matrimonio. Él se permite mostrarse ante ella, como no lo hace con su esposa. Esa debió ser la línea principal. Igual, tiene buenos momentos (impagable Stanley Tucci) y un par de vestidos apretados de Jennifer Lopez que hace la diferencia. Para pochoclo, sin demasiadas pretensiones.

4.11.04

la frases descarada de la semana

"Estados Unidos crece porque tiene fuertes valores morales y religiosos".
MAURICIO MACRI
Radio Mitre