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28.9.11

hikikomori, la revolución triste

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Hace un tiempo fantaseamos con la Revolución Triste (http://revoluciontriste.blogspot.com/2010/10/el-manifiesto-cero-de-la-revolucion.html), en un blog que quedó inconcluso siguiendo otros caminos creativos. Lejos estábamos de pensar que algunos ya habían empezado a bajar los brazos por su cuenta. A partir de una nota publicada en “Ñ” el sábado pasado (citada al pie), nos enteramos de la existencia de los hikikomori.

El término japonés hikikomori significa “apartarse, estar recluido”. Es un fenómeno que empezó a comentarse en los ’90 en Japón, primero muy aisladamente (acorde al nivel de extrema reserva que caracteriza a la sociedad nipona) y luego, ya en el nuevo siglo, informado con mayor franqueza y grado de especificación. Es una forma de fobia social que afecta a adolescentes japoneses quienes deciden, simplemente, recluirse en un cuarto y no salir por meses (incluso, en casos extremos, años).

Preferentemente se instalan en sus habitaciones (pero ha habido el caso de un joven que “tomó” la cocina de su casa y obligó a sus familiares a construir otra), duermen de día y se pasan la noche conectados con sus videoconsolas, chateando o jugando por Internet. Ante la exigencia de una nación hipercompetitiva, por el temor de no cumplir con las expectativas que la sociedad espera de ellos, prefieren no salir de sus casas y dejan pasar la vida.

La familia japonesa vive esta situación como una experiencia vergonzosa y, en la mayoría de los casos, se prefiere esconder el problema y dejar que el joven tome el tiempo que considere necesario para decidirse a salir cuando lo crea conveniente.

Pueden pasar meses en esa situación. La madre (tradicionalmente la responsable de la educación de los niños del hogar) acerca los alimentos a la puerta del cuarto y respeta el aislamiento autoimpuesto por el chico. Los casos varían según la gravedad, pero hay jóvenes que se pasan meses sin bañarse ni salir de su cuarto.

bbc news

El Dr. Tamaki Saito es el especialista del tema en Japón, uno de los primeros en especificar con precisión el cuadro de esta patología. Con las reservas que pueden expresarse sobre cualquier estadística dada las implicancias íntimas del tema, se habla de que cerca de un millón de japoneses sufren esta patología, alrededor del 10% de los adolescentes.

La reinserción en la sociedad no es completa. Los años transcurridos en reclusión les hace perder a los jóvenes la capacidad para relacionarse socialmente y un retraso en sus estudios y habilidades laborales, a veces, en forma definitiva. Estudios gubernamentales estiman que cerca de un quinto de los hikikomori no logran salir de sus casas y el 10% ni siquiera de su propia habitación – celda.

bbc news

La expansión de la patología ha producido una serie de alternativas para tratar con el problema: clínicas, grupos de autoayuda, tratamientos especializados. Pero el más llamativo es el empleo de hermanas de alquiler, muchachas contratadas para hablar, puerta por medio, con el hikikomori. A veces pasan horas, intentando intercambiar una palabra, alguna acción que sea la primera grieta en el muro que han construido. Por US$ 8 mil anuales, las jóvenes intentan contactarse con los adolescentes recluidos. Las mujeres parecen ser más efectivas para lograr comunicarse con los afectados. Vale aclarar que el 80% de los hikikomori son varones.

Las experiencias de las hermanas de alquiler varían, como es de esperar, pero hay un elemento frecuente que encuentran en las habitaciones de los hikikomori: tres agujeros en la pared. Puñetazos al muro descargados en los momentos de frustración. (Por supuesto, no se excluyen las reacciones violentas, contra sí, contra sus padres y aún contra terceros).

Muchas teorías se han lanzado al ruedo para explicar el fenómeno hikikomori: la presión que reciben los adolescentes varones en los primeros años de sus estudios secundarios que define, en solo un par de años, casi todo su futuro laboral; la relación altamente dependiente que las madres japonesas tradicionalmente entablan con sus hijos (agravado por la alta proporción de hijos únicos en la sociedad); la filosofía japonesa de la dignidad del sufrimiento solitario; el retraso de los padres en pedir ayuda a un psicoterapeuta, por considerar vergonzosa la situación que indicaría (en su opinión) que han fallado en su obligación de padres de educar exitosamente a sus hijos.

Posiblemente, la combinación de estos factores expliquen más, que la elección solitaria de alguno, el problema del hikikomori. Y que esto sea una patología típicamente japonesa (aunque hay algunos casos registrados en Corea del Sur, Singapur y hasta en Argentina), probablemente se explique por las diferencias culturales de las sociedades.

En otros países, los adolescentes abrumados responden con anorexia, bulimia, drogadicción, elección de una tribu urbana, trastornos obsesivos compulsivos. Aunque sea diferente la manera de expresarlo, el mensaje es (básicamente) el mismo.

new york times
FUENTES:

El artículo mencionado de “Ñ”, de Valeria Meiller:
http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Hikikomoris-Tao-Lin-Ellen-Kennedy-Miranda-July_0_562143975.html

Un muy buen artículo en el New York Times de Maggie Jones (en inglés):
http://www.nytimes.com/2006/01/15/magazine/15japanese.html?pagewanted=all

Un artículo en Wikipedia:
http://es.wikipedia.org/wiki/Hikikomori

Un artículo en BBC News de Phil Rees (autor de un documental sobre el tema):
http://news.bbc.co.uk/2/hi/programmes/correspondent/2334893.stm

Un artículo en el portal “Planeta Sedna”:
http://www.portalplanetasedna.com.ar/hikikomori.htm

29.12.10

tu sol oscuro

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20.12.10

adrenalina

Va a más. Al límite. Al borde. Siempre. Lucas hace un culto de “la vida es aquí y ahora”. Y que no hay segundas oportunidades. Extremo. Su vida orilla en el extremo. De chico era el skate. Bordeaba el precipicio de las escalinatas de su escuela para orgullo de su padre y la taquicardia de su madre. Supo darse algún porrazo pero lo soportó sin quejarse. Era el precio a pagar por el mar de adrenalina en el que se sumergía, cada vez que se columpiaba al borde de la profundidad.

“Sentirse vivo”. Pronunció el cliché a los 20, colgado de un ala delta. Al año siguiente escaló un monte de regular altura; sobrevivió a una fractura y a la desorientación del guía (al que tuvo que calmar de un ataque de nervios). Planeaba subir al Aconcagua en un futuro no muy lejano, cuando conoció a Florencia. Bucearon juntos el verano siguiente, en una fosa oceánica del Caribe; ya eran pareja al remontar el Amazonas, en un raid mochilero por Sudamérica del que tuvieron que escapar a los piques del ataque de unos narcoladrones del camino.

Florencia se mudó a su depto tras la primera clase de paracaidismo. Pospusieron el primer lanzamiento cuando Lucas voló de la moto, a más de 200 km por hora. Rodó por el pavimento, se fracturó más huesos de los que podía contarse, incluido un hundimiento de cráneo que lo tuvo al borde del coma por casi un mes. Durante ese tiempo, Florencia no se apartó de su lado, compartiendo el llanto con sus padres.

En rehabilitación, le dijeron que fuera paso a paso, que la recuperación llevaría tiempo. Lucas sorprendió a todos: dio sus primeros pasos a la semana de empezar la terapia física; el alta al mes; al terminar el año, se deslizaba en esquí por las laderas más empinadas, como si nada hubiera pasado. Fue en ese tiempo cuando Florencia se volvió apegada a su sombra.

El viaje en globo lo hicieron juntos y se besaron al atardecer; él le agradeció que no lo hubiera dejado a su suerte en esa cama de hospital; ella le contestó, como al pasar, que no abandonaría jamás al padre de sus hijos.

Apenas se bajó del globo, Lucas llamó para recuperar las clases perdidas en el curso de paracaidismo; Florencia se quejó, pero Lucas cerró trato por teléfono y, a la semana siguiente retomó (solo) la instrucción.

Dos meses después, se arrojó de un avión en vuelo. No hubo fotos de esa experiencia porque Florencia se disculpó por no ir. Lucas se lo echó en cara, la siguiente vez que la vio, ocho días después.

Practicaba artes marciales con sables, más o menos al mismo tiempo que Florencia se alquiló un ambiente en Balvanera. Remontó las olas más grandes de Hawai, subido a su tabla de surf, sin saber ya de ella. Discutió con sus padres, tal vez por su proyecto de escalar el Everest. O por ella. O por su sueño de tocar el Polo Sur.

Pero Lucas era Lucas. Nunca se achicó por nada y siempre fue por más.

Aprendió a navegar y con un velero y un par de amigos del momento, se mandó a una isla en el norte de Brasil. Volvió superando una fuerte tormenta.

Fue cuando la encontró por la calle, con una panza de seis meses, del brazo de un gordito con campera que sonreía tontamente, colgado de su cuello. Le preguntó qué hacía y él le contó, entusiasmado, de su nueva aventura (buceo entre tiburones, jumping desde un puente o una maratón en el desierto; a esta altura, era difícil distinguir, mucho más recordar, la sucesión de sus hazañas).

-¿Y vos? –le preguntó al pasar.
-Acá… -se señaló la panza- Para octubre…

Y él sonrió por cortesía, tal vez exagerando un poco las señales de conformismo. Se despidieron con un beso y él se quedó pensando cuánto había cambiado Florencia, en qué momento se había resignado a la abdicación de la audacia, cuán discretas eran sus perspectivas en la vida.

Arco y flecha fue lo siguiente que cursó. Luego cetrería. Y a pocos días de la muerte de su padre, se calzó la mochila y, con lo puesto, se largó a recorrer Asia, haciendo autostop.

La última vez que lo vimos fue en Facebook. Subió sus fotos colgado en una montaña rusa en Kiev y de su peregrinación a no sé que ciudad prohibida en la frontera indopaquistaní.

2.12.10

mara, hija de desaparecido

“Soy hija de desaparecido” fue casi lo primero que me dijo, después de su nombre. “Yo soy la hija del Pocho Vallejos” declaró.

Puse esa cara de saber quién era el Pocho Vallejos y asentí con esa pompa de “te acompaño en el sentimiento”. Sólo después, cuando volví a casa, tras discutir toda la noche con Mara, por una película que no merecía ni cinco minutos de análisis y reflexión, averigüé en Internet quién carajo era el Pocho Vallejos.

El Pocho era un militante montonero desaparecido en la dictadura, uno de los ideólogos de la toma de la Comisaría de Villa Clara, que salió como el culo, como todo lo que organizaba el Pocho (eso no lo leí en Internet, si no que me lo dijo, a su tiempo, Amalia, la mamá de Mara, una noche de fin de año con una copa de más). El Pocho era más o menos conocido en los círculos intelectuales de esos años, por ser el autor de un libro de poemas (no lo busquen en las librerías; hace tiempo que está agotado) y de un ensayo sobre el compromiso del artista que mereció un premio en un concurso en Cuba (tampoco se consigue, aunque los que lo leyeron aseguran que es una obra menor, rescatada por la actitud militante de su autor que expresa la imperiosa necesidad de que todo poeta debe ser revolucionario y viceversa).

Mara tenía unos meses de vida cuando el Pocho cayó en una emboscada en Parque Chas, delatado por un compañero que se había quebrado en las sesiones de tortura. Mara nunca lo conoció como padre. Pocho siempre fue una foto enmarcada sobre una repisa, junto a un clavel rojo. Por el tiempo que estuve con Mara, llegué a comprender que el Pocho era para ella otra actitud militante, como esa película que no le gustaba, pero que se empeña en defender por obligación social.

“Soy hija de desaparecido” dijo en esa primera frase. Y todas sus otras frases se resumieron (de una u otra manera) en ésa. No sé que hubiera sido de Mara sin esa circunstancia. Pero ese hecho marcó su vida y condicionó todo lo que vino de ahí en más.

Estudiante de sociología, trabajaba en un centro de estudios sociales neomarxista, donde la negreaban por estudiar la discriminación de género en los mercados de trabajos informales latinoamericanos.

Militó en derechos humanos; no faltaba a ninguna marcha; organizó petitorios; recolectó firmas; empuñó megáfonos y cortó calles. Todavía le queda una cicatriz, detrás de la oreja derecha (valga la paradoja) producto de un intercambio de piedras con integrantes del ala dura de la Unión Metalúrgica. Se hizo atea, marxista, feminista, trotskista, latinoamericana, maoísta, progresista, socialista, activista, leninista. Supo tomar decisiones: dejó de depilarse; compraba Página todos los días; no tenía televisión.

Programar salidas con ella, era una actividad complicada. Odiaba el cine norteamericano aunque no sé si abdicó del pochoclo. Lo suyo era el cine arte, las producciones iraníes, el cine político y militante. En su defecto, el teatro independiente, en algún sótano reacondicionado del Abasto. Su buen gusto musical nos llevaba a seguir a los escasos trovadores cubanos que llegaban a estas playas o aquellos artistas del palo, los compañeros que reivindicaban la lucha popular, el fin del capitalismo y el ascenso del pueblo en armas.

Desde que comenzamos a salir, gradualmente, radicalizó su posición. Sentía el peso de una herencia que le impedía, por ejemplo, callarse cuando se servía un vaso de Coca Cola en el cumpleaños de mi sobrino.

En las reuniones sociales, le molestaba las charlas banales, los comentarios sobre casas de veraneo, ofertas en el shopping o la mención del último programa de Tinelli. Todos los encuentros terminaban, invariablemente, en arduas discusiones. Ella gritando, agitando un dedo frente a su interlocutor, denunciando la agresión norteamericana o la explotación popular, pero siempre gritando, siempre enojada, siempre denunciando. Y siempre con el dedo, claro, el dedo agitándose frente a tu cara.

Hubo un tiempo en que, tener en mis manos las tetas de Mara, significaban algo. Después, no sé, las cosas cambiaron, como un Braille que perdió relieve, como si de tanto acariciarlas hubieran perdido profundidad. Coger con ella había dejado de ser divertido. Cada revolcada era una proclama dicha a las apuradas, a media voz, con el gesto enérgico pero urgido. Lentamente dejamos de inventar excusas para acostarnos. (Alguna vez llegué a pensar cuántos revolucionarios no se habrán cargado el mundo por delante para disimular lo malcogidos que estaban).

Aparentaba estar muy segura de sí misma y de lo que pensaba. Eso era lo que le transmitía a los demás. Pero en las tardes de lluvia (su padre desapareció una tarde de lluvia), solía quebrarse. Lloraba tapándose la cara y se justificaba: “Mi papá es un desaparecido. ¿Vos sabés lo que es eso? ¿Sabés lo que es crecer sin haberlo tenido?”. En esos momentos de debilidad ideológica, Mara era deliciosa. La estrechaba contra mí y sentía que estaba más cerca que nunca de su centro. La besaba, abrazando su temblor.

Pasada la lluvia, me apartaba de un empujón, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, fusilándome con una mirada de odio por haberme asomado sin pudor a su vulnerabilidad.

“Su padre será un desaparecido, pero era un hijo de puta”.

Con esa frase conocí la voz de su madre, sentadita, en un extremo de la habitación, las piernas cruzadas, el plato con una porción de torta más seca que dulce sobre el regazo. Amalia había permanecido callada toda la noche, asintiendo apenas al conocerme, desviando la mirada en el brindis de fin de año (Mara se negaba a compartir la Navidad) resoplando por la nariz cuando su hija se peleaba con sus primos por la última invasión norteamericana.

Apartó el mechón cano de la frente y susurró la frase, asegurándose que Mara no la escuchara. “No era una buena persona” concluyó, dándose cuenta que estaba compartiendo en voz alta un íntimo hartazgo.

Me miró, avergonzada. Sólo por un momento.

Luego, cuando pasó la lluvia, retomó su prescindencia y concordó, con una leve sonrisa, con cierta afirmación de una conversación en el otro extremo de la mesa.

Seis meses después de esa cena, no despertó en la mañana.

Yo lo supe recién un año más tarde, cuando me crucé con Mara en la puerta de un banco.

Había abandonado la universidad y el centro de estudios. No era el único cambio. Café mediante (ahora tomaba café, había dejado de importarle las condiciones de trabajo de los cosechadores cafeteros), me habló de su depresión tras la muerte de su madre, de los dos meses que pasó encerrada en su depto, de sus ataques de pánico, de la ausencia de los compañeros de militancia, en realidad, de todo compañero. Me contó de cómo se dio cuenta que se había quedado sola y de las pastillas y de la medicación y de los mareos.

También del taller vivencial, de cierto monje budista, de la meditación y de la revelación de la programación neuropsíquica de que, en realidad, su padre era un reverendo hijo de puta, un tipo violento, egoísta, intolerante que le había proyectado con su ausencia, la culpa del desamparo.

“Comprendí que no me merecía ni que yo merecía un padre así” afirmó maravillada por la construcción cercana a la redundancia. Ahora era la armonía, la trascendencia, la comprensión del mundo como ilusión y desapego a lo terreno. Negó, de mal modo, unas monedas del vuelto al chiquito que se asomó por la ventana del bar, excusándose en el karma o alguna ley de compensación cósmica que no terminó de explicar del todo. Por idénticos motivos, no dejó propina.

Volvimos a acostarnos, por última vez. Había tirado las banderas rojas, el cuadro del Che, la foto de Cartier-Bresson de los travestis tomando sol en la puerta de un prostíbulo en Tánger, los tres tomos de “El capital” y la edición rústica de “Las venas abiertas” de Galeano. En su minimalismo de un ambiente, se destacaba un pequeño Buda dorado envuelto en las pesadas nubes del incienso de sándalo a medio terminar. Puso un CD de mantras y estiró nuestro encuentro en una interminable caricia tántrica. Se esforzó, tal vez demasiado, en ser distinta a lo que era.

“Ahora soy una persona mejor” me despidió convencida y asentí con el mismo desgano que su madre. Convinimos en reencontrarnos, pero sin fijar días ni horarios ni lugares, como para asegurarnos la imposibilidad de todo reencuentro.

http://revoluciontriste.blogspot.com/

5.11.10

hola mamá

Aquella tarde que volvimos los tres (papá, mi hermana Manuela y yo) nos pareció la más larga de nuestras vidas. Tanto que llegamos a dudar que alguna vez terminara.

Recuerdo (porque esa tarde la recuerdo siempre) a papá, acunando entre sus brazos las trenzas de Manuela; la manito de mi hermana aferrándose al ramito de violetas; el abrazo de papá, apretándome contra su pecho. La casa había crecido durante nuestra ausencia y ahora nos acorralaba como tres canarios mudos acurrucados contra el fondo del jaulón. Permanecimos en ese silencio de penumbras, el gran canario solo y sus dos pichones.

Entonces giró la llave en la cerradura y se abrió la puerta con un quejido. Y entró ella, cargada con las bolsas de frutas y verduras que crujían contra sus piernas como una imprevista garúa con gusto a tierra.

-¡Mamá! -gritó Manuela tirando las violetas para abrazarse a sus rodillas.
-¡Bueno! ¡Bueno! ¡Qué recibimiento! -rió mamá- Los hice esperar mucho parece... ¿Tienen hambre?
-¡Sí! -contestamos a trío.
-Entonces vamos a preparar la comida –ordenó, arrastrándonos como fieles satélites hacia la cocina.

Manuela revoloteaba a su alrededor como una polilla atraída por la luz, arrugando la cara con sus hocicos de conejo. Mamá me acarició la cabeza al pasar. Un frío me corrió por la espalda. Papá me llamó a su lado, para que lo ayudara a pelar las papas para el puré de Manuela. Pero no me atreví a entrar. Me quedé en la puerta de la cocina, mirándolos, sin saber bien porque hacían lo que hacían. Papá arrimó la silla alta de Manuela y sentó a mi hermanita para que estuviera a la altura de la mesa. Mamá le dio unas miguitas de pan para que se entretuviera modelando muñequitos mientras ellos dos preparaban la comida.

Durante la cena no dejé de mirarlos. Ni a papá tomándole la mano a mamá, ni a Manuela sacándome la lengua, ni al ramito de violetas que mamá había recuperado del piso. No terminaba de entender porque actuaban de ese modo.

A la noche, cuando ya era hora de dormir, vino mamá y me dio un beso. Me hice el dormido. No quería hablar con ella. Por lo menos, no esa noche.

Luego vino papá y abrigó a Manuela con la frazada de payasitos amarillos porque ella tenía la costumbre de destaparse de noche. Después, se detuvo al pie de mi cama y me miró. Había entreabierto un ojo y podía verlo como en una bruma, recortado contra la luz que venía del pasillo.

Entonces, papá se arrodilló para estar más cerca y me habló bajito, muy bajito, sólo como los padres saben hacerlo. Y me dijo que él también se daba cuenta. Que Manuela era más chica y que por eso se adaptaba con más facilidad. Pero que era así y que no podía explicarlo. Que no quería perder a mamá otra vez y que por eso no hacía preguntas. Ninguna pregunta. Porque en una de esas podía echarlo todo a perder. Que seguramente era una posición muy conformista, pero que pensaba que era mejor tenerla a mamá, que no tenerla.

Para qué complicarse más, me dijo, si ella estaba en casa con nosotros aunque los tres hubiésemos vistos, esa misma tarde, como la metían en una caja y le tiraban tierra encima, mientras todos lloraban.

Creo que papá se dio cuenta de que se me había escapado una lágrima, porque me dio un beso y me dijo que mamá, ya nunca, nunca más se iría.

Luego apagó la luz y se fue cerrando la puerta.

fuente: http://revoluciontriste.blogspot.com/

31.10.10

otra vez, Oblogo

oblogo

Nuevamente salimos en “Oblogo”. Esta vez, con el post que publicamos en nuestro alter ego de ficción, “Revolución triste”, el llamado “manifiesto cero de la Revolución Triste” (http://revoluciontriste.blogspot.com/2010/10/el-manifiesto-cero-de-la-revolucion.html) fue el elegido para integrar la edición 46 de la revista que ya está hace una semana en la calle.

Para los que no hayan recibido la revista en una esquina o a la salida del subte, pueden consultar la versión digital en este link:

http://oblogo.com/bajarse-oblogo-pdf/oblogo-numero-46-pdf


Muchas gracias a los amigos de Oblogo por interesarse, una vez más, en una nota nuestra.

Pasen la voz... estamos en Oblogo.

30.10.10

alas

las alas crecen todos los días...
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ya no sé qué hacer...

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no puedo pasar por las puertas

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ni salir a caminar cuando hay viento fuerte

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pensé en cortarlas...

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atarlas...

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esconderlas...




pero las alas crecen independientes de quién las lleve...





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por eso me vi obligado a volar

23.10.10

lo sad es cool

-Gerardo, te toca a vos.
-Gracias. Bueno… Quería desarrollar una idea sobre una tendencia que estamos viendo en los estudios de mercado…
-Perdón que te interrumpa, Gerardo… llegó tu café.
-Gracias. Dejalo ahí. Bien… Muchas gracias…
-Decías que hay una tendencia…
-Sí. En nuestros estudios…
-¿Sólo en tus estudios? ¿O en los de otros también? Porque esto puede ser un tema de diseño de la encuesta…
-En mis investigaciones. Exclusivamente. Que son las que te tienen que interesar porque por eso me pagan 20 mil al mes. Para que pueda revelarles estas tendencias de consumo, mucho antes de que lo vean otros. Porque eso mantiene a esta agencia en el primer lugar y paga mi sueldo y el de todos los que estamos aquí reunidos alrededor de esta mesa. Y el bonus tuyo de fin de año también. ¿Alguna pregunta más?
-No. Seguí Gerardo… Creo que quedó claro...
-Bien. Decía que hemos encontrado un patrón, hasta ahora desconocido, en nuestros estudios de mercado. Una línea que atraviesa la escala etaria, con mayor peso en los tramos más jóvenes, pero perceptible, también, en los otros tramos de edad. Una tendencia sostenida en los últimos años y, suficientemente tangible, para identificarla como un rasgo del mercado de la próxima década. Características: desánimo, apatía, aburrimiento, inmovilidad, pesimismo.
- Con eso va a ser un poco difícil vender un producto…
- Mientras los tratemos con las herramientas habituales, seguro que no. Pero son más y, cada vez, constituyen una proporción más creciente del mercado. Es una tendencia. Es definitivo. No hay lugar para la confusión. Ahí hay una posibilidad para quien quiera posicionarse en ese mercado en los próximos años. Es la generación de la “revolución triste”.
-¿Qué es eso?
-La “revolución triste” es un movimiento poético o filosófico, no queda claro, sumamente anárquico y escasamente integrado. Sus rasgos son virales: se esparce uno a uno, pero no hay una cabeza que lo guíe. No tiene líderes, gurúes, teóricos. Simplemente es un sentimiento de tristeza que se esparce, día a día. Por lo que hemos podido rastrear en Internet y en las redes sociales, tiene como punto de partida un llamado “manifiesto cero”, una declaración de principios de autor desconocido. Pero, advierto, no es una Biblia. No es un manual de instrucciones. Es apenas una alusión a algo que estaba ahí presente… El que lo escribió percibió lo que otros no percibieron. Pero no lo inventó…
-Disculpame que te corte, Gerardo… seguramente lo vas a decir después… pero me llama la atención… una reflexión… si me permitís…
-Seguro. Es un ida y vuelta. Decí…
-Ese grupo, si existe… no digo que lo dude… vos lo identificaste… pero, ese grupo… es por definición refractario al consumo… no veo cómo se lo puede asociar a la “causa”, digamos así…
-Ése es el desafío. Y ustedes son los especialistas en esa área. Pero ahí hay algo. Ése es el grupo que tienen que conquistar. Ese es el Santo Grial de los próximos años.
-De verdad… parece difícil.
-Habrá que aguzar la imaginación. Así como acuñaron el concepto de “verde” para atraer al movimiento ecológico o lo “étnico” para la inmigración, habrá que inventar una nueva etiqueta para uniformar este grupo, esencialmente, heterogéneo.
-Sad.
-¿Qué?
-Sad.
-No está mal.
-Le falta fuerza…
-Pero resume la idea. Se puede mejorar, pero como primera aproximación… no está nada mal…
-Con “Sad” no vamos a vender nada. ¿Qué podemos vender? ¿Ataúdes? ¿Crespones?
-Coronas fúnebres. Sogas.
-Armas…
-Cuchillos filosos…
-Turismo para las suegras…
-Está bien, está bien… un poco fuera del objetivo, pero van viendo la idea. Llamémoslo “sad”. ¿Está bien? Hay que trabajar con ese concepto, para atraer a este grupo apático al consumo. Digo… no sé… digo cualquier cosa, lo primero que se me viene a la mente, promocionar lo “sad”. Libros “sad”. Modas “sad”. Películas “sad”. Música “sad”. Es el tiempo de lo “sad”.
-Lo sad es cool.
-¡Ésa es la frase!
-Brillante…
-Me saco el sombrero por ustedes. Creí que les iba a llevar meses, llegar a un slogan como ese. Lo hicieron en diez minutos …
-Por algo somos los mejores…
-… ¡y te pagamos ese sueldo que te pagamos!
-¡Sin dudas! No les voy a llevar la contra… mientras me sigan pagando. Pero… bueno… vieron la idea. Ahora hay que trabajar en ese concepto. “Lo sad es cool”. Hay que elaborar propuestas alrededor de ese hilo temático. Generar acontecimientos para que ese grupo del mercado participe de esa experiencia… “Lo sad es cool”…
-Basura…
-¿Qué?
-¡Eso es una basura! ¿Soy el único que lo ve?
-Damián…
-No, no…. Están todos aplaudiendo al tipo como si hubiera revelado el secreto del Universo. Eso es una mierda…
-¡Damián, por fav…!
-No, no. Está bien. Es el tipo de reacción que esperaba y, por otro lado agradezco, que lo planteés, Damián… ¿Por qué no? Es lógico lo que dice. Si yo estuviera ahí, sentado de ese lado, diría lo mismo. ¿Cómo creer eso? Y yo te digo cómo: es lo que la gente piensa. No uno, no dos. Ni más de diez. Ni siquiera centenares. Millones. Millones de tipos, de todas las edades, que se proponen estar tristes…
-No lo podés saber…
-Lo sé. Lo estudiamos. Es lo que responde la gente cuando le preguntás. ¿Si me gusta? No. Pero es lo que la gente piensa.
-Es un riesgo. El consumo se asocia a la felicidad, a la diversión, a la alegría… La gente triste no compra.
-Cambia la reacción. Pero sigue habiendo un estímulo para dirigir sus compras…
-¡Es caminar por un campo minado! Estamos abriendo una caja de Pandora… Los estamos llevando contra el consumo y si somos efectivos, si nuestras campañas funcionan… ¿cómo sabemos que van a volver? ¿Quién nos asegura que no sigan “sad” y dejen de escucharnos?
-Es un riesgo, Damián. Correcto de señalarlo. Pero el riesgo no es que planeemos una estrategia para captarlos al consumo global. El riesgo es no planear nada. Dejarlos al azar. Sin dirigirlos. Porque, te guste o no, Damián, ellos están ahí. Y no me voy a creer tan soberbio, tan poco democrático, de decirle a la gente lo que quiera pensar. Si para ellos “lo sad es cool”, pues así será. Aunque no me guste esa actitud, ese pensamiento, esa forma de ver el mundo. Pero ellos están ahí. Tristes pero están. Y si están, les puedo vender una remera negra. Para empezar... Eso sí, si lo hacemos bien. Claro. Pero, recuerden, ése es nuestro trabajo.... Si no podemos hacerlos nosotros, ¿entonces quién?

(cinta número 334-XLH, reunión número 214)

fuente: http://revoluciontriste.blogspot.com/

11.10.10

revolución triste

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La alegría está sobrestimada en estos tiempos. Sospechosamente sobreestimada, debo decir. Hay un esfuerzo social para estigmatizar la tristeza, para imponerle a la sociedad la buena cara, la sonrisa forzada, la vocación de empuje ante lo que se opone. Hay un apostolado sobre el proactivismo, la palmadita en el hombro para alentar esa vocación de no bajar los brazos. No puede dejarme de ser sospechosa esa tendencia, ese esfuerzo de los monitores de la comunidad para que nadie se deje caer en las hondas simas de la tristeza. Podrán faltar vacunas pero sobra Prozac. Remedios para la tristeza, como si ésta fuera una enfermedad. Porque (la pregunta surge sola) en un mundo de guerras, hambrunas, SIDA y desempleo, ¿la tristeza no debería ser el sentimiento normal? ¿Cuán sana puede ser la alegría en el mundo que nos toca vivir?

Esa preocupación se relaciona directamente, sospecho, por el enorme potencial revolucionario de la tristeza.

Por un momento, hagamos el esfuerzo de imaginar un coordinado ejercicio de tristeza.

Mañana, por caso, nos levantamos tristes. Pero cuando digo, nos levantamos, esto es nos levantamos todos, cada uno, en sus hogares, en sus casas, caminando por la calle, colgados del colectivo o empujando en el subte. Todos tristes, todos en brazos del desgano y la apatía. Un día, dos. Más aún. Otro día más y antes de que termine la semana, prescindimos de los sonajeros del consumo, agitándose delante nuestro, para distraernos de esta tristeza propia.

Dejamos de comprar ese perfume chic, el lujoso coche aquel o ese inaccesible reloj que te hará querido. Sumidos en la depresión y en la tristeza, dejemos de consumir. Mejor sentarnos en nuestras casas, a oscuras, apagando radios y televisores, hundiendo nuestros mentones en el pecho, tal vez pensando en ese momento en el que el mundo pudo ser mejor.

O ni siquiera eso. Sólo tristes. Nada más que tristes.

Torzamos el rumbo. Dejemos de ir al trabajo. Llamemos (o tal vez no) y avisemos que no tenemos más ganas de levantarnos, de salir de la cama, de apurar el desayuno y correr tras el tren que ya parte de la estación para llegar a hora. Si quieren despedirnos, que nos despidan. No habrá nadie que tome esa renuncia.

Porque estaremos así, de brazos cruzados, cansados de esperar la felicidad en este mundo. Nos hundiremos en nuestras poltronas, a esperar que se derrumben las paredes, a que la noche caiga sin ningún deseo de movernos de nuestros sitios.

Ignoremos el amor (ese sucedáneo del deseo). Ni la caricia estará permitida. Que los labios se sellen; será la hora del exilio del beso. Alejemos con desgano el orgasmo requerido. Retaceemos el esperma. Vaciemos los vientres femeninos en una temporada de sequía. Colguemos carteles de fuera de servicio, eyaculando al vacío.

Que los mercaderes de los espejitos de colores se encuentren con sus tiendas abarrotadas, sus dulces mohosos, sus vidrieras atestadas de paquetes luminosos. Que los dirigentes del discurso grandilocuente y el gesto épico se encuentren sin la sangre necesaria para poner en marcha los engranajes de su maquinaria de guerra. Que los imanes fanáticos no encuentren cuerpos en donde asir sus bombas caseras. Que los corruptos que negocian nuestros destinos en el casino de los parlamentos del mundo, comprendan que lo acumulado en sus cuentas suizas no les servirá, porque no habrá nadie que quiera compartir con ellos esta farsa cotidiana de la alegría.

Paseen con sus Mercedes Benz, exhiban sus Rolex y fumen sus habanos. Pueden hacerlo, como lo han hecho todo este tiempo. Nadie se los impedirá. Pero no esperen que los aplaudamos. No habrá claque para seguirles el juego, soplar las cornetas y arrojar el papel picado a su paso.

Sepan que estarán solos. Porque nosotros estamos muy ocupados en estar tristes.

No será igual, no será lo mismo. Se cansarán de esta fiesta sin bullicio. Y se sentirán (sin proponérselo) tristes. Con su inagotable capacidad de contagio, compartirán nuestra tristeza y llegará el punto, el umbral crítico, en el que no habrá marcha atrás. Como las fichas de un dominó cósmico, irán cayendo, uno a uno, en las pesadas redes de la melancolía. Cegados en su gusto, sus máquinas para atontarse dejarán de tener efecto.

Todo será negro, densamente negro, oscuro, abrumadoramente oscuro.

Sin tirar un tiro, sin volar un puente, sin matar un alma (más que la nuestra), obliguemos al mundo a detenerse. Que mire, ensimismado, la orilla del abismo. Sacudamos los cimientos en una revolución triste, un épico grito de protesta, un gesto mudo como un dedo apuntado al centro del Universo.

Corroídos, tambaleantes, finalmente vencidos, deberán imaginarse otro Universo y, sin dilación, construirlo, bajo el riesgo de su disolución definitiva.

Si no podemos ser felices, tengamos, por lo menos, la dignidad final de nuestra tristeza.

fuente: http://revoluciontriste.blogspot.com/