De modo que es necesario que todos los placeres sean, o presentes en la sensación, o pasados en el recuerdo, o futuros en la esperanza; porque se tiene la sensación de lo presente, se recuerda lo pasado y se espera lo porvenir.
ARISTÓTELES
“Retórica” (I, 11.3, 15)
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10.5.18
30.1.18
el populismo como fe religiosa

A primera vista, parecería correcto decir que vivimos “una era religiosa”, como Nicolás Berdiaeff, un filósofo católico y tradicionalista, llamó hace un siglo a la era que desembocó en los totalitarismos. Una era, escribió, “en la que el viejo mundo se descompone”, el mundo “de las luces racionalistas, con su individualismo y su humanismo, su liberalismo y sus teorías democráticas, su monstruoso sistema de industrias y capital, su ateísmo y su desprecio por el alma”. Contra todo esto, invocaba una “revolución del espíritu, una completa renovación de la conciencia”. En cambio, surgieron tiranías en nombre de la clase, la raza o la nación, el individuo fue sacrificado a la comunidad, las nuevas religiones políticas triunfaron. Tremendas guerras ensangrentaron el mundo, mientras pueblos enteros marchaban obedientes al mando de sus hombres de la Providencia.
La religión, señalaba Berdiaeff, “rige todo lo demás”, “exige una sociedad de carácter sagrado”, por lo tanto “rompe con los sistemas de independencia y laicismo de los tiempos modernos”. Nada mejor que el comunismo, observó, la herejía religiosa por excelencia, lo demostraba. En él, “toda la vida y todos sus aspectos se colocan bajo el signo de la lucha religiosa”. Él era ruso y se refirió a los rusos bajo el bolchevismo. Pero, mutatis mutandis, es lo mismo que experimentaron italianos y cubanos, alemanes, chinos y venezolanos.
Aunque filtrados por tecnologías modernas que difunden una apariencia engañosa de posreligiosidad o, como se suele decir, de posmodernidad, síntomas similares impregnan nuestra era. Será que los ingredientes de los que están formados el hombre y la historia son más o menos siempre los mismos: individuo y comunidad, fe y razón, conciencia y esperanza, algunas cosas más. Las que cambian de un lugar a otro y de una era a otra son las dosis de cada uno de esos ingredientes, y eso hace la diferencia entre el espíritu de una era y el de otra.
Religioso, por ejemplo, es el sentido de la ola populista actual. Lo que llamamos “populismos”, de hecho, no son más que formas religiosas de entender no solo la política, sino también el lenguaje, la moralidad, la estética. Las dicotomías maniqueas que los populistas agitan en cada una de estas dimensiones eluden la duda, detestan el matiz, destruyen la complejidad, es decir, la pluralidad. El populismo exige certeza, simplicidad, amigos y enemigos. En una palabra: fe, no razón. La suya es una guerra de religión permanente.
En el mismo plano, somos hoy testigos del poderoso regreso de los grandes relatos, de los grandes personajes, de la creciente demanda de líderes carismáticos que desde el púlpito o desde la red nos orientan y protegen. Los grandes del pasado arrecian en el cine: no solo los Churchill y los Lincoln, sino también los Stalin y los Mussolini. Como si buscáramos patrones, los padres y las autoridades que nuestra edad no produce o no logra dejar de desear. Las ventas de los libros premian a los grandes redentores y moralistas. Más que reflexiones y preguntas, los lectores parecen buscar afirmaciones y respuestas, alguien que les diga dónde está el bien y dónde está el mal, y quién tiene la culpa de todo. Al hacerlo, buscan a su alrededor el significado de la vida que Kant encontraba en las estrellas y en la ley moral de su conciencia.
Las mismas fake news, tan en boga hoy, son el nuevo nombre de una cosa antigua. La noticia falsa, mejor dicho la noticia que nos gusta creer que es verdadera, reafirma nuestra fe en lugar de desestabilizarla, nos complace más que las noticias verdaderas pero incómodas. Frente a una realidad desagradable, mejor conservar la fe en lo que ya creemos. El mal, dicen algunos, empezó cuando el conocimiento reclamó la primacía sobre la creación. Ahora se diría que la creación quiere consumar su venganza: en esto estriba una era religiosa.
Las causas que alimentan las edades religiosas son más o menos conocidas, no son diferentes hoy de las del pasado. Sucede que el hombre se espanta al violar nuevas fronteras, al alcanzar nuevas velocidades, al develar nuevos secretos; sucede que, asustado ante lo desconocido o lo incomprensible, busca refugio en el eterno misterio de la religión; que al prosaico comercio prefiere el heroísmo del guerrero; a la fría razón, el calor del sermón. Toman pie así bajo nuestros ojos el miedo al progreso, el horror a la ciencia, el regreso de prejuicios y supersticiones. Y con ellos, las letanías sobre mundos idílicos que nunca existieron, las teorías sobre el decrecimiento feliz, los cultos a la pobreza, las fantasías apocalípticas.
Pero ¿realmente el espíritu de nuestro tiempo es esto? ¿Realmente vivimos una era religiosa? ¿Nos esperan entonces aún más guerras religiosas de las ya en curso, nuevas epidemias creadas por el rechazo de curas y vacunas, nuevas hambrunas causadas por el odio al comercio y al mercado, nuevos fanatismos, nuevos odios, nuevas miserias en nombre del pueblo, de la nación, de la identidad, de la cultura, del grupo étnico? En la época de Berdiaeff ocurrieron muchas tragedias antes de que la razón regresara al lugar donde debería estar, antes de salir del túnel de la era religiosa.
Afortunadamente, la historia no tiene un espíritu particular, nunca va en una dirección específica. Ya se dijo muchas veces que la Ilustración estaba muerta, que la razón estaba démodée, que el conocimiento útil para la mejora de la vida humana era dañino, que para encontrar el sentido de la vida servían santos y héroes. Como en todas las edades, en la nuestra también la razón flanquea la irracionalidad; el conocimiento, la creación y el pragmatismo, el fanatismo.
En este sentido, es bueno recordar que, en el curso de la historia, la religión a veces ha inhibido la creatividad, la curiosidad, la inventiva y la libertad, y las ha condenado como formas de herejía, desobediencia e individualismo. Esto sucedió sobre todo en el mundo católico, y en el católico hispano en particular, donde la curiosidad se consideró un vicio; la afirmación individual, una vanidad; la prosperidad, un pecado; la creatividad, incredulidad. Galileo es un ejemplo. En diferentes formas, este legado conserva una fuerza extraordinaria e impregna nuestra “era religiosa”.
Pero en otros casos no ha sido así: la religión ha alentado y recompensado a aquellos que, avanzando más allá del límite conocido de las fronteras del conocimiento, desmontaron antiguos dogmas y descubrieron, incluso para la gloria de Dios, las leyes que regulan el universo; leyes cuyo conocimiento debía servir para mejorar las condiciones de la humanidad. Newton es un ejemplo. En ese caso, la fe y la razón se enriquecieron entre sí y, escribe Joel Mokyr, la religión ha reconocido que “la irreverencia es la clave del progreso”. Esta tradición también permanece viva. Vale la pena cultivarla hoy, antes de añorarla mañana.
LORIS ZANATTA
“El poderoso regreso de los grandes relatos”
(la nación, 24.01.18)
24.1.18
razón sin deseo
Así pues, el que defiende el gobierno de la ley, parece defender el gobierno exclusivo de la divinidad y de la inteligencia; en cambio el que defiende el gobierno de un hombre añade también un elemento animal; pues tal es el impulso afectivo, y la pasión pervierte a los gobernantes y a los hombres mejores. La ley es, por tanto, razón sin deseo.
ARISTÓTELES
“Política (III)”
ARISTÓTELES
“Política (III)”
22.1.18
el fin de la ciudad
Todo es obra de la amistad, pues la elección de la vida en común supone amistad. El fin de la ciudad es, pues, el vivir bien, y esas cosas son para ese fin. Una ciudad es la comunidad de familias y aldeas para una vida perfecta y autosuficiente, y ésta es, según decimos, la vida feliz y buena.
ARISTÓTELES
“Política (III)”
ARISTÓTELES
“Política (III)”
17.1.18
atados al sillón
Por eso también en las magistraturas políticas, cuando la ciudad está constituida sobre la igualdad y semejanza de los ciudadanos, se considera justo que estos ejerzan la autoridad por turno. En una época anterior, juzgaban digno cumplir un servicio público turnándose, como es natural, y que otro, a su vez, velara por su interés, como antes él, cuando gobernaba, miraba por el interés de aquél. Mas ahora, a causa de las ventajas que se obtienen de los cargos públicos y del poder, los hombres quieren mandar continuamente, como si el poder procurase siempre la salud a los gobernantes en estado enfermizo.
ARISTÓTELES
“Política (III)”
ARISTÓTELES
“Política (III)”
15.1.18
animal político
...el hombre es por naturaleza un animal político, y, por eso, aun sin tener necesidad de ayuda recíproca, los hombres tienden a la convivencia. No obstante, también la utilidad común los une, en la medida que a cada uno lo impulse la participación en el bienestar. Éste es, efectivamente, el fin principal, tanto de todos en común como aisladamente. Pero también se reúnen por el mero vivir, y constituyen la comunidad política. Pues quizá en el mero hecho de vivir hay una cierta parte del bien, si en la vida no predominan en exceso las penalidades. Es evidente que la mayoría de los hombres soportan muchos sufrimientos por su vivo deseo de vivir, como si en el vivir hubiera una cierta felicidad y dulzura natural.
ARISTÓTELES
“Política (III)”
ARISTÓTELES
“Política (III)”
12.1.18
el frío no crea tiranos
Los mayores delitos se cometen a causa de los excesos y no por las cosas necesarias. Por ejemplo, los hombres no se hacen tiranos para no pasar frío.
ARISTÓTELES
“Política (II, 13-14)”
ARISTÓTELES
“Política (II, 13-14)”
19.12.17
el filósofo antinatalista

En BBC Mundo, leímos el reportaje realizado al filósofo sudafricano David Benatar que sostiene una desafiante tesis: es moralmente erróneo engendrar más seres que sienten. Argumenta a favor del antinatalismo y ha sido considerado el filósofo más pesimista del mundo. No pudimos resistir la tentación de seleccionar algunos párrafos del reportaje que da vueltas acerca de las ideas de su libro “Mejor nunca haber existido”. Para meditar y polemizar.
El antinatalismo defiende que no se deberían traer nuevas personas al mundo.Reportaje de IRENE HERNÁNDEZ VELASCO al filósofo DAVID BENATAR
(…)
Hay muchas buenas razones, me parece a mí. Una de las razones es que no se debería dar vida a nuevas personas por el sufrimiento que esos individuos experimentarán.
Hay numerosos argumentos al respecto, pero uno de ellos es que hay mucho dolor y sufrimiento en la existencia humana, así que por eso mismo es un error traer nuevos seres humanos al mundo.
(…)
Sí, es cierto, también hay cosas buenas. Pero la cuestión es si las cosas buenas valen la pena ante el dolor de las cosas malas.
Me parece que con frecuencia la gente olvida lo malas que son las cosas malas de la vida. Hay numerosas evidencias psicológicas de que la gente sobrestima su calidad de vida y piensa que es mejor de lo que en realidad es.
Otro error frecuente es pensar en el futuro y no darse cuenta de la cantidad de sufrimiento que muy probablemente tendrán al final de sus vidas.
(…)
...el suicidio, en primer lugar, tiene un coste que te ahorrarías si nunca llegaras a nacer. Si uno no nace, si no llega a existir nunca, evita las cosas malas de la vida sin ningún tipo de coste.
Suicidarse puede ser el menor de los males, pero sigue siendo un mal, algo que está mal, la gente de hecho no quiere morir. Por eso, la mayoría continúa con su existencia, a pesar de que no les guste y de que ésta no sea buena.
Y otro de los costes del suicidio está también en el dolor y el sufrimiento que generas en la gente que dejas detrás de ti.
(…)
No todo lo que es natural es bueno. Sufrir enfermedades, por ejemplo, es algo completamente natural. Y no porque sea natural se aconseja a la gente que deje de tratarse médicamente o de someterse a operaciones.
(…)
Lo que es natural y lo que es moral o éticamente deseable o recomendable son cosas diferentes.
(…)
El antinatalismo defiende que es un error traer nuevas personas al mundo, y el aborto es uno de los medios para lograrlo.
(…)
Hay una enorme diferencia entre exterminar y extinguirse al morir.
Exterminar es matar, y yo no estoy a favor de matar seres humanos ni de matar animales. Tal vez hay algunas raras excepciones, algunos escenarios en los que lo podría contemplar.
Pero, en general, no apoyo que se mate a personas o que se mate a animales. Pero estoy a favor de la extinción, y uno de los modos de extinguirse en no dando vida a nuevos seres.
(…)
Respecto a los animales de granja, a los que estamos provocando un sufrimiento inenarrable y a los que luego matamos, yo dejaría de criarlos.
Nos podemos alimentar perfectamente sin ellos.
(…)
...yo creo que siempre estamos mejorando el mundo y que los que existimos debemos hacer todo lo que podamos para mejorarlo.
Pero es excesivamente optimista pensar que vamos a mejorar el mundo hasta eliminar el sufrimiento de él y poder tener hijos que no vayan a sentir el dolor que lleva implícito vivir.
Pero incluso si pudiéramos, sería algo tan lejano en el futuro que implicaría muchas generaciones, generaciones a las que se estaría ocasionando un enorme dolor por haberlas traído a este mundo.
Y el sacrificar a varias generaciones en nombre de las del futuro me parece algo indecente.
(…)
Mucha gente no piensa lo que significa tener hijos, simplemente los tiene. La mitad de los niños del planeta aproximadamente no son deseados.
Hay gente que sí se lo piensa, y en esos casos la mayoría de los motivos que se dan para tener hijos son motivos basados en su propio interés: porque quieren que sus genes pasen a alguien, porque quieren experimentar lo que es tener y criar un hijo… Hay incluso quien lo envuelve de altruismo, quien tiene hijos pensando en la comunidad, en satisfacer el deseo de sus padres de tener nietos.
Pero, en la mayoría de los casos, creo que la gente simplemente no se pregunta lo que verdaderamente significa tener un hijo.
(…)
Pero cuando se trae un niño al mundo no se le trae sólo para esos momentos felices. Ese niño se hará también viejo y sufrirá, enfermará, morirá en el futuro. Tenemos que pensar en su vida al completo, no sólo en los momentos agradables que vivirá.
(…)
(Los padres son) en cierto modo (...), indirectamente (responsables del sufrimiento de sus hijos). No es que tengan la responsabilidad completa, esa sólo les puede ser atribuida por tener a sus propios hijos.
Pero cuando alguien decide reproducirse, debe saber que está engendrando a potenciales reproductores. Y si uno piensa en todas las generaciones que siguen a una decisión reproductiva particular, se da cuenta de la gran responsabilidad que eso conlleva.
(…)
...considero que el antinatalismo puede tener éxito a pequeña escala.
Y aunque sea a pequeña escala es importante, porque significa que se le ahorrará sufrimiento a mucha gente por no traerla al mundo.
Yo no soy un ingenuo, no creo que vaya a convencer a todo el mundo de mis ideas. Pero creo firmemente que lo que digo es la verdad y me gustaría que la gente se lo planteara y pensara en lo que significa tener hijos.
“'Es un error traer nuevos seres humanos al mundo': el provocador pensamiento antinatalista del filósofo David Benatar”
(bbc mundo, 14.12.17)
14.11.17
reservorios ante la barbarie
(…)
Fue en Montecassino donde San Benito fundó su primer monasterio, el más famoso de la Iglesia latina, y lo hizo en el año 529, el mismo en que cerró para siempre la academia platónica de Atenas, símbolo de la antigüedad. Esta coincidencia temporal fortuita es asombrosa y trae además consigo la ilusión de una fascinante carrera de postas occidental.
El Imperio romano ya se había derrumbado y su derrumbe amenazaba con arruinar toda una cultura, la antigua. Pero en Montecassino San Benito la puso a salvo. Los monjes copiaron pacientemente los manuscritos antiguos y se ocuparon de cuidar el lenguaje. El monje francés Leclercq trató de demostrar que el amor a la gramática iba indisolublemente unido al amor a Dios: ya sabemos que, según enseñó un poeta, no hay nada donde la palabra se rompe. Según el papa Benedicto XVI, esta tarea de conservación “responde por completo a una directriz de los benedictinos: succisa virescit (con la poda, reverdece). El daño se convierte, en cierto modo, en un renacimiento”.
Montecassino tiene sus historias. En plena fundación, todo el mundo trabajaba para levantar el monasterio. San Benito, sin embargo, no estaba con sus hermanos. En un momento, cae una piedra y mata a un monje. Pero Benito sigue rezando. Despide a los monjes que le dan la noticia, cierra la puerta y se pone a orar. Por fin, el hermano muerto vuelve a la vida. En Montecassino, Benito adelanta además la hora de la oración nocturna para velar. Una noche, el santo tuvo la visión del mundo encerrado en un rayo de sol.
Sabemos estas cosas en gran medida gracias al escrito biográfico de San Gregorio Magno. Es interesante confrontar la imagen de San Benito que da el papa Gregorio con la que resulta de la famosa Regla benedictina, que rige el funcionamiento cotidiano del monasterio. Parece estricta, aunque en realidad es un ejemplo de mesura. Los tiempos pueden haber cambiado, pero la regla permanece, esa regla cuya primera prescripción es: “Escucha”. Démosle de nuevo la palabra a Benedicto XVI: “Si hoy, como vemos -dijo en el año 2000-, nuestra cultura amenaza con perder el equilibrio, se debe también a que con el paso del tiempo nos alejamos de ella”. El agnóstico Vargas Llosa está de acuerdo: “La supervivencia de semejante pasado en un presente tan confuso como el nuestro es necesaria, una manera de retroceder de nuevo a la barbarie”.
(…)
PABLO GIANERA
“Los ‘reservistas’ de un mundo en crisis”
(la nación, 09.11.17)
Fue en Montecassino donde San Benito fundó su primer monasterio, el más famoso de la Iglesia latina, y lo hizo en el año 529, el mismo en que cerró para siempre la academia platónica de Atenas, símbolo de la antigüedad. Esta coincidencia temporal fortuita es asombrosa y trae además consigo la ilusión de una fascinante carrera de postas occidental.
El Imperio romano ya se había derrumbado y su derrumbe amenazaba con arruinar toda una cultura, la antigua. Pero en Montecassino San Benito la puso a salvo. Los monjes copiaron pacientemente los manuscritos antiguos y se ocuparon de cuidar el lenguaje. El monje francés Leclercq trató de demostrar que el amor a la gramática iba indisolublemente unido al amor a Dios: ya sabemos que, según enseñó un poeta, no hay nada donde la palabra se rompe. Según el papa Benedicto XVI, esta tarea de conservación “responde por completo a una directriz de los benedictinos: succisa virescit (con la poda, reverdece). El daño se convierte, en cierto modo, en un renacimiento”.
Montecassino tiene sus historias. En plena fundación, todo el mundo trabajaba para levantar el monasterio. San Benito, sin embargo, no estaba con sus hermanos. En un momento, cae una piedra y mata a un monje. Pero Benito sigue rezando. Despide a los monjes que le dan la noticia, cierra la puerta y se pone a orar. Por fin, el hermano muerto vuelve a la vida. En Montecassino, Benito adelanta además la hora de la oración nocturna para velar. Una noche, el santo tuvo la visión del mundo encerrado en un rayo de sol.
Sabemos estas cosas en gran medida gracias al escrito biográfico de San Gregorio Magno. Es interesante confrontar la imagen de San Benito que da el papa Gregorio con la que resulta de la famosa Regla benedictina, que rige el funcionamiento cotidiano del monasterio. Parece estricta, aunque en realidad es un ejemplo de mesura. Los tiempos pueden haber cambiado, pero la regla permanece, esa regla cuya primera prescripción es: “Escucha”. Démosle de nuevo la palabra a Benedicto XVI: “Si hoy, como vemos -dijo en el año 2000-, nuestra cultura amenaza con perder el equilibrio, se debe también a que con el paso del tiempo nos alejamos de ella”. El agnóstico Vargas Llosa está de acuerdo: “La supervivencia de semejante pasado en un presente tan confuso como el nuestro es necesaria, una manera de retroceder de nuevo a la barbarie”.
(…)
PABLO GIANERA
“Los ‘reservistas’ de un mundo en crisis”
(la nación, 09.11.17)
29.9.17
platón y el universo
Descubrir al hacedor y padre de este universo es difícil, pero, una vez descubierto, comunicárselo a todos es imposible.
“Timeo (28, c)”
Á causa de este razonamiento, al ensamblar el mundo, colocó la razón en el alma y el alma en el cuerpo, para que su obra fuera la más bella y mejor por naturaleza. Es así que según el discurso probable debemos afirmar que este universo llegó a ser verdaderamente un viviente provisto de alma y razón por la providencia divina
“Timeo (30, b)”
El dios eterno razonó de esta manera acerca del dios que iba a ser cuando hizo su cuerpo no sólo suave y liso sino también en todas partes equidistante del centro, completo, entero de cuerpos enteros. Primero colocó el alma en su centro y luego la extendió a través de toda la superficie y cubrió el cuerpo con ella. Creó así un mundo circular que gira en círculo, único, solo y aislado, que por su virtud puede convivir consigo mismo y no necesita de ningún otro, que se conoce y ama suficientemente a sí mismo. Por todo esto, lo engendró como un dios feliz.
“Timeo (34, b)”
Dios descubrió la mirada y nos hizo un presente con ella para que la observación de las revoluciones de la inteligencia en el cielo nos permitiera aplicarlas a las de nuestro entendimiento
“Timeo (47, b-c)”
Entonces, nada participaba ni de la proporción ni de la medida, si no era de manera casual, ni nada de aquello a lo que actualmente damos nombres tales como fuego, agua o alguno de los restantes, era digno de llevar un nombre, sino que primero los ordenó y, luego, de ellos compuso este universo, un ser viviente que contenía en sí mismo todos los seres vivientes mortales e inmortales.
“Timeo (69, c)”
PLATÓN
“Timeo (28, c)”
Á causa de este razonamiento, al ensamblar el mundo, colocó la razón en el alma y el alma en el cuerpo, para que su obra fuera la más bella y mejor por naturaleza. Es así que según el discurso probable debemos afirmar que este universo llegó a ser verdaderamente un viviente provisto de alma y razón por la providencia divina
“Timeo (30, b)”
El dios eterno razonó de esta manera acerca del dios que iba a ser cuando hizo su cuerpo no sólo suave y liso sino también en todas partes equidistante del centro, completo, entero de cuerpos enteros. Primero colocó el alma en su centro y luego la extendió a través de toda la superficie y cubrió el cuerpo con ella. Creó así un mundo circular que gira en círculo, único, solo y aislado, que por su virtud puede convivir consigo mismo y no necesita de ningún otro, que se conoce y ama suficientemente a sí mismo. Por todo esto, lo engendró como un dios feliz.
“Timeo (34, b)”
Dios descubrió la mirada y nos hizo un presente con ella para que la observación de las revoluciones de la inteligencia en el cielo nos permitiera aplicarlas a las de nuestro entendimiento
“Timeo (47, b-c)”
Entonces, nada participaba ni de la proporción ni de la medida, si no era de manera casual, ni nada de aquello a lo que actualmente damos nombres tales como fuego, agua o alguno de los restantes, era digno de llevar un nombre, sino que primero los ordenó y, luego, de ellos compuso este universo, un ser viviente que contenía en sí mismo todos los seres vivientes mortales e inmortales.
“Timeo (69, c)”
PLATÓN
27.9.17
placeres y dolores
El razonamiento nos indica, pues, que en los duelos y en las tragedias y comedias, no sólo en el teatro sino también en toda la tragedia y comedia de la vida, los dolores están mezclados con los placeres, y también en otras muchísimas ocasiones.
PLATÓN
“Filebo (50, b)”
PLATÓN
“Filebo (50, b)”
25.9.17
la ignorancia de los fuertes es peor que la de los débiles
En efecto, la ignorancia de los fuertes es odiosa e infame —pues es perjudicial incluso para los próximos, ella y todas las imágenes que de ella hay—, la débil, en cambio, alcanza para nosotros la categoría y naturaleza de lo ridículo.
PLATÓN
“Filebo (49, c)”
PLATÓN
“Filebo (49, c)”
21.9.17
una regla general
Por regla general los malos gozan con placeres falsos y los hombres buenos con verdaderos.
PLATÓN
“Filebo (40, c)”
PLATÓN
“Filebo (40, c)”
21.4.17
la incapacidad de los ojos del alma
Los ojos del alma de la mayor parte de la gente, en efecto, son incapaces de esforzarse para mirar a lo divino.
PLATÓN
“Sofista (254b)”
PLATÓN
“Sofista (254b)”
19.4.17
creer saber
EXTR. - Me parece ver una forma de ignorancia muy grande, difícil y temida, que es equivalente en importancia a todas las otras partes de la misma.
TEET. -¿Cuál es?
EXTR. -Creer saber, cuando no se sabe nada. Mucho me temo que ésta sea la causa de todos los errores que comete nuestro pensamiento.
PLATÓN
“Sofista (229c)”
TEET. -¿Cuál es?
EXTR. -Creer saber, cuando no se sabe nada. Mucho me temo que ésta sea la causa de todos los errores que comete nuestro pensamiento.
PLATÓN
“Sofista (229c)”
30.3.17
la belleza que nos va abandonando
El filósofo inglés Roger Scruton tuvo la revelación de su posición política conservadora ya muy joven. En 1968, estudiaba en París y vivía en el Barrio Latino. Allí mismo lo sorprendió la revuelta de mayo. Scruton vio a los estudiantes -algunos serían probablemente compañeros suyos- arrancar adoquines, romper vidrieras, dar vuelta autos y prenderlos fuego. “Entendí de pronto que yo estaba del otro lado -contó Scruton en una entrevista que publicó hace pocos años The Guardian-. Lo que tenía adelante era una masa desbocada de barrabravas de clase media. Fue así que me convertí en conservador. Me di cuenta de que quería conservar las cosas en lugar de destruirlas.”
Scruton es un auténtico tory, pero no me propongo discutir aquí el modo en que esa posición se traduce en la acción política (para eso recomiendo buscar en la red su artículo “Why it's so much harder to think like a conservative” (Por qué es más difícil pensar como conservador). No, lo que me interesa es su libro La belleza, disponible ahora en castellano, porque esa misma matriz conservadora adopta imprevistamente un signo de auténtica resistencia estética. En 250 páginas, Scruton explica la belleza artística, la belleza humana, la belleza natural, pero se abstiene prudentemente de definirla.
Scruton no es regresivo, pero tampoco esnob ni estúpido, ni compra el último buzón del arte contemporáneo. A la vez, no se opone al cambio artístico; simplemente cree que ese cambio es orgánico, derivativo, y que sólo se explica por la tradición. En este sentido, podría decirse que es un tradicionalista, en la misma medida en que podían ser tradicionalistas sus admirados compositores Arnold Schönberg y Anton Webern, para quienes el orden tonal cayó del mismo modo en que la fruta madura cae del árbol.
Pero salgamos de la música. Veamos, por ejemplo, lo que Scruton nos dice sobre el mingitorio que Marcel Duchamp traficó en el mundo del arte hace puntuales 100 años con el pseudónimo de R. Mutt. Ese gesto bastó para producir en el arte -en nuestra idea acerca de él- una crisis permanente. “Uno de los resultados inmediatos de la broma de Duchamp fue provocar el surgimiento de una industria intelectual dedicada a responder la pregunta ¿qué es el arte? La bibliografía que produjo esa industria es tan tediosa como las imitaciones interminables del gesto de Duchamp.” Para Scruton, Duchamp hizo una broma de consecuencias interesantes, que luego se volvió, a fuerza de repeticiones, cursi y estúpida. Era lógico: la provocación, igual que el chiste, tiene gracia únicamente la primera vez.
En el terreno de la estética, Scruton está convencido, se diría, de que ser conservador (defender en este caso el gesto original y desdeñar la imitación) es el único modo de ser progresista. Ser conservador no es, desde su perspectiva, defender el statu quo, sino ser fiel a la dialéctica del cambio implícita en la tradición. Y esto vale tanto para la política como para el arte, porque Scruton es un conservador de tiempo completo. Es claro que esta formulación un poco paradójica parece más destinada a ser discutida que a suscitar adhesión. Es justamente lo que quiere Scruton, en guardia contra quienes pretenden hacer del relativismo un absoluto.
(…)
“Incluso para los no creyentes la «presencia real» de lo sagrado es uno de los más altos dones del arte”. Y más adelante también: “La belleza está desapareciendo de nuestro mundo porque vivimos como si no fuera importante”. La provocación suprema de Scruton consiste en que nos preguntemos a nosotros mismos: ¿cuánta belleza, cuánta verdad, estamos dispuestos a aceptar?
PABLO GIANERA
“¿Cuánta belleza podemos soportar?”
(la nación, 23.03.17)
21.3.17
el padre de la economía
(…)
Un día, el cochero de la diligencia de Edimburgo a Kirkcaldy divisó en pleno descampado, a varias millas de este pueblo, una figura solitaria. Frenó los caballos y preguntó al caballero si necesitaba ayuda. Sólo entonces, éste, mirando sorprendido el rededor, advirtió dónde estaba. Hundido en sus reflexiones, llevaba varias horas andando (mejor dicho, pensando). Y un domingo se lo vio aparecer, embutido todavía en su bata de levantarse, en Dunfermline, a 15 millas de Kirkcaldy, mirando el vacío y hablando solo. Años más tarde, los vecinos de Edimburgo se habituarían a las vueltas y revueltas que daba por el barrio antiguo, a horas inesperadas, la mirada perdida y moviendo los labios en silencio, aquel anciano solitario a quien todo el mundo llamaba sabio.
Lo era, y esa es una de las pocas cosas que conocemos de su infancia y juventud. Había nacido en Kirkcaldy un día de 1723. Es una leyenda falsa que lo secuestró una partida de gitanos. Fue a la escuela local y debió de ser un aprovechado estudiante de griego y latín porque la Universidad de Glasgow lo exoneró del primer año, dedicado a las lenguas clásicas, cuando entró en ella a los 14 años. Tres años más tarde obtuvo una beca para Oxford y de los seis años que pasó en Balliol College sólo sabemos que fue reprendido por leer a escondidas el Tratado de la naturaleza humana de David Hume —más tarde su íntimo amigo—, detestado por su ateísmo por la entonces reaccionaria jerarquía académica. Al salir de Oxford, pronunció unas célebres conferencias en Edimburgo, que sólo conocemos por los apuntes de dos estudiantes que asistieron a ellas. Desde entonces se lo consideraría una de las más destacadas figuras de la llamada Ilustración Escocesa.
Fue profesor en la Universidad de Glasgow, primero de Lógica y, luego, de Filosofía Moral, y sus clases tuvieron tanto éxito que vinieron a escucharlas estudiantes de muchos lugares de Reino Unido y Europa, entre ellos James Boswell, quien ha dejado un vívido testimonio de su elegancia expositora. Mucho se hubiera sorprendido el señor Smith de que en el futuro lo llamaran el padre de la Economía. Él se consideró siempre un filósofo moral, apasionado por todas las ciencias y las letras, y, como todos los intelectuales escoceses de su generación, intrigado por los sistemas que mantenían el orden natural y social y convencido de que sólo la razón —no la religión— podía llegar a entenderlos y explicarlos.
Su primer libro, que sólo se publicaría póstumamente, fue una Historia de la Astronomía. Y, otro, un estudio sobre el origen de las lenguas. Vivió fascinado por averiguar qué era lo que mantenía unida y estable a la sociedad, siendo los seres humanos tan egoístas, díscolos e insolidarios, por saber si la historia seguía una evolución coherente y qué explicaba el progreso y la civilización de algunos pueblos y el estancamiento y el salvajismo de los otros.
Su primer libro publicado, La teoría de los sentimientos morales (1759), explica aquella argamasa que mantiene unida a una sociedad pese a lo diversa que es y a las fuerzas disolventes que anidan en ella. Adam Smith llama simpatía a ese movimiento natural hacia el prójimo que, apoyado por la imaginación, nos acerca a él y prevalece sobre los instintos y pasiones negativos que nos distanciarían de los otros. Esta visión de las relaciones humanas es positiva, afirma que “los sentimientos morales” terminan siempre por prevalecer sobre las crueldades y horrores que en toda sociedad se cometen.
(…)
Sólo una vez salió Adam Smith de Reino Unido, pero el viaje duró tres años —de 1764 a 1767— y, como tutor del joven duque de Buccleuch, lo llevó a Francia y Suiza, donde conoció a Voltaire, a quien había citado con elogio en La teoría de los sentimientos morales. En París, discutió con François Quesnay y los fisiócratas, a los que criticaría con severidad en su próximo libro, pese a la buena impresión personal que le causó aquél, con quien intercambiaría cartas más tarde. A su regreso a Escocia, se encerró prácticamente en Kirkcaldy, con su madre, a la que adoraba, y buena parte de los próximos años los pasó en su estupenda biblioteca, escribiendo Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones (1776). La primera edición tardó seis meses en agotarse y con ella ganó 300 libras esterlinas. Hubo cinco ediciones más en vida del autor —la tercera con muy importantes correcciones y añadidos— y éste alcanzó a ver las traducciones de su libro al francés, alemán, danés, italiano y español. Los elogios fueron desde el principio casi unánimes y David Hume, convencido de que ese “intrincado” libro tardaría pero conquistaría una gran masa de lectores, lo comparó, en importancia, a Decline and Fall of the Roman Empire, de Edward Gibbon.
Adam Smith nunca sospechó la importancia capital que tendría su libro en los años futuros en el mundo entero, incluso en países donde pocas gentes lo leyeron. Murió apenado por no haber escrito aquel tratado de jurisprudencia que, pensaba, completaría su averiguación de los sistemas que explican el progreso humano.
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“No obtenemos los alimentos de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino de su preocupación por su propio interés. No nos dirigimos a sus sentimientos humanitarios, sino a su egoísmo, y nunca hablamos de nuestras necesidades, sino de sus propias ventajas”.
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Era feo, torpe de movimientos y el lexicógrafo Samuel Johnson (a quien, en una discusión, Adam Smith mentó la madre) afirmaba que tenía una cara de “perro triste”. Pero fue siempre un hombre modesto, de costumbres austeras y sin vanidades, ávido de saber. Nunca se le conoció una novia y probablemente murió virgen, en 1790.
MARIO VARGAS LLOSA
“Las distracciones del señor Smith”
(el país, 18.03.17)
8.11.16
nosotros y los otros
El diario “El Mundo” de España publicó un reportaje al sociólogo polaco Zygmunt Bauman donde el pensador europeo reflexiona sobre los refugiados y el uso que los políticos hacen de esta crisis migratorio. Vale la pena leer el reportaje completo, del que extractamos los siguientes párrafos.
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Los europeos (…) nos encontramos con la llegada repentina de millones de personas que, hasta hace unos años, tenían vidas muy parecidas a las nuestras: trabajos de calidad, casas propias, ambiciones profesionales... Y, de golpe, son refugiados que lo han perdido todo por culpa de la guerra. Su aparición en masa nos hace conscientes de cuán frágil, inestable y temporal es la presunta seguridad de nuestras vidas. La inmigración nos provoca tanta ansiedad porque ese miedo a perderlo todo ya estaba ahí, latente, por la creciente precariedad de la vida occidental. Y cuando ves a miles de refugiados que acampan en una estación de tren europea, te das cuenta de que ya no son simples pesadillas, sino realidades que puedes ver y tocar
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Tú sabes, más o menos, lo que tus amigos van a hacer. También sabes, más o menos, lo que tus enemigos van a hacer. Pero los extraños no son amigos ni enemigos: simplemente son otros. Y no traen una etiqueta que diga «ámame», ni «ódiame», ni «devuélveme a casa» o «méteme en un campo de concentración». Sólo generan incertidumbre total. Y a nadie le gusta la incertidumbre.
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Los políticos tienen un claro interés en exacerbar la ansiedad popular hacia los refugiados. Hace un tiempo, los poderes políticos justificaban su razón de ser por su capacidad para protegernos colectivamente frente a las catástrofes individuales: caer enfermo, perder tu casa... Ahora, sin embargo, el poder político de los estados-nación se ve impotente ante las decisiones de los poderes económicos globales. Si el ministro más poderoso no puede garantizarte seguridad frente a los caprichos del destino, ¿cómo justifica su existencia? (…) …generando ansiedad, miedo al terrorismo, miedo al extraño, miedo a la gente que viene aquí a comerse nuestro pan y a quitarnos nuestros trabajos. ¡Es un sucedáneo maravilloso! Eso es lo que hacen Marine Le Pen y otros movimientos similares: sacar capital político de exacerbar el miedo al extraño.
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Yo suelo usar el concepto de interregno, del filósofo italiano Antonio Gramsci. La antigua forma de hacer las cosas ya no funciona, pero aún no hemos encontrado la nueva forma de funcionar. Así que hay un vacío entre las reglas que ya no sirven y las que aún tenemos que imaginar. Lo que tú haces es señalar las contradicciones de unos líderes frente a otros, preguntar quién es mejor... Eso está bien, pero el verdadero debate es cómo llenar este vacío.
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Hay algo que no puedes hacer offline, pero sí online: blindarte del enfrentamiento con los conflictos. En internet puedes barrerlos bajo la alfombra y pasar todo tu tiempo con gente que piensa igual que tú. Eso no pasa en la vida real: en cuanto sales a la calle y llevas a tus hijos al colegio, te encuentras con una multiplicidad de seres distintos, con sus fricciones y sus conflictos. No puedes crear escondites artificiales.
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Lo primero, he de admitir que hay muchas formas de ser feliz. Y hay algunas que ni siquiera probaré. Pero sí que sé que, sea cual sea tu rol en la sociedad actual, todas las ideas de felicidad siempre acaban en una tienda. El reverso de la moneda es que, al ir a las tiendas para comprar felicidad, nos olvidamos de otras formas de ser felices como trabajar juntos, meditar o estudiar.
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El Papa Francisco dice tres cosas muy importantes sobre cómo construir una sociedad sana. La primera, recuperar el arte del diálogo con gente que piensa distinto, aunque eso te exponga a la posibilidad de salir derrotado. La segunda, que la desigualdad está fuera de control no sólo en el ámbito económico, sino también en el sentido de ofrecer a la gente un lugar digno en la sociedad. Y la tercera, la importancia de la educación para unir ambas cosas: recuperar el diálogo y luchar contra la desigualdad.
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…hemos perdido la confianza en los viejos métodos de ejercer el poder y no sabemos cómo recuperarlo. Aquí, en el Reino Unido, ocurre lo mismo: aparecen y desaparecen nuevos partidos. Lo único que tienen en común es que su esperanza de vida es muy breve. Y eso ocurre porque piensan a corto plazo. Se limitan a reaccionar al último desafío, en vez de crear un modelo completo de sociedad.
(…)
Reportaje de GONZALO SUÁREZ a ZYGMUNT BAUMAN
“Bauman: ‘En el mundo actual todas las ideas de felicidad acaban en una tienda’”
(el mundo, 07.11.16)
Etiquetas:
filosofía,
política,
reportajes,
sociedad
3.11.16
yo me lavo las manos
“Palabra de la virgen Láquesis, hija de la Necesidad: almas efímeras, éste es el comienzo, para vuestro género mortal, de otro ciclo anudado a la muerte. No os escogerá un demonio, sino que vosotros escogeréis un demonio. Que el que resulte por sorteo el primero elija un modo de vida, al cual quedará necesariamente asociado. En cuanto a la excelencia, no tiene dueño, sino que cada uno tendrá mayor o menor parte de ella según la honre o la desprecie; la responsabilidad es del que elige, Dios está exento de culpa”.
PLATÓN
“República (X, 617,d)”
PLATÓN
“República (X, 617,d)”
31.10.16
la culpa no es del chancho
-Es evidente -respondió Adimanto- que, si hay en el Estado tesoros sacros, los gastará en la medida que duren, así como los bienes de aquellos a los que ha aniquilado, necesitando menos, consiguientemente, cargar con impuestos al pueblo.
-Pero ¿y cuando falten estos recursos? -pregunté.
-Es claro que se nutrirá del patrimonio paterno, y no sólo él sino. también sus comensales, amigos y queridas.
-Comprendo: el pueblo que ha engendrado al tirano lo alimenta a él y a su séquito.
PLATÓN
“República (VIII, 568,e)”
-Pero ¿y cuando falten estos recursos? -pregunté.
-Es claro que se nutrirá del patrimonio paterno, y no sólo él sino. también sus comensales, amigos y queridas.
-Comprendo: el pueblo que ha engendrado al tirano lo alimenta a él y a su séquito.
PLATÓN
“República (VIII, 568,e)”
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